36. el momento antes de la tormenta

15.7K 828 1.1K
                                        


Juanjo sabía que Rebeca no estaba porque desde la cocina no se filtraba ningún tipo de música suave. Lo sabía porque Martin se lo había explicado una vez mientras desayunaban juntos, que su madre solía tener la manía de tener aquella dichosa radio todo el día encendida. No iba a cambiar mucho las cosas, pero supuso que se sintió un poco más cómodo. Si ya era vergonzoso que el vasco lo estuviera viendo así no quiso ni imaginarse como sería la escena con Rebeca presente, porque no quería quedar tan mal delante de ella. Martin lo abrazaba fuertemente por la cintura con el brazo derecho, pegándole contra su cuerpo. Con la mano libre le acariciaba el pelo de la nuca. Ni siquiera entonces pudo dejar de llorar. 

O a lo mejor era por la manera en la que le estaba abrazando por lo que no podía detenerse. Juanjo pensaba en que nunca nadie lo había hecho sentirse así de protegido y le era inevitable que los ojos no le picasen más. Quería quedarse muy quieto y no moverse de ahí nunca. Refugiarse en los brazos de Martin hasta que todo se le hubiera olvidado, hasta que el tiempo pasase y todo quedase como un mal sueño. El calor que desprendía el pequeño solo le daban ganas de arrimarse más, de pegarse tanto a él que al final fuera imposible separarlos. 

Y tampoco era como si Martin quisiera lo contrario. Sintiéndolo temblar contra el hueco de su cuello solo podía pensar en lo enfadado que estaba. No con él, si no con el resto del mundo. Enfadado porque Juanjo no se merecía nada de aquello, furioso porque nadie había intentado ayudarle nunca. Y la impotencia que le corría por la venas era incluso abrumadora. 

Quiso arrastrarle hasta su habitación y cambiarle la ropa para que dejase de tiritar por el frío. Luego quiso que se acostase en su cama para poder cubrirle con el edredón y darle algo de calor. Pero también quería entender que era lo que estaba pasando. Juanjo había entrado como un torbellino en su casa y Martin se estaba sintiendo muy confuso. Porque él lo había estado esperando para hacer palomitas y ver una película juntos, no para aquello. La situación había sido muy repentina y no sabía bien como actuar. Se había asustado cuando Juanjo había dicho que tenían que parar con todo aquello, no sabía como hacerle frente cuando se veía así de asustado.

Esperó a que fuera el mayor quien decidiera tomar distancia. Pudieron haber pasado tres horas o diez minutos. Lo hizo poco a poco, y a Martin le dio pena ver sus mejillas rojas por la vergüenza cuando finalmente se separó de él. Tampoco fue como si se hubiera alejado mucho. Sus cuerpos seguían rozándose, y las manos del vasco seguían tomándolo por la cintura. Eran a penas unos centímetros los que distanciaban sus cuerpos. Le tomó de la mano y lo arrastró escaleras arriba. 

Entraron a su cuarto y le ayudó a quitarse la ropa. Martin notó lo fría que tenía la piel cuando fue a depositarle un beso cuidadoso sobre el hombro. Le propuso darse una ducha de agua caliente y aceptó. No se sorprendió ni un poquito cuando Juanjo le pidió que entrase con él, y a pesar de que ya se había duchado hace apenas una hora, no pudo decirle que no, menos aún cuando se lo pidió con esos ojos. El cuerpo del mayor se sentía tan pesado que no se veía capaz ni de levantar los brazos para enjabonarse el cuerpo, tampoco era como si sus manos temblorosas pudieran aferrarse a otra cosa que no fueran las caderas de Martin. Se dejó hacer cuando fue el más pequeño quién lo bañó, acariciándole con la esponja mientras él esperaba a que acabase con la cabeza recostada sobre su hombro. Pensó en que pensaría el vasco al verlo así y sintió pena de sí mismo.

Pero Martin seguía estando igual de cabreado que antes. No podía dejar de pensar en ello, ni siquiera mientras aclaraba la espuma de su ancha espalda o lo envolvía por completo con aquella toalla. Quería besarle y dejarle claro con aquel gesto todo lo que estaba pensando, pero no quería asustarle más si de repente hacía aquel gesto tan repentino. Tuvo que conformarse con apretar los labios y guardar silencio. Lo llevó de nuevo a su habitación y le ofreció el pijama de siempre. Lo oyó murmurar un suave agradecimiento, nada más. 

Guilty as Sin?Donde viven las historias. Descúbrelo ahora