La joven alzó su mano, intentando arrastrarse con sus últimas fuerzas. Yacía boca abajo sobre un gran charco de su propia sangre. En su cuerpo no quedaba espacio para más heridas, su cara casi desfigurada por la golpiza mostraba aún gestos de dolor intenso, que se reflejaba en sus azules ojos abiertos del terror. Dos cortes muy profundos eran visibles en su cabeza, que habían teñido su largo cabello blanco casi completamente de rojo. De su garganta solo escapaban sonidos roncos que evidenciaban que había perdido la voz de tanto gritar. Un hombre se hallaba parado cerca de ella, sonreía de manera cruel disfrutando cada minuto que el sufrimiento de la joven se extendía.
-Eres una maldita bastante resistente. Honestamente la he pasado bien, pero ya la diversión se acabó -finalizo clavándole la espada que traía en la mano directamente en su columna, haciendo un desagradable sonido al cortar los huesos limpiamente. El hombre creyó escuchar algo más, algo así como un grito ahogado. No le dió importancia, porque ya no quedaba nadie vivo, se habían asegurado de eso. Tras dar un último vistazo a su alrededor por si había algo de valor que pudiera llevarse, lanzó al suelo una placa metálica con forma circular y salió de la casa.
El niño se mantenía en su escondite, estaba en shock. Tenía la respiración agitada, los ojos llenos de furia abiertos de par en par llenos de lágrimas y todavía mordía el dorso de su mano, con la que había ahogado el grito que casi sale de su boca ante el asesinato de su hermana. Si ella no hubiera usado ese hechizo que lo inmovilizó y silenció, él hubiera salido de su escondite. Hubiera podido hacer algo, aunque le costara la vida. Fue terrible ver y escuchar cada grito, cada tortura, el dolor, los sonidos no escapaban de su cabeza repitiéndose una y otra vez. Sobre todo, la cara de ese hombre, de ese maldito humano. Cerró sus manos en sendos puños, mientras la frustración y la tristeza crecían como un torrente sin freno.
Al morir su hermana el hechizo se había roto liberándolo totalmente. Se levantó, mostrando la figura esbelta y fuerte de un niño de aproximadamente unos doce años con largo cabello blanco, ojos azules, piel pálida y otras características físicas bien diferentes de un niño normal. Tenía un par de orejas de lobo que asomaban en su cabeza y abundante pelo que llenaba su espalda desnuda culminando en una larga cola.
Se acercó lentamente al cuerpo inerte de su hermana, aún con lágrimas saliendo de sus ojos. La acunó en sus brazos abrazándola con fuerza, embarrándose de su sangre todavía cálida, cerró sus ojos con suavidad y la acomodó como si durmiera. Tomó su collar, lo guardó en un bolsillo. Alcanzó a ver en el suelo la placa metálica, redonda y con un escudo grabado, que el soldado había tirado antes. La apretó en su mano después de recogerla, mientras que la sangre seguía saliendo de manera generosa del lugar donde se había propinado la mordida.
Sintió sonidos fuera y corrió hacia una esquina de la casa. Sabía que no podía salir por el frente, su hermana lo había protegido hasta su último suspiro, así que no podía defraudarla, tenía que salir con vida de aquí a toda costa. Comenzó a cavar con sus manos para salir del otro lado, la resolución y la ira brillaban en sus ojos mientras sus jóvenes garras se partían y la sangre comenzaba a manar. Pero esto no era nada, no era nada comparado con lo que ella había sufrido. Abrió un estrecho agujero lo suficientemente grande como para salir. Sacó la cabeza, el vaho caliente de su respiración en la frialdad de la nieve ascendió, miro a ambos lados, no parecía haber nadie. Tras salir, escuchó pasos que se acercaban y se escondió tras unos barriles rotos. Su pelo blanco era un camuflaje perfecto en la nieve, nadie notaría que se encontraba allí.
-Bueno, ya cumplimos con todo lo que nos ordenaron, así que podemos regresar -escuchó que una voz masculina decía y con cautela levantó la cabeza, tratando de analizar como alejarse sin que lo vieran.
-Lo mejor de todo son los trofeos que me llevo -dijo otro hombre alzando en una mano algo amarrado con una soga, eran las orejas y la cola de su hermana, lo pudo reconocer por el familiar aroma que desprendían- Están bien frescas, recién cortadas -soltó una carcajada secundada por su compañero- Me pregunto cuanto me darán en el mercado por esto, los hombres bestia del norte son muy temidos, así que tendré que inventarme una historia de una épica batalla. Tal vez incluso me paguen más.
-Estos no eran nada temibles, al parecer las leyendas son puro cuento para asustar a los niños y a guerreros cobardes.
-Aún así,solo nosotros sabemos la verdad por lo que seremos recibidos como héroes -añadióel hombre dándole una fuerte palmada a su compañero en el hombro.
El niño comenzó a gruñir de manera involuntaria y sintiendo como todos los músculos de su cuerpo se tensaban listos para atacar. Cegado por la ira salto de improvisto sobre el hombre haciéndolo caer por la sorpresa y mordió su cuello profundamente, mientras este comenzaba a gritar. Sintió el sabor de la sangre, pero aun así no se detuvo, mordió y desgarró con sus colmillos mientras el hombre intentaba luchar en vano por su vida y lentamente dejaba de moverse. Alzó la vista con la cara contraída por la rabia de manera monstruosa y un brillo asesino emanando de sus fríos ojos azules, manteniendo lo que quedaba del cuello desgarrado de su víctima firmemente agarrado en su boca, mientras la blanca nieve se volvía roja. El otro hombre que no se había movido por la rapidez de los acontecimientos, tenía los ojos muy abiertos, parecía asustado ante la súbita aparición de la iracunda bestia. Se había quedado paralizado ante la temible mirada que le dedicaba el niño con la cara embarrada de sangre y trozos de carne de su compañero entre sus colmillos. Sacó su espada lentamente con manos temblorosas y se escuchó el sonido de pasos apresurados que corrían a su encuentro.
El niño comenzó a correr, y mientras huía pudo ver el destrozo que habían causado los atacantes a su alrededor de manera fugaz. Cuerpos de todos los que vivían en la aldea, masacrados sin piedad, familias completas ahora se hallaban sin vida arrojados y apilados como basura en la nieve, mientras sus casas ardían consumidas por el fuego. Escucho silbidos en el aire, estaban disparándole flechas pero mientras no dejara de correr podría lograrlo. Pudo oír como golpeaban a su alrededor, en el suelo y en los árboles, mientras un súbito golpe en su hombro lo lanzaba al suelo haciéndolo rodar y un punzante dolor le indicaba que había sido alcanzado por una. Se levantó y continuó corriendo, no podía detenerse. Oía a los hombres que lo perseguían, gritaban y podía escuchar más flechas silbando en el aire. Salió del camino y se adentró en el bosque, este era su territorio, aquí jamás lo iban a encontrar, pero el rastro de sangre de su herida era demasiado evidente en la blancura de la nieve. Se estaba quedando sin opciones mientras los escuchaba acercarse, no tenía armas salvo sus colmillos y garras, en contra de espadas y flechas el resultado era obvio, le sucedería lo mismo que a todos en la aldea. El sonido cercano del agua le dio una idea suicida que era su única salida. Salió de su escondite y ante la mirada atónita de sus perseguidores salto al río y se hundió en la fuerte corriente.
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El Dios de las espadas
FantasiEn un mundo donde los dioses una vez caminaron junto a los humanos incluso sacrificando más que su inmortalidad. Tierras lejanas donde la magia es algo casi extinto que solo unos pocos elegidos pueden usar y las bestias míticas que antiguamente goza...
