39 - Choque de intereses

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—Entonces ahí tenemos el punto de partida: iniciar una búsqueda profunda —anunció Kie Grothe con lógica.

—Y luego de encontrarlos, solo nos queda hacer que retornen al cielo por las puertas Grihal —finalizó Dai Lakshama con una voz demasiado casual, provocando un silencio inmediato— para que se unan al resto de los dioses que abandonaron nuestro mundo hace milenios y regresen al lugar donde merecen estar.

—Esas puertas están prohibidas —remarcó Len Daram con calma—. Nuestras marcas nos impiden ni siquiera acercarnos.

—¿Y si te dijera que estuve investigando en la ciudad oculta de Milthair y que hay una manera de hacerlo...? —comenzó Dai Lakshama, mientras las expresiones de los presentes pasaban del asombro a la alarma total.

—¿Ya les contaste acerca de la amenaza del rey rojo? —interrumpió de repente el felino negro, saliendo de la nada y provocando que los presentes —menos Dai Lakshama— hicieran una profunda reverencia en señal de respeto.

—Aún no me has dejado llegar ahí —señaló Dai Lakshama, hablándole al animal con cercanía.

—¿El rey rojo? —preguntó Jha Kiher sin comprender—. No es una amenaza. ¿Acaso no fue derrotado y murió en la batalla de Falteil? Eso fue lo que nos enseñaron en la academia.

—Para ser más exactos, creo que sería correcto decir que su país entero fue sellado con él en su interior, siendo eliminado por completo de los mapas actuales y de la historia del continente —dijo el felino, entornando los ojos—. Incluso fue borrado de los registros de los Hiskar. Solo los que participaron en ese evento recuerdan y conocen los detalles.

—Ese día perdimos a tres de los doce. Digamos que... se sacrificaron para crear el sello —expresó Dai Lakshama con un extraño tono de voz, entre lúgubre e irónico—. Los de la clase Kie y Jha aún no habían nacido en ese tiempo, y los de la clase Len eran muy pequeños. Así que es normal que no conozcan nada más acerca del rey rojo excepto lo que les enseñaron en la academia —continuó con voz sombría—. Es una historia que debería permanecer enterrada en la más profunda oscuridad para siempre.

—El problema es que al parecer él ha encontrado alguna manera de debilitar el sello, y aunque aún no puede salir, parte de su temible ejército ha estado moviéndose, provocando caos y guerras entre países donde reinaba la paz —añadió el felino.

—¿Acaso se refiere a la guerra de Tsubekami? —preguntó Len Daram, sinceramente sorprendido, mientras el felino hacía un leve asentimiento con la cabeza a modo de respuesta.

—Dai Lakshama, disculpe mi atrevimiento, pero... ¿qué es lo que está planeando en realidad? —preguntó Kie Grothe con seriedad.

—Tenemos dos problemas y una solución —la voz de Dai Lakshama sonaba dulce mientras sonreía con espeluznante frialdad, provocando que a los presentes se les helara la sangre, algo que no era muy común en los Hiskar, pues no le temían prácticamente a nada—. Para derrotar a un poder maligno necesitamos todo lo contrario, ¿no es cierto? —Sus ojos se veían fríos, calculadores, y no participaban de su sonrisa—. Después de todo, ayudaremos a los antiguos dioses a retornar al cielo, así que supongo que para ellos no será un problema ayudarnos con el rey rojo a cambio.

Jha Kiher dio un paso atrás. Lucía desconcertada.

—¿No será peligroso enfrentar a dos fuerzas tan terribles? —preguntó sin evitar que su voz temblara levemente.

—De cualquier manera, las visiones muestran destrucción. Así que solo debemos cambiar la ruta de esa destrucción —dijo Dai Lakshama con voz escalofriantemente inexpresiva mientras se encogía de hombros, como si todo su plan fuese totalmente razonable.

—Los doce conocen ambas situaciones, pero al parecer su extensa vida ha cegado su manera de ver las cosas y de intervenir en lo que es realmente importante, convirtiendo la gran civilización de los Hiskar en perezosos dependientes de las artes heredadas de los dioses —señaló el felino, acercándose a la pierna de Dai Lakshama y recostando su cabeza en ella—. Los espíritus apoyamos este plan y pedimos su colaboración —finalizó mientras los presentes hincaban cada uno una rodilla en el suelo y bajaban sus cabezas en un acto de solemne honor.

—Agradecemos con humildad su confianza en nosotros y nos sentimos inmensamente honrados de poder ayudar. Juramos no defraudarlos —dijeron al unísono.

Dai Lakshama, aún de pie, miró hacia la estatua de la diosa ante la cual había rezado al llegar. Su cara, carente de expresión alguna, lucía intimidante mientras cerraba su mano derecha, haciendo que las llamas que había encendido antes se extinguieran al mismo tiempo.


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⏰ Última actualización: Jul 03 ⏰

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