El murmullo del jet privado parecía más un susurro que un motor. A través de la ventana ovalada, Rebekah observaba cómo las nubes se abrían paso entre el cielo plomizo, dejando atrás la silueta dorada de Roma como si el fin de semana hubiera sido un sueño demasiado perfecto como para existir. En su regazo, descansaba un pañuelo de seda que aún tenía el perfume de Harry, y en su pecho, un nudo que no terminaba de aflojar.
No se decían nada, pero se decían todo. Había algo en los gestos suaves de él, en la manera en que le había tocado la espalda al subir al avión, en cómo había elegido sentarse junto a ella, sin tocarla, sin invadirla, solo estando.
Lo sabían. Ambos lo sabían.
Roma había sido su paraíso prestado, una burbuja ajena al calendario, al compromiso, al apellido que ella llevaba como un ancla invisible. Encallada en un puerto al que había sido cruelmente empujada por olas más altas que ella. Fueron dos días luminosos, borrachos de deseo y ternura, donde rieron en la Fontana di Trevi, se rozaron los dedos entre copas de vino en Trastevere y compartieron una cama tan grande como el pasado que los unía. Pero el reloj no se detiene, y la realidad tenía vuelo directo a Londres. Allí los esperaba Cipriano, y con él, la obligación de cortar lo que nunca debió haber florecido. Ese era el acuerdo, después de todo: volver y parar. Ponerle fin al romance más hermoso y más cruel de sus vidas.
Había sido la promesa, hecha aquella tarde de lluvia en su prisión personal. Recordaba la angustia entremezclándose con la felicidad de quien vuelve a ver el cielo tras una eternidad de cautiverio. Ambos se habían prometido que todo terminaría cuando el italiano regresara, como si aquel capítulo no fuera más que una nota al pie en la historia de sus vidas.
Pero algo no encajaba.
Rebekah parpadeó cuando el piloto anunció el descenso inminente. Harry no se movió. Ni una palabra. Ni una explicación. Ella giró el rostro y vio, a través de la ventana, una postal que no coincidía. Eso no era Londres. Ni Heathrow, ni Stansted, ni Luton. No era Inglaterra, no era nada que tuviera lógica. Era París. O mejor dicho, sus bordes.
—Harry... —susurró, frunciendo el ceño—. ¿Qué estamos haciendo acá?
Él sonrió, como si la pregunta le resultara encantadora y no estuviera a punto de detonar su sistema nervioso.
—Un desvío —contestó, apenas.
—¿Un desvío? Cipriano aterriza en doce horas. Debería estar en casa. Se supone que el vuelo estaba programado para esto. Si no llegamos a tiempo el nos va a... —se interrumpió antes de que el verbo "descubrir" se instalara como una bomba en su lengua.
—No te preocupes, Bekah. Nadie nos está siguiendo.
La frase, dicha con ese tono casual, casi como si fueran fugitivos felices en vez de adultos atrapados por sus propias decisiones, hizo que Rebekah sintiera ese cosquilleo entre el terror y la euforia. No preguntó más. Solo se ajustó el cinturón y miró por la ventana, con el corazón golpeando como si quisiera saltar del avión antes que ellos.
Aterrizaron en una pista discreta, privada. Un auto los esperaba. Harry tomó el volante y condujo como si tuviera un mapa secreto en la cabeza. Rebekah intentó, varias veces, preguntarle adónde iban, pero él solo respondió con una sonrisa y un "confía en mí" que no sirvió para apaciguar su ansiedad.
Y sin embargo, confió.
Horas más tarde, cuando la ruta se volvió campo, cuando las ciudades desaparecieron y el verde lo ocupó todo, cuando los girasoles comenzaron a saludar desde los costados del camino como si los hubieran estado esperando, Rebekah lo comprendió. No del todo, pero lo comprendió.
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illicit affairs | Harry Styles
FanfictionNo me llames infantil, no me llames bebe. Mira este desastre en el que me haz convertido. Me mostraste colores que sabes no puedo ver con nadie más. No me llames infantil, no me llames bebe. Mira esta maldita idiota en la que me convertiste. Me en...
