Eiber miró a Crista expectante. Sus ojos se veían algo enrojecidos por las lágrimas que ya no estaban asomando por ellos. Heben tenía una mano posada en la espalda de ella por precaución.
Solo veinte minutos atrás ella se había decidido en hablar con su padre, pero llena de duda y con dificultad. Aunque, no para perdonarlo, sino solo para que se marchara más rápido y no verlo nunca más. Fue lo que sentenció en su mente, a pesar de que sabía que por un lado lo hacía para verlo, para saber cómo era su voz, su rostro, si había algún indicio de que él la quería o la había querido.
-Siéntate por favor-le dijo él a ella, viendo que aún estaba parada. Luego, le lanzó una mirada a Heben y sonrió-Volvemos a vernos-exclamó y él abrió grandes los ojos.
Crista miró a Heben sin entender.
-¿A qué se refiere?-preguntó ella sin dejar de mirarlo.
Heben se rascó la nuca.
-Él fue quien me entregó el agua en el tren para sanar tu herida...
Al momento, Crista se quedó sin palabras y se volteó despacio.
-¿Para qué lo hiciste?-preguntó ya con sus ojos sobre Eiber-¿Por qué no te quedaste en ese momento? ¿Qué hacías en ese tren?
-¡Uf! Demasiadas preguntas en un segundo, te pareces a tu madre.
A Crista no le hizo gracia el comentario y de repente, con el ceño fruncido se sentó en la mesa. Había ignorado, hasta ese momento, la presencia de Betty y Nico allí. Aun así siguió mirando a su padre.
Heben se sentó junto a ella sin exclamar palabra. Estaba demasiado atento a que Crista no volviera a llorar o a que Eiber no le dijera nada que pudiera hacerle daño, cosa que él se encargaría personalmente de cerrarle la boca.
-Qué suerte que me parezca a ella-contestó aún a sabiendas de que en apariencia era el calco de él.
Eiber frunció la boca y dispuso las manos entrelazadas arriba de la mesa, tomando posición para hablar.
-Quiero hacerte una pregunta más, antes de comenzar, si me permites.
Crista suspiró y apretó los puños a cada lado intentando no llorar o temblar. Apenas podía estar allí, después de todos los pensamientos negativos que se le venían en bandada a la cabeza. Y ver, que su padre estuviera tan tranquilo hablándole como si no se vieran solo hacía unos meses, le molestaba mucho ¿Acaso no podía ser más educado? ¿No se daba cuenta del dolor que le provocaba?
-¿Qué?-su voz fue rotunda, casi sin el acento interrogativo de una pregunta, resonando como un eco duro contra una piedra.
-¿Cómo es que me reconociste tan fácilmente? Sé que soy parecido a ti, pero aun así...
Crista tomó aire.
-Mi mamá tenía muchas fotografías tuyas y de ella guardadas. Me sorprendía de que todas fueran contigo, y nunca separados, por lo tanto, no tuve opción de verlas cuando tenía curiosidad acerca de su adolescencia. Luego, solo fue curiosidad para ver tu rostro y saber quién eras, por si algún día te veía en la calle y así, reconocerte rápidamente para no perder más tiempo...-tomó aire otra vez. Había dicho todo aquello muy rápido y no había parado, solo porque le causaba placer ver la cara triste de su padre mientras la oía relatar aquello. Luego, agregó-Aunque, tu cara está mucho más demacrada que en aquellas fotografías.
Aquel último comentario, no tuvo el efecto que esperaba en Eiber. Ella creía que él se enojaría con ella por ello, o se entristecería al darse cuenta de que estaba viejo. Sin embargo, Eiber comenzó a reír con los ojos cerrados y a carcajadas limpias.
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Exilio
Novela JuvenilHeben y Crista escapan de Rosae Crucis hacia un nuevo destino teniendo en sus manos la piedra filosofal. Los dos comienzan con una nueva vida alejándose de sus amigos y sin poder mirar atrás...
