CAPITULO 29

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Esa noche, Nicole esperó pacientemente a que la mansión estuviera en completo silencio. Sabía que cualquier movimiento en falso podría delatarla, así que se movió con cuidado, evitando cualquier encuentro con los empleados o, peor aún, con sus padres. Llevaba un vestido sencillo y unas zapatillas, nada que llamara demasiado la atención, y sujetaba su teléfono firmemente, lista para escribirle a Richard en cuanto saliera.

Cuando llegó a la entrada trasera, abrió la puerta con cuidado y salió. Allí estaba Richard, esperándola en su auto, con esa sonrisa que siempre lograba calmarla. Nicole subió rápidamente, cerrando la puerta del coche detrás de ella, y dejó escapar un suspiro.

-Hey, princesa – dijo Richard suavemente, girándose hacia ella. – ¿Estás bien?

Nicole lo miró, sus ojos brillaban de cansancio y frustración. – No, no estoy bien, Richi. Esto es una locura. Mis padres me están obligando a vivir en esa mansión como si fuera una prisionera.

Richard frunció el ceño, preocupado, mientras tomaba su mano. – Vámonos de aquí. No tienes que quedarte en ese lugar si no quieres.

Nicole sonrió levemente ante su impulso. – Ojalá fuera tan fácil. Pero, por ahora, solo quería verte. Necesitaba un respiro, y tú siempre sabes cómo hacerme olvidar todo esto.

Richard asintió y arrancó el auto. – Entonces olvidémonos de todo por unas horas. Vamos a algún lugar donde puedas ser tú misma.

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Richard la llevó a un mirador que daba una vista espectacular de la ciudad. Había traído una manta y algo de comida, planeando una noche tranquila lejos de la presión de las familias y las cámaras. Nicole se sentó a su lado, envolviéndose en la manta mientras ambos miraban las luces parpadear a lo lejos.

-No puedo creer que todo esto esté pasando – confesó Nicole después de unos minutos de silencio. – Siento que estoy perdiendo el control de mi vida.

Richard pasó un brazo alrededor de ella, acercándola. – No estás sola en esto, muñeca. Estoy aquí para ti, siempre. Lo que sea que decidas, voy a apoyarte.

Nicole apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos por un momento. – Gracias, Richi. No sabes cuánto significa eso para mí.

Ambos permanecieron en silencio, disfrutando de la tranquilidad del momento. Richard empezó a hablar de cosas simples, intentando distraerla: anécdotas de su infancia, historias divertidas de sus entrenamientos, y Nicole, por primera vez en días, se sintió relajada. Se rió de sus ocurrencias, sintiendo cómo la tensión poco a poco se desvanecía.

-¿Te quedas conmigo esta noche? – preguntó ella suavemente, mirándolo a los ojos.

Richard acarició su mejilla con ternura. – Claro, princesa. Donde quieras que esté, siempre será contigo.

Nicole sonrió y, sin dudarlo, se inclinó para besarlo. El beso fue lento, lleno de gratitud y cariño, una pequeña burbuja de felicidad en medio del caos de su vida.

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Cuando regresaron a la mansión al amanecer, Nicole entró sigilosamente por la misma puerta trasera. Richard la despidió con un beso en la frente y una sonrisa tranquilizadora.

-Prométeme que no te dejarás llevar por ellos – susurró Richard antes de que ella entrara.

-Lo prometo – respondió Nicole, y aunque su voz era firme, sabía que la batalla apenas estaba comenzando.

El amanecer en la mansión Díaz era siempre un espectáculo: los rayos del sol iluminaban los enormes ventanales, bañando los pasillos en tonos dorados. Nicole subió las escaleras con cuidado, intentando no hacer ruido. Pero apenas abrió la puerta de su habitación, se encontró con la figura de su madre esperándola, sentada en un sillón junto a la ventana.

11 pm - Richard RiosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora