Capítulo 2: Persecución

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Los dos se sentaron en una de la mesas del tren mientras se disponían a comenzar a ingerir sus meriendas.

Crista había elegido algunas magdalenas junto con una taza de té. Heben, no había tenido intención de merendar al principio, pero al ver lo que Crista comería, se le antojó lo mismo.

Ella rio por lo de Heben y él se sonrojó mirando hacia otro lado. Al parecer solo fue en el momento, pensó ella al ver que volvía a hacer el mismo gesto cuando se ponía nervioso.

Sin embargo, lo prefería así. Heben se veía muy tierno cuando se sonrojaba.

Los dos probaron las magdalenas con sonrisas en sus rostros. Creían que aquellas eran las más deliciosas, aunque, no sabían si era así o les parecían eso, ya que estaban demasiado hambrientos.

Crista sorbió el té con tranquilidad y luego miró su reflejo en la taza. Su mirada aún denotaba tristeza y se sentía culpable, por estar tomando y comiendo cosas deliciosas, cuando no sabía que había ocurrido con sus amigos.

Sin embargo, luego volvía a recordar las palabras de Heben y sabía que debía estar fuerte para cuidar el objeto que les habían confiado, el cual permanecía con ella todo el tiempo.

Levantó la mirada hacía Heben y se dio cuenta de que él la estaba mirando fijamente. Sus mejillas se encendieron y se miró de nuevo hacia abajo.

-¿Sucede algo?-le preguntó.

Sin embargo, él no se había dado cuenta de su acto y también enrojeció al intentar explicarle.

-No... Bueno, es que te vi preocupada y...-su cara se volvió bordó mientras tomaba una pausa para decirle lo que quería-Detesto verte así-concluyó mirándola a los ojos.

Crista sintió gran felicidad por las palabras de Heben y sonrió de oreja a oreja, mientras tomaba su mano con dulzura.

Volvieron al camarote con tranquilidad.

-No soporto estar sentada todo el tiempo-exclamó Crista mientras suspiraba al ver nuevamente los asientos.

-yo tampoco-rio él. Pero, no pensaba demasiado en ello, pues creía que no faltaba mucho para llegar a destino. Lo único que le preocupaba era mantener a Crista sana y salva, después de todo ella se había convertido en su responsabilidad, como buen compañero y como la persona a la que quería.

Ella suspiró con aburrimiento mirando por la ventana, cuando un movimiento extraño la sobresaltó.

-¿Qué sucede?-preguntó él al verla con una mueca de duda.

Ella negó con la cabeza.

-No puede ser...-susurró abriendo completamente la cortina encontrándose con un paisaje monótono-Pues, creí ver algo, pero al parecer fue solo mi imaginación-le respondió y cuando estaba por cerrar la cortina un hocico gigante junto con unos ojos rojos se increparon contra la ventana.

Crista salió disparada al suelo del susto mientras el gran animal llenaba de baba el vidrio intentando entrar.

-¿¡Qué es eso!?-preguntó a grito incorporándose al lado de Heben viendo con temor a la criatura parecida a un perro doblemente más grande y de color marrón. Este, comenzó a romper el vidrio y varios aullidos se escucharon como ecos en la lejanía hasta hacerse más claros a medida que se acercaban.

Heben se quedó paralizado en el lugar mirando a la bestia. Podía recordar aquellos ojos rojos como la sangre, detrás de una celda de metal sólido en los recónditos de las carpas y almacenes que habían pertenecido a Rosae Crucis.

-¡Heben!-gritó Crista haciéndolo reaccionar cuando el perro gigante estaba metiendo su cabeza por entre el vidrio que había roto, lastimándose la cara sin importarle con el solo objetivo de atrapar a sus presas.

Al instante, Heben tomó un pedazo de vidrio en una mano y se lo clavó en el hocico al perro, que aulló de dolor y cayó hacia atrás. Pero, no pudieron cantar victoria, pues al caer el perro mostró la gran hilera de los otros que estaban corriendo al son del tren y aullando con amenaza.

Heben tomó de la mano a Crista y los dos salieron al pasillo.

-Aquellos perros asquerosos-comenzó diciendo él con el corazón en la boca mientras se dirigían hacia el comedor-Son enviados por Rosae Crucis.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque recuerdo sus ojos y aquellos aullidos. Griselda los tenía encerrados en mazmorras como animales salvajes muy peligrosos. Creo que son experimentos, alterados genéticamente-le respondió agitado.

Crista lo pensó y al segundo se detuvo. Heben tiró de ella pero lo retuvo en el lugar sin dejarlo avanzar más allá.

-Entonces, nos están persiguiendo-dijo ella.

-Sí, por eso debemos correr-le dijo alarmado sin entender por qué se había detenido.

Ella negó con la cabeza.

-¿Y qué pasa si lastiman a otras personas?

Él se detuvo de repente y suspiró sabiendo a donde quería llegar.

Al momento, rompió una pared de madera y sacó un gran pedazo de esta.

-Espera aquí-exclamó Heben y ella frunció el ceño y caminó tras él.

-¿Acaso crees que voy a dejarte?-le preguntó mientras él se daba vuelta e intentaba retenerla.

-No lo creo, pero voy a intentar que así sea. No puedo dejar que te pase nada.

-Sí es por la piedra filosofal...

-No es por eso-le dijo él mirándola a los ojos con temor y ella se quedó paralizada-Si llego a perderte... No sé cómo podría seguir luego...-exclamó sintiéndose realmente derrotado con solo imaginar perder a Crista.

Ella se lo quedó mirando sorprendida por aquella confesión. Sabía que le gustaba a Heben, por algo él estaba allí, pero que le dijera aquello la había hecho sentir muy feliz y le había dado otra razón más para permanecer a su lado y no perderlo dejándolo a manos de aquellos perros asquerosos y extraños.

-Tranquilo-inquirió con una sonrisa llena de amor y bondad-Nunca voy a separarme de ti.

Heben la miró y suspiró. Sabía que Crista no iba a alejarse.

-Bien-dijo-pero, si la cosa se pone peligrosa te irás a refugiarte a donde sea.

-Ni loca.

-Pero...

-No creas que eres el único alquimista aquí. Además, creo que en momentos como este es más útil que pueda congelar a aquellos perros que elevarlos en el aire-le sonrió con desafío para hacerlo rabiar.

La mandíbula de Heben se desprendió hacia abajo y la miró con desgano, luego sonrió.

-No es lo único que puedo hacer, hielito...-fue lo último que llegó a decir, justo cuando la jauría de perros experimentos comenzó a alcanzar la zona del tren en donde se encontraban y el vidrio a su lado estalló en mil pedazos, cuando un perro se abalanzó sobre Crista.


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