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Era un nuevo día laboral, y la oficina se encontraba tranquila, sumida en el bullicio común de la rutina diaria. La luz que se filtraba por las ventanas iluminaba los escritorios con una suavidad casi irreal, mientras el sonido de teclas y papeles pasaban casi desapercibidos. Rebekah había llegado temprano, como siempre, y cuando cruzó la puerta de su despacho, una inesperada sorpresa la aguardaba sobre su escritorio: un ramo de rosas rojas, perfectamente alineadas, con la suavidad del pétalo casi palpable. La fragancia de las flores comenzó a llenar el aire, pero fue la pequeña tarjeta que las acompañaba la que hizo que su corazón se acelerara.

"Nuestra conversación de ayer me hizo investigar sobre los significados de las flores. Puede que sea un poco cliché, sin embargo, creo que ahora entiendo por qué se regalan rosas rojas.
H"

Las palabras parecían hablar directamente a su alma. ¿Era posible que Harry, en medio de sus pensamientos, hubiera llegado a entender lo que ella sentía? Aquel gesto tan sencillo, tan cargado de significado, parecía mostrarle que había algo más, algo que ni ellos mismos habían sabido identificar, pero que ahora estaba allí, en forma de flores, como un lenguaje secreto propio. Rebekah no pudo evitar sonreír, una sonrisa ligera, casi como una adolescente que recibe su primer gesto romántico.

El corazón de Rebekah latía más rápido de lo normal. Se preguntó si, quizás, él también veía lo mismo en ella. Sin embargo, la lógica no tenía cabida en su mente en ese momento. El sólo hecho de que él hubiera tomado el tiempo para elegir esas rosas, para dedicarle unas palabras que dejaban entrever una reflexión, la hacía sentirse más cercana a él. Como si, por fin, algo entre ellos estuviera tomando forma, aunque fuera en silencio, sin palabras claras ni promesas hechas.

Rebekah colocó el ramo de flores en un jarrón con agua, sin poder evitar admirarlas mientras lo hacía. Las rosas rojas, el símbolo indiscutible del amor, del deseo y de la pasión, parecían susurrarle al oído todo lo que ella necesitaba oír. Durante toda la mañana, el aroma de las flores se convirtió en su compañía constante, su única distracción mientras el día avanzaba. Cada vez que se sumergía en papeles o llamadas, su mente regresaba a las rosas, a lo que representaban, a lo que deseaba que pudiera ser.

Cada respiro que tomaba estaba impregnado con el dulce perfume de las flores, y en su mente las imágenes se mezclaban, creando un remolino de pensamientos, de recuerdos y de emociones. Amor. Deseo. Pasión. Tres palabras tan simples, pero tan poderosas, que se entrelazaban con sus propios sentimientos, algo que había guardado en lo más profundo de su ser durante tanto tiempo. ¿Podía ser esto una señal? O solo un detalle más, un gesto inocente que no quería decir nada en absoluto.

Pero a medida que avanzaba la mañana, Rebekah no pudo sacudirse la sensación de que algo estaba cambiando. Algo entre ella y Harry estaba creciendo, aunque en silencio, aunque de manera sutil. Lo sentía en el aire, en las sonrisas compartidas, en las conversaciones largas e intensas, en el contacto de sus miradas que ahora duraban un poco más, que decían cosas que las palabras no podían expresar.

El momento de la comida llegó rápidamente, y Rebekah, llena de entusiasmo, pensó en salir con Harry, como lo había hecho el día anterior. Las promesas de una tarde juntos le llenaban de emoción. Pero al llegar a su despacho, su mundo se desmoronó con la aparición de Kendall, la novia de Harry.

Kendall, radiante y segura de sí misma, entró con una sonrisa brillante en el rostro. Rebekah sintió cómo su corazón se hundía un poco en su pecho. Allí estaba, la mujer perfecta, la mujer con la que Harry había planeado un futuro. El rostro de Kendall iluminaba la habitación con su presencia, y por un momento, Rebekah se sintió invisible. Fue entonces cuando la imagen de Harry comprando el anillo de compromiso para ella invadió su mente. La visión de un futuro, de un compromiso, de una vida compartida, parecía tan tangible, tan segura para ellos que Rebekah pensó si aquellas flores que decoraban su escritorio no eran más que eso, una decoración.

Ambos pares de ojos la miraron, uno mas expresivos que otros. La ceja de Kendall se alzo, preguntándose el motivo por el que la esposa de Cipriano aun seguía allí, sin embargo se trago el veneno cuando su novio hablo.

— ¿Todo esta bien, Bekah? —, pregunto Harry, sin embargo las palabras no querían dar razón, así que solamente asintió con la cabeza intentando calmar su mente. — ¿Puedo ayudarte con algo?

— Yo —, negó y luego acomodo su cabello, notando lo ridículamente hermosa que era Kendall a su lado. — Me preguntaba si quería que pidiera el almuerzo, pero veo que la respuesta ha sido respondida. Espero disfruten. —, murmuro, sonriendo tan falsamente como sus años de entrenamiento, al lado de Cipriano, le enseñaron, haciéndolo ver real y amable, casi dulce y angelical.

Salió por el mismo sitio y respiro. Las risas de Kendall, tan cristalinas y naturales, golpeaban su alma con la fuerza de un martillo mientras ella buscaba alguna alternativa a su almuerzo. ¿Qué podía ofrecerle ella a Harry que no tuviera ya Kendall? ¿Por qué estaba tan celosa? Intentó convencer a sí misma de que no había razón para sentirse así, pero la imagen de Kendall tomándole la mano a Harry, sonriendo con esa sonrisa tan genuina, tan perfecta, la hizo sentir una punzada en el estómago mientras ambos se iban a almorzar.

Finalmente, el almuerzo llegó a su fin y, como si fuera una bendición o una maldición, Kendall no volvió. Rebekah se quedó allí, pensando, con el corazón golpeando como un galopante fuego en su pecho. El deseo de estar sola con él, de hablar con él, de sentirlo cerca, la consumía.

Y cuando, por fin, la oficina quedó en silencio, Rebekah no pudo soportarlo más. En un impulso impulsado por el dolor y la rabia, se levantó de su escritorio con determinación. Caminó rápidamente hacia la oficina de Harry, sin detenerse ni un instante. Cerró la puerta con un golpe suave pero firme, y sin pensarlo, empujó a Harry hacia atrás, haciendo que su silla se inclinara hacia el respaldo.

Él la miró, confundido por un momento, pero antes de que pudiera decir algo, ella se inclinó hacia él y lo besó. El beso fue voraz, lleno de todo lo que no podía decir en palabras. Los celos, la frustración, el deseo, todo se vertió en ese único gesto. Harry respondió al beso sin vacilar, sus manos rodeando su cintura, atrayéndola hacia él con una fuerza que la hizo perder el aliento.

El deseo que había estado reprimido, que había estado esperando el momento adecuado para estallar, se desbordó en ese instante. El calor de su cuerpo contra el de ella era como una llamarada que la consumía por dentro. Los nervios, los miedos, las dudas, desaparecieron por completo. Rebekah no podía pensar en nada más que en Harry, en el sonido de su respiración, en el tacto de sus manos sobre su piel.

El mundo exterior desapareció. La oficina, las paredes que siempre los habían rodeado como una barrera para mantenerse alejados, ya no existían. Sólo quedaba el contacto entre ellos, el deseo palpable, la necesidad de hacerse suyos, de tenerse el uno al otro. Se quitaban la ropa con prisa, Rebekah fue quien casi arrancó los botones de su camisa, mientras Harry intentaba alzar su vestido. No fueron sutiles en jadeos, sobre todo cuando el hombre encontró con las yemas de sus dedos aquel botón entre sus piernas que encendía el motor de su incendio descontrolado.

Y entonces, en medio de todo, en la frenética búsqueda de placer, el deseo que habían alimentado en silencio se materializó en ese acto, en ese instante único que cambiaría todo para ellos.

— Silencio —, murmuro el, contra sus labios, sin embargo la mujer hizo oídos sordos. Había escuchado detrás de aquellas puertas muchas veces como Kendall gemía el nombre que ahora le pertenecía a ella, así que no iba a quedarse callada. Aparto las manos de Harry y este la miro, con sorpresa, cuando ella tomo con decisión el broche de su cinturón y lo tiro a un costado, dejando el camino liberado a su miembro, el cual rodeo entre sus dedos elegantes para comenzar a tocarlo, sin sutilezas. — Dios, Rebekah. —Lo escucho decir, y aquel fue un ungüento en sus oídos.

Ella no dijo nada, sin embargo volvió a besarlo mientras el arrastraba con sus dedos su ropa interior hacia un costado. Y entonces, en medio de todo, en la frenética búsqueda de placer, el deseo que habían alimentado en silencio se materializó en ese acto de pasión y posesión. Por primera vez, Rebekah se permitió sentir aquello que Harry sentía cada vez que la veía con Cipriano. 

illicit affairs | Harry StylesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora