EPÍLOGO

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EPÍLOGO

Tabogo se vislumbra a través de la ventana con nubarrones grises y cargados, y el olor a lluvia llega por los árboles y el viento gélido. Clara se frota los brazos, apoyada en la baranda del balcón. Siempre supo que era una ciudad helada y oscura, pero vivirlo en carne propia le pone la piel de gallina, literalmente. Decide que es suficiente frío por el momento y se aleja de la baranda, entra a la sala y cierra el ventanal alto que separa las áreas.

Se adentra en la sala a buscar el abrigo de lana que reposa en el sofá y lo viste por encima de la sudadera gruesa, además de las medias hasta las canillas y las pantuflas abullonadas sobre sus pies que usa dentro del apartamento. Y sin embargo, muchas veces sigue con frío, incluso así de abrigada. Clara jamás reparó en lo vital que era el calor en su vida. Calor, playa, sol. No es si no hasta ahora, hasta este momento donde se encuentra sin ninguna de estas cosas, que siente el peso de su ausencia. Extraña enormemente sentirse cálida a toda hora del día.

Un ronroneo suave de papel y hojas la distrae, y le echa un vistazo a Coni, aunque no lo ve por estar debajo del paño que envuelve la jaula para evitar los rayos del sol. No debería estar despierto a esta hora, y generalmente no lo está. A esta hora, Clara está en clase hasta el mediodía, y lo ve por primera vez a las 5 de la tarde, cuando la oscuridad empieza a penetrar el apartamento y puede darle su primera comida del día. Sin embargo, Fernando llega hoy, y ella quiso esperarlo en el apartamento para recibirlo después de las 15 horas que lleva manejando desde que salió de Lliquira. Si es honesta, no podría estar en otro lado que no fuera aquí, con unos nervios que no se calmarían con un mensaje de ya llegué, sino solo con la constancia de verlo a salvo con sus propios ojos. No había fuerza que evitara que Fernando hiciera este viaje. Es un sueño hecho realidad, había dicho con sus propias palabras.

Ya llevaba una hora de retraso; se suponía que llegaba antes del mediodía pero el reloj marca 10 minutos pasadas las 12 y no hay rastro de él. Clara revisa su celular y no tiene ni un solo mensaje. Va hacia la nevera y saca una hoja de lechuga y se acerca a la jaula de Coni, levantando el trapo y abriéndola. Yo sé que no es tu hora de comer, mi vida, pero aquí tienes como perdón por trasnocharte, como si en realidad no estuviera haciendo lo que fuera por tener algo que la distrajera.

El rebote amortiguado de unos neumáticos la emocionan y camina de puntillas hacia la ventana con la esperanza de ver el auto aguamarina de sus ensueños. Y justo ahí, doblando la esquina, está avanzando lentamente en contradicción con los latidos de su corazón. Clara ahoga el grito que quiere desgarrar su garganta y brinca como una niña a la que le acaban de dar su regalo de navidad, y sin sentir un solo ápice de vergüenza por ello.

Corre hacia el citófono y llama a anunciar su nombre y que lo dejen subir, y cuelga con rapidez para arreglar lo que hace falta del piso. Recoge los platos sucios del desayuno y los deja en el lavaplatos, levanta la sábana que está siempre sobre el sofá porque siempre tiene frío y va hacia su cuarto y la coloca sobre la cama, dónde pertenece; cierra la puerta entreabierta de Alexandra, su compañera de piso, y vuelve a la puerta del apartamento, esperando el glorioso momento en que el timbre suene. No pasan ni unos segundos cuando abre la puerta, sin poder disminuir el ansia de la espera.

El timbre del ascensor suena y las puertas se abren, y el aparato que está justo frente a su puerta, la 201, deja salir a su chico, que viene con un simple morral de mano colgando de su hombro y unas gafas de sol negras que le cubren la mirada. Pero le sonríe ferozmente, dejándola saber que la ve al mismo tiempo que ella a él. Clara entrelaza sus manos y las aprieta con fuerza, y Fernando avanza hacia ella, levantándose los lentes al tiempo que pone un pie delante del otro, acercándose en pasos lentos pero seguros, y cuando está a mitad de recorrido, Clara no aguanta más y corre hacia él, saltando en mitad del pasillo para colgarse de su cintura y abrazarlo mientras es envuelta en unos brazos que la aprietan.

De antes, para siempreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora