CAPITULO 30

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Los días en la mansión de los Díaz transcurrían llenos de una creciente tensión. La familia de Alexander y los padres de Nicole parecían estar más enfocados en la boda que en sus verdaderos sentimientos. Nicole, aunque intentaba seguir adelante con la rutina, se sentía cada vez más atrapada en un juego que no había decidido jugar. Su vida había sido completamente transformada, y lo que una vez fue una libertad controlada, ahora se había convertido en una serie de expectativas ajenas a su voluntad.

Una noche, cuando la cena con su familia terminó más tarde de lo habitual, Nicole decidió que necesitaba un respiro. Sabía que no podía seguir viviendo en esa burbuja de falsas sonrisas. Se escabulló de la mansión, aprovechando el momento en que nadie la estaba mirando. Caminó rápidamente hacia su coche, buscando una salida a su propia angustia.

Cuando llegó a la casa de Richard, sintió una mezcla de alivio y nerviosismo. Había estado pensando mucho en él durante los últimos días, en cómo todo había cambiado entre ellos, y en lo que representaba cada uno en su vida. Estaba cansada de fingir, y necesitaba hablar, necesitaba desahogarse.

Richard la recibió con su típica sonrisa, pero al verla tan decidida, supo que algo no estaba bien.

-¿Qué pasa, muñeca?– preguntó mientras la invitaba a entrar.

-Necesito hablar. Todo esto se está volviendo demasiado.– respondió Nicole, quitándose los tacones y dejándose caer en el sofá.

Richard la miró, comprendiendo al instante la gravedad de sus palabras. Sabía que la situación entre ella y Alexander no era tan simple como aparentaba, y ahora, con esa tensión palpable en el aire, era evidente que los dos se encontraban en un punto crítico.

-¿Qué quieres hacer, Nicole?– preguntó él, mirando fijamente sus ojos, buscando una respuesta que no viniera de una expectativa ajena.

Nicole suspiró, pasando una mano por su cabello.

-No lo sé... solo sé que no puedo seguir con esta farsa. Mis padres esperan que me case con Alexander, y él está tan metido en eso que ni siquiera ve lo que está pasando.– Nicole explicó, su voz temblorosa, llena de frustración. – Lo único que quiero es ser libre, tomar decisiones por mí misma.

Richard se sentó a su lado, dejando que sus palabras calaran en él. Sabía lo difícil que era todo eso para ella. Mientras tanto, Nicole apoyó su cabeza sobre su hombro, buscando consuelo en su cercanía.

La conversación se fue deslizando hacia un tono más relajado, ambos compartiendo risas y recuerdos de momentos pasados, en los que la tensión no existía. La botella de vino que Richard había abierto se fue vaciando poco a poco, y la noche fue tomando un curso inesperado. Se sentían más ligeros, más relajados, como si por un momento pudieran olvidar todo lo que los rodeaba.

La charla se volvió más desinhibida, los dos comenzando a reírse más a menudo, compartiendo bromas que de alguna manera les ofrecían un respiro de la presión de sus vidas. La atracción entre ellos nunca se había ido, y en ese ambiente relajado y algo borroso, las barreras que los separaban se desvanecieron.

Nicole, sin pensarlo mucho, se acercó a Richard y lo besó. Fue un beso impulsivo, sin preocupaciones, sin responsabilidades que lo marcaran. Un beso que hablaba de todo lo que no se habían dicho, de la tensión acumulada durante días. Fue como si el mundo se hubiera detenido en ese momento. Sin palabras, sin discusiones, solo el contacto entre ellos.

Ambos continuaron besándose, hasta que, entre risas y miradas cómplices, decidieron que la noche no podía acabar allí. Richard la tomó de la mano y, sin pensarlo, ambos salieron rumbo a la mansión de Nicole. Al llegar, se dieron cuenta de que no había vuelta atrás, de que todo lo que habían ignorado o reprimido por tanto tiempo ahora tenía que ser enfrentado.

11 pm - Richard RiosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora