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Rebekah deslizó las palmas de las manos sobre la tela de su vestido, alisándolo con un gesto automático antes de bajar del automóvil. El aniversario. Cipriano lo había recordado y, con una galantería ensayada, la había invitado a cenar. Había pronunciado las palabras adecuadas, había adoptado la actitud perfecta, como si aquel gesto fuera una prueba de afecto en lugar de una maniobra calculada. Rebekah no podía permitirse cuestionar su intención; su deber era sonreír y agradecerle. Sobre todo después de la noche anterior. Y lo hizo, con la misma destreza con la que ocultaba cada fractura interna.

El restaurante se alzaba ante ellos con su fachada impecable, reflejando luces doradas en los ventanales, como si resguardara dentro de sí la promesa de una velada elegante y armoniosa. Una mentira más en el juego de apariencias. Apenas cruzó el umbral, el peso en su estómago se hizo más denso, como si algo invisible tirara de su cuerpo, reteniéndola. Entonces los vio.

Allí estaban Harry y Kendall.

El aire pareció volverse espeso de repente, como si el oxígeno se negara a entrar por completo en sus pulmones. Aun así, su rostro no se inmutó. No podía permitirse una reacción, no cuando los ojos de Cipriano la analizaban con el mismo interés con el que un depredador observa los últimos movimientos de su presa. Su esposo sonrió con satisfacción al percibir su rigidez, como si hubiera estado esperando exactamente ese gesto. No era un aniversario. Era una prueba.

El mensaje era claro. Cipriano no le creía.

Había sido una esposa perfecta, sin errores, sin grietas visibles. Nunca le había mentido. Nunca le había dado motivos para dudar. Hasta ahora. Ahora, la confianza que Cipriano tenía en ella tambaleaba, como una cuerda floja que ella misma había tensado con su traición. No podía culparlo por desconfiar, no cuando tenía razón. Porque lo había hecho. Había aprovechado su ausencia, había cedido al deseo, había buscado refugio en los brazos de aquel que ahora estaba sentado frente a ella, tomado de la mano de otra mujer. Lo había hecho a sabiendas de lo que arriesgaba. Y ahora estaba ahí, pagando el precio.

Kendall fue la primera en reaccionar. Con su sonrisa resplandeciente, se levantó ligeramente de su asiento para recibirlos, sus movimientos fluidos y seguros. No tenía nada que ocultar, no tenía dudas, porque nunca había temido perder lo que tenía. Porque, en realidad, nunca había habido competencia. Su mano descansaba sobre el brazo de Harry con naturalidad, con la certeza de quien nunca ha tenido que compartir lo que le pertenece.

Harry, en cambio, no sonrió. Su expresión era tensa, contenida. Tragó saliva con dificultad antes de aproximarse a saludar a Rebekah. La besó en la mejilla con un roce fugaz, y en ese instante, su mano se deslizó apenas por su cintura, un contacto casi imperceptible, pero suficiente para hacerla arder por dentro. El eco de noches pasadas se filtró en su piel, pero fue solo un segundo, apenas un susurro antes de que la realidad lo arrancara de ella.

—Lo siento, no podía decirle que no —murmuró Harry, su voz un murmullo solo para ella.

Sus ojos la buscaron, indagando en su mirada, como si tratara de leer los pensamientos que ella intentaba ocultar con cada fibra de su ser. Pero Rebekah no respondió. No podía hacerlo sin revelar todo lo que estaba sintiendo. Se limitó a caminar hacia la silla que Cipriano le indicó y a sentarse con la elegancia precisa que se esperaba de ella. Frente a Kendall. Diagonal a Harry. En el peor lugar posible.

Desde su posición, podía ver cada detalle. Las manos de Harry entrelazadas con las de su novia sobre el mantel. Kendall inclinándose hacia él con un gesto de confianza absoluta. Todo lo que había sido suyo durante esas dos semanas ahora le pertenecía a otra. Y lo peor era que siempre le había pertenecido.

Cipriano, con la paciencia de quien disfruta de un espectáculo, dejó que el silencio se acomodara en la mesa antes de hablar.

—Tu novia es encantadora, Harry —dijo, su tono cargado de esa condescendencia natural que usaba cuando sabía que tenía la ventaja—. Deberíamos reunirnos más seguido, ¿no lo crees, cara mía?

illicit affairs | Harry StylesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora