Sienna
Un olor rancio llenaba la estancia en la que me encontraba. Sentía los párpados pesados y me dolía todo el cuerpo. Intenté mover mis manos, que estaban atadas por sobre mi cabeza, pero me fue imposible. El resultado fue el mismo cuando intenté mover mis pies. Finalmente, conseguí hacer que mis ojos se abrieran, con un dolor infernal de cabeza acompañando mi acción. A mi alrededor, todo estaba oscuro y me entraron ganas de vomitar. Volví a tirar de mis manos con la intención de soltarme, pero lo único que logré fue que la cuerda se clavara aún más en mis muñecas.
No podía creer la situación en la que me encontraba.
¿Qué probabilidades había de quedar secuestrada?
Muchas, en realidad.
Ignoré el pensamiento, y seguí luchando contra las ataduras que me mantenían inmóvil hasta que una voz a mi derecha me sobresaltó.
—Es inútil.
Inmediatamente, miré en dicha dirección, sólo para encontrarme con más oscuridad.
—¿Por qué no enciendes la luz, para que pueda verte, cobarde?
Era probable que insultar a mi secuestrador no fuera la idea más inteligente del mundo, pero mi boca era más rápida que mi cerebro, y estaba realmente exasperada. Nunca antes me había encontrado en una situación similar, y tampoco pensé que lo estaría nunca. No obstante, había ocurrido, y nunca se está preparada para afrontar un maldito secuestro.
La risa asquerosa y petulante del hombre llenó la estancia. Me llegó otra oleada de náuseas y tuve que esforzarme por no vomitar.
—Qué estúpida eres, escoria italiana. ¿O debería decir rusa? A fin de cuentas, ahora estás casada con su jefe.
Ante sus palabras, mi cerebro aturdido finalmente hizo clic. Eslovacos. Ese hombre era simplemente un súbdito más de la mafia eslovaca —o más bien del padre de Oksana, según mi teoría—.
—Hablando de jefes... —Calló unos instantes y se oyó el chasquido de un interruptor. Seguidamente, luces blancas comenzaron a titilar y a iluminar la estancia, permitiéndome ver al hombre alto, robusto y de cara aterradora con el que me encontraba conversando—. El mío pensó que sería difícil dar contigo —rió, sonando más como un graznido, y me llenó de repudio—. Pero fue tan fácil... Eres tan débil, tan pequeña... —Avanzó hacia mí y no pude evitar sentirme vulnerable. Me ganaba en altura, tenía una cicatriz en el ojo izquierdo y yo estaba amarrada, incapaz de defenderme—. Y muy atractiva —pegó su rostro al mío, el olor de su sudor me hizo contener la respiración—. Ahora veo por qué ese ruso se casó contigo.
Se alejó de mí y sacó un cuchillo de la parte trasera de su cinturón.
—Lástima que esa haya sido tu condena el día de hoy —dijo, a pesar de no parecer muy afectado.
Volvió a acercarse a mí y recorrió mi rostro con la parte sin filo del cuchillo.
—Hoy me dieron libertad creativa en lo que a ti respecta. Con algunos límites, sí, pero muy pocos. —Siguió deslizando el cuchillo por mi cuerpo, mientras yo, para mis adentros, rogaba al cielo que no me hiciera daño. Cuando llegó al final de mi camiseta e introdujo el frío cuchillo entre mi cuerpo y mi ropa, la respiración se me atascó en la garganta—. No matarte, no abusar de ti sexualmente... ¿Lo demás? Permitido.
Dicho eso, sentí el filo de su cuchilla hundirse en la piel de mi abdomen. El dolor fue tan insoportable, que tuve que obligarme a morder mi lengua para evitar gritar. Éste siguió haciendo cortes superficiales en mi cuerpo. Primero, en mi abdomen y mi camiseta. Luego, en mis brazos, mejillas, e incluso mis caderas.
Si soy honesta conmigo misma, luego de los primeros diez cortes, éstos dejaron de doler. Dejé de contarlos. En su lugar, intenté desconectar mi mente de lo que me estaba ocurriendo, reproduciendo en mi memoria recuerdos que me gustaban. Elena y yo jugando de pequeñas. Renzo enseñándome a usar diversas armas en mi juventud. Mi cita con Iván...
¡Dios mío!
¡Iván!
Todo ese tiempo... ¿Cómo se encontraría él, luego del choque? ¿Lo tendrían secuestrado también? ¿Estarían torturándolo?
—¿Y mi marido? —pregunté en voz baja, mientras el eslovaco me hacía un corte en la clavícula derecha.
—No es de tu incumbencia lo que hagamos con él —replicó, dando un paso hacia atrás.
—¿O sea que lo tienen?
Se me detuvo el corazón ante la idea de que le estuvieran haciendo daño. Yo podía soportar mil cortes en mi cuerpo, pero imaginarme a Iván malherido me dolía mucho más que dichos cortes.
—No. Es. De. Tu. Incumbencia —insistió el eslovaco—. Lo arruinas todo, todo, escoria italiana de mierda. Con tu habladuría acabas de arruinar toda mi diversión.
—Tu estás arruinando mi vida, imbécil, creo que estamos a mano.
Otra vez, mi boca atrevida se adelantó a mi cerebro.
El eslovaco cambió su expresión engreída por una furiosa, y volvió a acercarse a mí, apoyando su cuchillo en mi garganta. Un movimiento en falso podría rasgar mi garganta, por lo que tuve que quedarme extremadamente quieta.
—Cierra la putísima boca, pedazo de mierda, porque si vamos a hablar sobre arruinar vidas, tu esposo se llevaría la medalla de oro. Cualquier cosa que te pase a ti, le afecta a él, que es lo que se merece. —Me escupió en el rostro y sentí la bilis en mi garganta. En cuanto saliera el eslovaco de la habitación, vomitaría. Lo sabía.
—¡Ey! —La voz de otro eslovaco llegó desde un rincón de la habitación que no entraba en mi campo de visión—. Sal ya, tenemos que enviarle el video al ruso.
A regañadientes, el hombre grandote frente a mí obedeció. Sin embargo, luego de un par de pasos, me miró por sobre su hombro y dijo:
—Este es sólo el comienzo de tu final, pedazo de mierda. Tu esposo adorará ver los cortes que te he hecho. Son toda una obra de arte, ¿no crees?
No respondí. Sólo fijé mi vista en mis tobillos amarrados.
—Ahora te callas. Después de hablar como una perra asquerosa.
—Rusbel, sal —insistió el otro.
—¡Ya voy, carajo! —le gritó este tal Rusbel de vuelta, dejando de mirarme para retomar su andar.
Una vez oí el clic de la puerta cerrándose, me permití soltar una respiración que no sabía que había estado conteniendo, y, acto seguido, vomité. Fue como si mi estómago hubiera estado esperando el momento para hacerlo. Entre el olor de la sangre mezclado con el de los hongos de la habitación, el dolor, el miedo, el asqueroso eslovaco Rusbel y la incertidumbre de saber cómo estaba Iván, no podría sentirme peor.
Así que vomité hasta que me ardió la garganta y la boca me supo ácida. Me sentía sucia, asquerosa y débil. Odiaba sentirme débil.
Por favor, Dios, que Iván esté bien.
Por favor, Dios, que alguien venga y me saque de aquí.
Por favor, Dios, déjame sobrevivir a esto para poder decirle a Iván lo que siento por él, que por fin puedo corresponderle su amor.
Por favor...
Todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor y, muy a mi pesar, me desmayé.
N/A:
Un capítulo relativamente corto, mis ratitas de laboratorio, lo sé. Al menos, puedo decirles que tengo planificados los caps. 38, 39 y 40, por lo que espero poder escribir al menos el 38 este fin de semana largo. Y, si no alcanzo, intentaré hacerlo la próxima semana.
En fin, descansen. Las quiero, 🥹🧪
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La Alianza #1 [BORRADOR]
Romans🗡️Luego de que los eslovacos molestaran tanto a la Bratva como a la Cosa Nostra, el Capo dei capi le propone a Iván Sokolov, el pakhan más joven que ha tenido la mafia rusa, una alianza. 🗡️Y ahí es donde entra Sienna, una joven italiana que siempr...
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