Capítulo 29

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Rhaenyra había estado inusualmente callada en todo el camino de vuelta a Dragonstone, lo cual desconcertaba y preocupaba a Daemon a partes iguales. Su esposa nunca había sido del tipo de quedarse callada con sus sentimientos, siempre los llevaba como bandera de guerra.

Se había vuelto mejor con los años, claro, la Corte así se lo había exigido; pero para él leerla era tan fácil como tener un libro abierto y en blanco. Excepto que ahora el libro estaba bajo llave y en una letra tan ilegible que Daemon no podía ni siquiera empezar a descifrar.

Ambos habían decidido tras la reunión con el monarca de Essos que, hasta que tomarán una decisión sobre la proposición que les habían hecho, volverían a casa, donde sus hijos les esperaban y necesitaban de su ayuda en caso de que las cosas se complicaran. Ambos sufrían si estaban lejos y no podían proteger a sus hijos, y con la Fe cada vez más contundente en sus amenazas debían estar preparados.

Pensándolo bien, tendría que encontrar el tiempo para educar a todos sus hijos en el arte de las armas. A sus hijas también, por supuesto. Empuñar un arma no era algo en lo que hiciera distinciones, y Daemon esperaba no llegara el día en que tuviesen que hacerlo, pero más valía prevenir.

Casi tan pronto como habían tomado la decisión de partir, Rhaenyra se había sumido en el más absoluto silencio. Mientras Daemon estaba perdido en analizar el comportamiento de su esposa, Rhaenyra se torturaba silenciosamente con el fatídico escenario que tomaba forma en su cabeza. El príncipe no podía siquiera comenzar a plantearse el número de escenarios horribles que pasaban por su cabeza

Necesitaban el apoyo de Essos. Necesitaban que Essos les ayudará a conseguir el apoyo del resto de las ciudades libres. Pero, ¿Tenía que ser la seguridad de su esposo el precio a pagar para ello? En momentos como este, despreciaba que su esposo fuera un guerrero tan temido y apreciado.

Si fuera otro caballero promedio, como sir Criston Cole, ni siquiera se plantearían su nonbre para estas peticiones.

La primera guerra en los peldaños de piedra había sido cruel y despiadada, todos se habían encargado de decirselo durante meses de agonía en los que Rhaenyra había rezado en silencio por la protección de su tio. Daemon no había contado con ningún apoyo por parte de su padre, lo cual ciertamente había complicado las cosas. Cuando la ayuda llegó ya era tarde y Daemon ya no la quería aceptar. Ahora, la historia se repetiría casi de la misma manera.

Rhaenyra no temía por la vida de su esposo. O bueno, puede que un poco. Sabía que Daemon había ganado una vez, perfectamente podía ganar dos. Su marido aún era joven, fuerte y despiadado. Sus enemigos deberían ser los que tenían miedo, no ella. Y aún así, era ella la que estaba aterrorizada ante la idea.

Rhaenyra valoró suplicarle al rey que les ayudará, incluso si esto revelaba sus planes de hacer alianza con las ciudades libres, pero Viserys no se atrevería a darles ayuda militar, no sin que la religión, los Hightower y puede que incluso los Lannister se le tirarán encima y le acusaran de darle a los príncipes un ejercito que no les pertenecía.

Técnicamente, los guardias reales eran más leales a Daemon, pero la lealtad no era suficiente para que enfrentarán el poder y orden directa del rey.

Cuando llegaron a Dragonstone ya era bien entrada la noche. No pretendían despertar a sus hijos, tenían tiempo de sobra para hablar con ellos en la mañana, así que se dirigieron silenciosamente a su dormitorio, pidiendo a las doncellas que habían asistido su llegada que no molestarán a nadie mas.

Una vez dentro, Rhaenyra soltó su cabello en silencio.

—Mi amor —dijo Daemon, en un susurro, teniendo que interrumpir su estado de silencio fuera peor que hablar—. ¿Te he disgustado con algo? ¿Hay algún motivo para tu enfado?

FIRE ON FIRE (Daemon & Rhaenyra)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora