25 | Epidemia eslovaca

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Iván

Estaba en mi primera reunión del día y ya no tenía ganas de seguir escuchando las palabras del idiota frente a mí.

Había dormido pésimo, con un jet lag insufrible. Había trece horas de diferencia entre Moscú y Los Ángeles, y el clima era mucho más frío. Esto último no me molestaba, siempre había preferido el invierno por sobre el verano, pero las trece horas de diferencia me estaban pasando factura.

Aun así, me mantuve tranquilo mientras escuchaba a Oleg Gazmanov, un hombre estúpido al que habían encontrado vendiendo droga en mi territorio, explicarme por qué debería dejarlo vivir y hacer negocios con él.

Con Kirill y Vladimir junto a mí —el primero, porque la droga era su sector, y el segundo, porque no tenía ganas de ensuciarme las manos— esperé a que Gazmanov terminara su pobre y mediocre perorata. Una vez cerró su molesta boca, dije:

—Dejé de escucharte cuando... Espera, ni siquiera quise escucharte. —Suspiré, cansado—. Para tu mala suerte, Oleg, hoy no estoy de buen humor. Y tú te inmiscuiste en mi negocio. ¿Realmente creías que tenías alguna oportunidad de salir vivo de esto? Sólo eres un traficante de cuarta, Oleg Gazmanov, y nada de lo que te crees poseedor me sirve. Así que sólo eres un pedazo de basura en mi camino, ¿y sabes qué hacemos en la Bratva con la basura? —Los labios del hombre frente a mí comenzaron a temblar—. ¿No lo sabes? —Chasqueé la lengua contra el paladar y dirigí mi atención a Kirill—. ¿Por qué no se lo muestras?

La emoción brilló en los ojos ámbar de Kirill, y supe que iba a disfrutar cada segundo de lo que pasaría a continuación. No pensaba decirlo en voz alta nunca, pero el hombre era aterrador como la mierda. Pensé que sentiría lástima por Oleg —nunca antes la había sentido, sin embargo era evidente que Sienna me estaba ablandando un poco—, pero no lo hice. Creo que, al fin y al cabo, había cosas que jamás cambiarían.

Como mi rechazo hacia todo aquel que se creyera capaz de entrometerse en mi camino.

Kirill se puso de pie, desplegando todo su metro noventa y cinco, y las lágrimas relucieron en los ojos de Oleg.

—N-No... Por favor, tengo una esposa e hijos, p-por favor... —lloriqueó—. Lo hice por ellos. Necesitábamos el dinero...

—Podrías haber sido mesero, cajero o cualquier otra cosa legal. Pero no, Gazmanov. Quisiste irte por el camino fácil, y va a costarte caro —hablé con calma.

—¡Son la mafia, también se van por el camino fácil! —chilló el ruso estúpido.

—¿Y te atreves a faltarnos al respeto? —Casi me eché a reír—. Hazlo lento y doloroso, Kirill —ordené.

—No pensaba hacerlo de otra forma —me gruñó en respuesta, dedicándome una sonrisa oscura.

***

Tres reuniones, cuatro cadáveres y un Kirill extrañamente feliz más tarde, llegó la hora de almorzar. Mis hombres y yo nos sentamos alrededor de la larga mesa de caoba del comedor, yo en el puesto de la cabecera y ellos a mis costados. Alexei, como siempre, estaba a mi derecha.

—¿Cómo estuvo su día, muchachos? —preguntó.

—Aburrido —respondió Dominic—. Tuve una reunión demasiado larga con Filipp Kirkorov.

—¿El tipo de las granadas? —pregunté con una mueca, recordando lo traumatizante que fue la primera, y única, vez que hice negocios cara a cara con él.

Asintiendo, Dominic dijo:

—El mismo. Quería que le diera un descuento del cincuenta por ciento en metralletas. En realidad, quería que le diera un descuento para todo.

La Alianza #1 [BORRADOR]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora