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La ciudad había vuelto a su ritmo habitual, aunque algo en el aire parecía distinto. Las calles lucían iguales, los relojes marcaban las mismas horas, y sin embargo, la vida de Harry se movía como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Londres se desplegaba frente a él en su habitual marea de gente, taxis, luces y lluvia, pero todo lo que alguna vez había sido familiar le resultaba ahora ajeno. Incluso su oficina, con sus paredes grises y el vidrio esmerilado del ventanal, parecía pertenecerle a otro hombre, uno que ya no existía.

Había aprendido a moverse entre los pasillos con la misma precisión que antes, pero sin la energía que lo había caracterizado. Los saludos eran automáticos, los gestos medidos, las respuestas ensayadas. Nadie lo notaba o, si lo hacían, preferían no mencionarlo. Los días transcurrían con esa normalidad que solo se consigue cuando algo se ha roto y todos fingen que sigue entero.

La mesa frente a su despacho había permanecido vacía durante semanas, y aunque nadie se atrevía a preguntar, todos sabían a quién pertenecía. Los papeles seguían ordenados con meticulosidad, el aroma del café se disipaba cada mañana sin que nadie lo bebiera, y el silencio se había instalado como un huésped imposible de desalojar. No había nada explícito que evocara su presencia, pero bastaba con entrar a esa sala para entender que algo faltaba. Algo que había dejado un hueco demasiado exacto como para llenarse con otro nombre.

Harry intentaba concentrarse. Los informes del comité financiero se apilaban sobre su escritorio, los correos sin responder parecían multiplicarse cada vez que giraba la vista, y las llamadas no cesaban. Pero la distracción era un animal que lo mordía con paciencia, siempre en el mismo punto. No podía evitar mirar el reloj, ni revisar su teléfono cada tanto, como si en algún momento fuera a encontrar una respuesta escondida entre las notificaciones. No había mensajes nuevos, no había llamadas perdidas. Solo el eco de un tiempo reciente que parecía ya lejano.

El proyecto de la gala seguía en marcha, aunque ahora las decisiones le llegaban a través de intermediarios. Se hablaba de presupuestos, de catering, de listas de invitados. Cada correo llevaba un tono neutro, impersonal, sin pronombres, sin huellas. El estilo era inconfundible, aunque la firma brillara por su ausencia. Harry no necesitaba leer entre líneas para reconocer la voz que había detrás de cada corrección o de cada cambio de última hora. Lo sabía por la precisión, por la forma en que cada instrucción parecía anticiparse a los errores posibles. Era como si el orden hubiera sobrevivido a su creadora, aunque ella ya no estuviera ahí para sostenerlo.

Los días se repetían con la monotonía de un calendario sin estaciones. Londres parecía empeñada en recordarle que la rutina también podía ser una forma de castigo. El cielo permanecía gris, el viento traía el mismo olor metálico del Támesis, y el tráfico sonaba idéntico a cada hora. Todo era igual, salvo él.

El regreso había sido más brutal de lo que esperaba. Durante las primeras semanas, intentó convencerse de que era solo cuestión de tiempo, que las cosas volverían a su cauce. Pero el cauce, comprendió pronto, era un río sin orillas. Todo lo que intentaba retomar parecía resbalarle entre las manos. Las reuniones con el equipo se habían vuelto inertes; sus colegas hablaban, pero él apenas los escuchaba. Asentía, respondía, pero su mente siempre estaba un paso atrás, en otro lugar.

A veces, cuando el silencio se alargaba demasiado, Harry encendía un cigarrillo y se quedaba mirando el humo disiparse en el aire del despacho. No solía fumar, pero el ritual tenía algo hipnótico, algo que le permitía sostener la ilusión de control. El humo subía despacio, dibujando formas que se desvanecían antes de concretarse. Algo en esa fragilidad lo calmaba. Quizá porque se parecía demasiado a lo que había perdido.

Los rumores circulaban con la discreción calculada de quienes saben que el poder también se ejerce con palabras susurradas. Nadie decía nada directamente, pero las miradas bastaban. Había quien mencionaba reuniones canceladas, otros hablaban de acuerdos firmados en ausencia. Lo cierto era que Cipriano, su socio y antagonista en más de un sentido, había retomado con firmeza el control de las operaciones. La diferencia era sutil, pero evidente: cada decisión parecía ahora pasar por un filtro que no era el suyo.

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⏰ Última actualización: Nov 11, 2025 ⏰

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