tercer extra, al cumplir los ochenta y cinco años

6.5K 384 559
                                        


antes de empezar! si no os gusta leer cosas tristes, ignorar este extra por favor!!


Aquella mañana le habían dejado salir al patio. Se sentía algo cansado, a pesar de que había dormido toda la noche. Se dedicó a admirar las vistas frente a él en silencio. Un patio verde y muy frondoso con vistas al mar. Ubicado en el norte, cerca del pueblo en dónde había comprado su casa de vacaciones hacía ya muchos años atrás, al menos cuarenta. Un patio muy grande en que se reflejaba la luz del sol, natural y cálida, abrazando la piel desnuda de sus manos viejas y temblorosas, las mismas que reposaban sobre sus propias piernas, también cansadas de haber vivido tanto. Porque caminar por todos los caminos por los que él había caminado tenía un precio. Correr por todos los sitios por los que él había corrido, también lo tenía. Una silla de ruedas. Unas rodillas débiles. Un cuerpo cansado.

Tampoco quiso pensar mucho en eso. Ahora prefería centrarse en el viento que le golpeaba las mejillas, que le obligaba a entrecerrar los ojos. También en la calma que se respiraba a su alrededor. El silencio solamente siendo interrumpido por el sonido natural que hacían las cosas que le envolvían. Algunos pájaros revoloteando sobre él, las hojas de los olivos plantados en aquel patio zarandeándose con elegancia, bailando al mismo ritmo que el latido de su corazón usado.

A veces las cosas se sentían confusas dentro de su mente. Por eso le costó identificar a la chica que caminaba en su dirección. Su uniforme blanco le recordó a la de una enfermera, pero aquel no era su trabajo allí. Porque en realidad era la misma chica que le había cuidado desde que había llegado a aquella residencia, hacía al menos dos años. Le molestó no recordar su nombre, por eso fue lo primero que buscó en la tarjeta que colgaba de su cuello. Se llamaba Lucía. Y a pesar de que su rostro le resultaba familiar, Martin no logró encontrar en su memoria ningún rastro de haber hablado con ella antes. Por eso la recibió con una mezcla de curiosidad y algo más. Y la chica le sonrió en grande cuando llegó junto a él, como si le considerase un amigo, sentándose en el suelo a su lado con despreocupación. Lucía era joven, podía hacer ese tipo de cosas. Mancharse la ropa de hierba. Sonreír como si no le importase tener que lavarla después.

Martin no pudo evitar fijarse en el papel que tenía entre los dedos.

"Tengo algo para ti, me lo han dado esta mañana. ¿Quieres que te diga lo que es?"

Hablaba con soltura, casi con un poco de despreocupación. Él bajó la vista hacia ella, sintiendo envidia por la vitalidad de sus pupilas emocionadas. Aún así, no pudo evitar sentir reconocimiento en el tono de su voz, como si ya hubiera hablado con aquella mujer vestida de blanco muchísimas veces antes.

"Vale" dijo, notando su garganta apretada y algo rasgada.

"¡Es una carta!" le respondió, sonando muy ilusionada, zarandeando aquella hoja arrugada entre sus dedos.

Martin frunció el ceño, porque no entendía muy bien la situación. Sus hijos llevaban sin llamarle algunas semanas, o al menos eso era lo que él creía recordar. Pudo ser también algo que le habían enviado sus nietos. Algunas palabras garabateadas con ceras de colores o algún dibujo de los que tantos le habían mandado antes. Sonrió ante aquella posible opción. Siempre se ponía muy contento cuando alguien se acordaba de él. Siempre le gustaba recibir cosas por parte de su familia.

"¿Una carta?"

"Sí, pero no está firmada. ¿Quieres que la lea en voz alta por ti?" le preguntó, siendo más que obvia la respuesta. Porque Martin ya no podía hacer aquello solo. Necesitaba ayuda para distinguir las palabras y las letras. Había sido más bien para prepararle antes de empezar.

"Vale" aceptó, encogiéndose de hombros en un gesto adormilado.

Lucía levantó la cabeza para mirarle. Desde el suelo donde estaba sentada, pudo apreciar la forma en la que los rayos del sol le rozaban las mejillas a Martin, haciéndole lucir más despierto, casi que con más energía. Le fue imposible no sonreír ante la imagen, no cuando ya llevaba conociendo a aquel hombre durante tanto tiempo. Porque Martin había llegado a aquel lugar después de cumplir los setenta y nueve años, cuando ella acababa de comenzar a trabajar en aquella residencia. Ahora tenía ochenta y cinco. Los había cumplido hacía una semana. Y ella llevaba cuidándolo durante seis años. Le era imposible no mirarle y sentir que no le echaría de menos cuando ya no estuviera.

Guilty as Sin?Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora