Epílogo.

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La luz entraba por su ventana, acariciando la espalda desnuda de Etoiles, quien naturalmente se ponía de ese lado para evitar que a Roier le diera el sol directamente en la cara.

Se acomodó con cuidado cuando sintió a Roier suspirar lentamente y de pronto una sensación de peligro acechó su seguridad, girándose instintivamente hacia la puerta, donde unos ojos ambarinos lo escrudiñaban.

–Amelia, ya te dije que toques la puerta al entrar. —regañó a la pequeña niña en el umbral.

–No, papi. Así es mejor, puedo probar que estás perdiendo el toque. —le sonrió, con una mueca de suficiencia.

Sonrió, y abrió los brazos para recibirla, recibiendo una risita dulce de la niña, que corrió apenas vio la confirmación en su mirada. Estaba impresionado porque él, siendo el hombre que podía ser imperceptible, lograba sorprenderse por las habilidades de su pequeña niña.

Roier se removió molesto y se quejó, recordando que sus mañanas de paz siempre se veían comprometidas con este par.

–¿Por qué tienen que hacer tanto ruido? —se quejó. –No tienen respeto para nada.

–Pá, debemos ir a mi clase, tú lo sabes.

Amelia había escalado su cuerpo para sentarse sobre su estómago y lo miraba con seriedad.

–Por Dios, a veces odio tanto que tengas los mismos ojos de tu padre. —gruñó. –Conspiran contra mí porque creen que son más fuertes.

Etoiles se rio, acariciando con sus dedos las hebras castañas de su esposo.

— Tú sabes que te amamos.

Roier gruñó de nuevo, pero se levantó y caminó totalmente adormilado hacia la ducha, con los ojos de sus amores puestos en él.

A veces odiaba tanto recordar que, aunque no era su hija en realidad, la niña era perfectamente una combinación de ambos, siendo ideal para completar la ecuación que necesitaban desde hace tanto.

Amelia era una niña huérfana a la que acogieron en una de las tantas visitas y exámenes para adoptar a un niño.

Roier tenía la idea de intentar aspirar a ser padres de un bebé, pero Etoiles se enamoró de ella apenas la vio. Y no se equivocó cuando se dio cuenta de la personalidad naturalmente salvaje y comprometida, dulce cuando se necesitaba y dispuesta a formar parte de sus días.

Etoiles no se medía en cuanto a conseguirle lo mejor, y su pequeña princesa estaba aprendiendo tiro con arco para fortalecer sus habilidades natas de defensa.

Ya había pasado por todos los deportes, hasta que se enamoró del arco y flechas que solía llevar a todos lados, aunque no eran peligrosos. Ayudándole a prestar atención a su entorno y actuar con rapidez.

Roier decía que no estaba bien exigirle tanto a una nenita para aprender defensa personal, pero su esposo pensaba lo contrario y la estaba preparando para cualquier situación.

Amelia era una guerrera, una mujercita fuerte y hermosa, además de inteligente y educada, absorbiendo de su "pá" la efusividad, los celos, y el amor a las arañas.

Nunca lloraba por nada, era fuerte y guerrillera. Pero cuando se sentaba con su apá podía sacar su lado sensitivo y llorar con todas las películas románticas que se proyectaban en la televisión.

Le encantaba la música, le encantaba arreglarse y ser el centro de atención. Le encantaba ser la nena de papi, de ambos, a quienes siempre le gustaba observar en su pequeña burbuja de amor que era inquebrantable hasta que la veían y sus ojos se hacían más alegres. Amándola sin intención de detenerse.

Ocean / Roier x EtoilesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora