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El conflicto interno de Hirving fue el detonante para que logrará retomar la fuerza suficiente como para quitarse al otro alfa, levantarse bruscamente y arrojársele encima hasta derribarlo.

—¡Maldito estúpido! —Bramó Lozano en cuanto cayeron en seco. Ambos se debatieron en el suelo, esta vez Hirving ya no iba a permitir que ese alfa dominara la situación, empezó a golpearlo con furia, con los puños, a bofetadas, con los codos e incluso llegó a arañarlo.

—¡Eres un estúpido! —Le gritó con todas sus fuerzas. Atacando a diestra y siniestra, al otro alfa no le quedó más que intentar bloquear los golpes. —. ¡No sabes nada! ¡Pudiste haberlo matado y te hubieras quedado sin ningún omega, maldito idiota!

—¡¿D-de qué carajo hablas?! —Habló Sepe entrecortadamente tratando de empujar a Hirving para quitárselo de encima.

Desesperado, trató de hallar cualquier espacio o una brevedad para arrastrarse con ayuda de sus codos y salir de ahí, sin embargo, Lozano se lo impidió al tomarlo por la cabeza y decidió estrellarlo contra el suelo repetidas veces, con más fuerza de lo que el otro lo había hecho, con la diferencia de que no se detuvo hasta hartarse.

—No debiste poner un dedo encima sobre Guillermo, ¡no debiste! —Con una mano Hirving agarró la mandíbula de Sepe sosteniéndolo con firmeza. La ira terminó por consumirlo, los puñetazos empezaron a centrarse en la boca del italiano, específicamente en las encías. —. ¡Mucho menos debiste poner tus asquerosos colmillos sobre él!

La mirada amenazadora de Lozano reveló sus planes al otro alfa quien abrió los ojos de par en par.

—¡No, te atreverías, no puedes! —Gruñó entre dientes el italiano, a pesar de que su mirada revelaba preocupación ante las intenciones de Hirving.

—¿Todos pueden, pero yo no? —Ladró. —. O sea que cuando tú llevas la ventaja si me puedes amenazar, pero cuando yo la tengo, ¿ya no se puede? —Clamó Lozano. Alzó una de sus manos en el aire, no en forma puño, sino en forma de garras que quieren deshacer, destrozar, quebrar y romper todo por la persona que ama.

La mirada de Sepe se ensanchó de pánico cuando Hirving se acercó, su aliento chocó contra su rostro y el aroma a lavanda le irrita los ojos a tal punto de sacarle algunas lágrimas involuntarias.

—¿De verdad estás llorando porque un alfa que parece beta te va a matar o qué? —Replicó con una voz cargada de amenaza y una ferocidad escalofriante. Apretó el agarre para obligar al otro a abrir la boca y si bien recibió una amena con morderle la mano, Hirving ya no tenía miedo. —. ¿Quién es el patético ahora?

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El aroma de Hirving llegó hasta las fosas nasales de Guillermo, aquel aroma fresco ahora era realmente abrumador hasta para él, a tal punto de hacer doler la cabeza; pudo recordar en qué momento había percibido así a Hirving; le dio escalofríos pues todo recae en los estragos del mundial.

Caminaba cautelosamente tratando de evitar el recuerdo, pero no pudo. Treinta de noviembre, la fatídica tarde. Él, junto con el resto de sus compañeros de la selección no hallaron como reconfortarse los unos a los otros pues ganaron y a la vez perdieron. México había sido eliminado en la fase de grupos.
Fue evidente el hallar frustración, tristeza y desilusión inundando la cancha. Guillermo iba repartiendo palabras de aliento a todos sus amigos a pesar de estar roto por dentro y llevar los ojos al borde de las lágrimas.
Estando sensible, quiso buscar cercanía con Hirving, prácticamente lo persiguió por toda la cancha para buscar consuelo en sus ojos, pero como de costumbre y por vergüenza, esa vez Hirving también huyó evadiendo la mirada; a Memo no le quedó más que buscarlo por medio del olfato queriendo que esa fragancia de lavanda lo sacara de la amargura que lo ahogaba, en cambio se topó con la impotencia y enojo perfectamente bien mezclado.
En ese momento no le importó, solo quería ser consolado y pensó en un abrazo de Lozano, también quería darle un abrazo porque sabía cuánto podría necesitarlo; quiso contenerse, pero de un segundo a otro, el torso descubierto del alfa lo distrajo un poco o tal vez demasiado. Al final de cuentas se acercó, disimuló con un toque amistoso en la cabeza, dijo un par de cosas, pero el aroma lo distrajo, le irritó los ojos y casi lo hace llorar. Hirving respondió a su contacto casi a regañadientes, con la mirada caída dio a entender que no tenía ánimos ni nada que decir y luego simplemente lo miró alejarse para apreciar como el estadio se llenaba de abucheos en contra de cada uno de ellos.

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