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La lluvia golpeaba con fuerza la ventana, como si el clima intentara reflejar el tumulto interno de Rebekah. Ella permanecía frente al cristal, observando el paisaje lluvioso, sin ver realmente nada. Había estado lloviendo desde la noche anterior, como si la lluvia intentara lavar la culpa que sentía en su estómago, luego de que la adrenalina y el romanticismo del fin de semana se disolvieran con la rutina del inicio del día. Sus pensamientos estaban lejos, atrapados en los últimos días, en lo que había sucedido con Harry y en lo que ahora debía enfrentar.

Se giró al oír el sonido suave de la puerta al abrirse. Harry aún seguía allí. Se había dado una ducha, al igual que ella, y ahora preparaba el café, como si aquella escena fuera el cuadro de todos los lunes por la mañana.

El hombre tomó la taza sobre la isla y la observó. No sabía si acercarse o mantener la distancia. Por un segundo, parecía casi imposible que hubieran estado enredados en sábanas todo el fin de semana. El espacio entre ellos era un claro estandarte de las palabras no dichas y los asuntos sin resolver.

—Cipriano no volverá hasta por un mes —comentó Harry, su voz grave llenando el espacio entre ellos.

Rebekah no respondió de inmediato, sabiendo que lo que él quería decir no estaba relacionado con el viaje de su esposo. Finalmente, asintió, dejando escapar un suspiro, y bebió de su taza de té, sin siquiera mirarlo, aún con la vista perdida en el jardín que tanto amaba.

—Sí, al menos un mes —respondió, su tono ligeramente vacilante.

Harry dio un paso hacia ella, alzando la mano lo suficiente para que las puntas de sus dedos rozaran su brazo. Su piel se incendió de inmediato y los ojos azules encontraron los suyos, verdes, como si conectaran las chispas electrizantes que se habían perdido en el despertar helado de la mañana.

—Necesito que regreses a la oficina —sus palabras fueron suaves, pero había algo en su voz que hizo vibrar su piel—. Por favor, Rebekah.

Rebekah lo miró fijamente, sintiendo que el aire entre ellos se cargaba con una energía difícil de ignorar.

—¿Y qué haré allí? —preguntó, su voz suave, como si temiera dar el siguiente paso—. Cipriano se encargó personalmente de encontrar un reemplazo para mí.

Harry no se apartó de su lugar, sus ojos brillando con una intensidad que la hacía dudar de todo lo que había creído saber.

—Trabajar. Estar conmigo —la mirada de Harry se oscureció, y por un instante, parecía que lo que estaba diciendo iba mucho más allá de una simple propuesta laboral.

Rebekah dio un paso atrás, su cuerpo instintivamente alejándose de él, pero sus ojos no podían dejar de buscar los suyos. Su corazón latía con fuerza, y por un momento, la tentación de ceder era demasiado fuerte. No solo por él, sino también por su independencia, por esa sensación de victoria que se alojaba en su pecho cada mañana al prepararse para un nuevo día. Por las decisiones que tomaba, sola, sin el ojo punzante del italiano juzgándola o poniéndola en el lugar que él creía debía estar.

—¿Solo mientras Cipriano esté fuera? —preguntó, su voz un susurro, casi como si buscara una confirmación.

Harry no se movió, pero su mirada se suavizó, como si esa respuesta fuera lo único que podía ofrecerle en ese momento.

—Solo mientras él esté fuera. Luego, tú decides —su tono fue bajo, casi como una promesa que vibraba en el aire.

Rebekah sintió un nudo en el estómago. Sabía que esto era lo que él quería, lo que ambos querían, pero también comprendía que aceptarlo significaba cruzar una línea que no podría deshacer. Cruzar esa línea significaba pasar aquel amorío a un nuevo escenario, mucho más peligroso.

—Está bien —murmuró, finalmente cediendo, aunque sabía que no habría vuelta atrás—. Pero esto termina cuando Cipriano regrese —añadió, su voz firme, aunque sus ojos traicionaban dudas que no podía esconder.

Harry la observó en silencio, un destello de satisfacción cruzando sus ojos, pero también algo más, algo que no podía identificar. Sabía perfectamente que aquella afirmación no solo era laboral; entendía, aunque de forma indirecta, que la mujer se refería a ellos.

—Lo prometo —dijo con una calma inquietante, antes de dar un paso hacia adelante, tomando su barbilla y depositando un beso dulce en los labios de la mujer que siempre había amado.

Rebekah se quedó allí, inmóvil, un instante eterno después de que Harry se marchara, dejando la casa en un silencio pesado. La taza de té, ahora fría, descansaba entre sus manos, pero ella solo podía saborear el sabor agridulce de los acontecimientos. La sensación de culpa la envolvía, una que no había experimentado hasta ese momento, pero también una pizca de alegría y brillo que jamás había conocido.

Sus pasos la llevaron de vuelta a la ventana, donde el panorama lluvioso parecía tan distante, casi ajeno. La lluvia continuaba cayendo con insistencia, un eco constante de la tormenta interna que ahora la devoraba.

Pensó en lo que había dicho Harry, en cómo lo había mirado, en ese beso que había dejado una marca indiscutible sobre sus labios. Había sido dulce, pero también una promesa silenciosa, peligrosa. Sabía que el regreso a la oficina significaba más que simplemente un trabajo. La intensidad de sus palabras, la calidez de su toque, las emociones no resueltas... Todo eso se entrelazaba con la necesidad de sentirse deseada, viva, algo que su marido, Cipriano, jamás le había dado. Había sido tanto tiempo desde que sintió algo que se acercara a la pasión, a la conexión, que el eco de esos momentos con Harry resonaba en su mente como un anhelo lejano y, a la vez, urgente.

Dejó la taza sobre la mesa y, sin pensarlo demasiado, subió las escaleras hacia su atelier. La casa, tan silenciosa ahora, parecía vacía sin Harry, como si un vacío se hubiera instaurado en cada rincón. Además, la falta de sus carcajadas parecía invitarla a ahogarse en la melancolía y las sensaciones que acompañaban al clima de Londres. Pero ella tenía ese refugio, el único lugar donde podía escapar de las voces que no la dejaban en paz. Cada paso sobre las escaleras parecía resonar en su mente, como un recordatorio de la confusión que la asfixiaba.

Rebekah miró el cuadro que había dejado a medio terminar en su atelier, los colores brillantes y cálidos aún húmedos en algunas secciones. Aquel lienzo parecía capturar una parte de ella que no había reconocido en años. Su dedo trazó un pequeño rastro sobre el verde más claro, casi como si intentara borrar la culpa que comenzaba a instalarse en su pecho, pero sabía que era imposible.

Había una extraña intimidad en lo que había compartido con Harry, algo que parecía ocultarse entre sombras, en las esquinas de lo que jamás sería pronunciado. Era como caminar en un sendero secreto, donde cada paso la acercaba más a un abismo, y aún así, no podía detenerse.

El eco de su risa en la madrugada, el roce de sus manos en el atelier, todo eso estaba grabado en su piel, como si su cuerpo se negara a olvidar lo que su mente intentaba borrar. Era un pacto silencioso, uno que nadie debía conocer, pero que en su soledad parecía hablarle en susurros.

La culpabilidad la atacaba de manera sutil, como una caricia fría en la nuca, recordándole que el precio de lo prohibido era más alto de lo que estaba dispuesta a pagar. Pero luego miraba el cuadro, lleno de vida, y sabía que algo había despertado en ella.

El aroma de él aún flotaba en el aire, mezclado con el de la pintura fresca y el lino húmedo de la sábana que había dejado caer al suelo. Todo lo que quedaba eran restos: fragmentos de una historia que no tenía lugar en la realidad.

Se quedó allí, en silencio, observando los colores saturados, mezclándose con el agua que caía. La flor, suspendida en ese lago solitario, la miraba con una intensidad casi desgarradora. Rebekah podía ver en ella la lucha entre la serenidad y la tormenta, entre la calma que deseaba y la emoción desbordada que sentía. Cada pincelada, cada trazo, era una parte de ella misma, de sus miedos, de sus deseos, de lo que quería y lo que temía.

En ese momento, comprendió que el cuadro no solo representaba una flor en un estanque, sino su propia lucha interna. La flor luchaba contra la tormenta, y, aunque empapada, seguía floreciendo. Rebekah se sentó en su banquillo, observando esa imagen como si le hablara directamente, como si pudiera entender el lenguaje de la pintura más que cualquier palabra. Y fue ahí, en ese cuadro bañado por la lluvia, donde encontró algo que no había sentido en mucho tiempo: la aceptación de su propia complejidad, de ser ella misma, aunque en ese proceso hubiera tormentas que enfrentar.

illicit affairs | Harry StylesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora