57 - Salvarse

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Sanem

Está oscuro y hace frío, o quizá el frío que siento en los huesos no sea más que un reflejo del vacío de mi corazón. Llevo horas aquí de pie sobre las rocas intentando construir un muro de contención alrededor de emociones que sé que no estaban destinadas a ser liberadas.
Estúpido Sanem.
Después de cómo me había tratado, me prometí a mí misma que encerraría todas las emociones aunque sabía que al hacerlo estaría matando cada día al verdadero Sanem, el que quería vivir el mundo en color y la vida llena de luz, pero sabía que era lo que había que hacer. En cambio, tontamente, fingí querer soñar por unas horas una vida diferente, la existencia que me hubiera encantado vivir, y ahora me encuentro teniendo que recoger los mil pedazos de ese arco iris de emociones que dejé escapar y que se hicieron añicos al contacto con una realidad que no es la de los sueños de infancia.

Me levanto abrazándome a mí misma para combatir el escalofrío de mi interior y el viento frío que sopla desde el Bósforo en estas primeras tardes de primavera. Llamo a un taxi para volver a casa, apago todas las luces y me encierro en mi habitación, dejándome caer en la cama con la mirada fija en el techo durante horas hasta que le oigo volver a entrar. Es la una de la madrugada, no quiero preguntarme ahora dónde ha estado todo este tiempo y sobre todo con quién. Me doy la vuelta en la cama y tiro de la colcha para taparme la cabeza y no oír sus pasos por última vez y el sonido de la puerta de su habitación cerrándose tras él y sobre nuestra historia.

No consigo dormir ni un solo minuto, sólo pienso que Can está ahí, a unos pasos de mí cuando no podría estar más lejos.
Su ausencia fue un claro mensaje, su forma de hacerme saber que se acabó el fingimiento, que se acabó lo de jugar a la pareja enamorada y que es hora de volver a la realidad. ¿Es tan cobarde que no tiene el valor de enfrentarse a mí y decírmelo sin rodeos?
OK Can Divit, entendido, alto y claro.
Al amanecer le oigo salir de casa y esa puerta que se cierra lentamente sanciona el fin de nuestro matrimonio por lo que a mí respecta. Me levanto inmediatamente y no tardo en recoger mis pocas pertenencias, me he convertido en una experta en mudanzas y embalajes en los últimos tiempos. Le dejo una nota en la mesa del salón y salgo por última vez al jardín para contemplar ese mundo exterior, que visto desde aquí es un encantamiento de matices de mar y cielo, tejados y colinas.
Una imagen que llevaré siempre conmigo.
Antes de irme dejo las llaves en el mueble de la entrada, ésta ya no es mi casa, o más exactamente, nunca lo ha sido y nunca lo será.
Un taxi me lleva al casco antiguo de Estambul, al barrio de Sultanahmet, donde tomo una habitación en un pequeño hotel desde el que se divisan a lo lejos los minaretes de la Mezquita Azul y Ayasofya.
Siempre me ha gustado esta parte de la ciudad y es desde aquí desde donde hoy quiero empezar de nuevo mi vida. Envío un mensaje a la Sra. Pinar, que acepta reunirse conmigo inmediatamente para desayunar juntos no muy lejos de donde me alojo. Como siempre, es un placer pasar tiempo con esta mujer que, además, es demasiado ingeniosa para mi gusto. "¿Cómo es que has cambiado de opinión tan de repente, Sanem? ¿Ha pasado algo?" Parpadeo para ahuyentar las lágrimas e intento tranquilizarla. "No, es que he resuelto los cabos sueltos que tenía antes de lo previsto y he decidido empezar ya, estoy deseando hacerlo".
Me mira en silencio durante un buen rato antes de hacer la pregunta que yo esperaba.
"Y Can, ¿qué te parece el hecho de que vayas a estar tanto tiempo fuera cuando sólo faltan unas semanas para tu boda?".
Me encojo de hombros, intentando quitarle importancia.
"No es un problema, él vendrá a verme en cuanto pueda y yo podré venir los fines de semana, ya nos las arreglaremos, al fin y al cabo Gölcük está a menos de dos horas en coche de Estambul". Su expresión no parece muy convencida, pero al final decide dejarlo estar y acordamos firmar el contrato ya al día siguiente para que yo pueda marcharme cuanto antes. Al salir del club me despido cariñosamente de ella y decido perderme por las callejuelas del barrio más bonito del mundo, o al menos eso es lo que siempre ha sido a mis ojos. Me siento en un banco de la gran plaza de Sultanahmet a observar a los transeúntes y la Mezquita Azul en un hermoso día de primavera. Después de tantos días sola en casa necesito ver vibrar la vida a mi alrededor y así me quedo perdida en mis pensamientos durante un buen rato hasta que decido sacar mi diario y esos pensamientos los detengo en páginas y páginas de emociones que necesitan ser expresadas y fijadas de forma indeleble en el papel.

Decisiones repentinasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora