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—Ay niña, y yo que pensaba que no te podías meter en más problemas —escuché a alguien susurrar dentro de tu habitación.
Entré deslizando la puerta y vi a un hombre de cabellera blanca frente a la camilla.
—Tranquilo, Minato. Ya le dije a Tsunade que viniera —dijo mientras se daba la vuelta—. Tú no eres Minato... ¿Eres el novio de la pequeña bruja? ¿Minato lo sabe?
—No. Soy un conocido de Jin —respondí mientras dejaba unas cosas en la mesita de noche.
—Me parece que vienes mucho acá. ¿Estás seguro de que eres solo un conocido de Jin? —Miré a los ojos de él. Se veían tristes, con una pizca de diversión.
—Como sea, muchacho, ¿sabes cuánto lleva así?
—Mañana son tres semanas.
—Casi un mes... Minato me había dicho que pasó hace dos meses. Qué dramático es. Jin se va a enojar cuando se entere. Pero creo que es entendible; Jin es todo para Minato.
—¿Usted cree que despierte?
—Sí. Nada puede con ella. Es la persona más terca que conozco. Además, tendrá que escapar de la golpiza que le va a dar Kushina cuando despierte.
—Jiraiya Sensei, ¿qué hace aquí? —Miré hacia la puerta cuando Minato Sensei habló.
—Quería ver cómo estaba y, sobre todo, asegurarme de que tú estés en tus cinco sentidos para dirigir la aldea.
Minato entró, su rostro demacrado por la preocupación y la falta de sueño. Me pregunté cuánto tiempo más podría soportar esta carga. Se acercó a tu cama, su mirada llena de una mezcla de amor y desesperación.
—Jin, te necesitamos. La aldea te necesita —susurró, tomando tu mano inerte. La fuerza que Minato siempre mostraba se desmoronaba ante nuestros ojos.—Yo te necesito.
Jiraiya suspiró y puso una mano en el hombro de Minato.—Ella es fuerte, lo sabes. Superará esto, como siempre lo ha hecho.
Te miré, tu rostro pálido y sereno, como si estuvieras en paz. Pero sabía que dentro de ti se libraba una batalla feroz. Una batalla que solo tú podías ganar. Recordé los momentos compartidos, tu risa contagiosa, tu espíritu indomable.
Minato se dejó caer en una silla junto a la cama, sin soltar tu mano.—Jiraiya Sensei, ¿crees que esto es culpa mía? Si no la hubiera mandado a esa misión...
—No pienses así, Minato. Hiciste lo que creías correcto —respondió Jiraiya, con una tristeza que no podía ocultar—. A veces, las cosas simplemente suceden, sin razón aparente.
La habitación se llenó de un silencio pesado, solo interrumpido por el suave zumbido de las máquinas que te mantenían con vida. Cada sonido era un recordatorio de nuestra impotencia. Y sin embargo, en medio de la oscuridad, había una pequeña chispa de esperanza. Porque sabíamos que si alguien podía superar esto, eras tú.
Jiraiya se despidió con un apretón en el hombro de Minato y una mirada de aliento hacia mí.—Cuídalos, muchacho. Y ten fe.
Cuando se fue, Minato y yo nos quedamos en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos. La noche avanzaba lentamente, y con ella, nuestros temores y esperanzas.
A medida que las primeras luces del amanecer se filtraban por la ventana, me acerqué a la cama y susurré, apenas audible:—Jin, por favor, vuelve a nosotros. No quiero un mundo en el que no pueda ver tu sonrisa.
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