4 | El pacto

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Iván

Tres días. Habían pasado tres días desde que torturé y asesiné a los eslovacos. La verdad es que los inútiles no tenían nada importante para decir, ya que, tal y como me había dicho Kirill, no eran más que cuatro hombres del rango más bajo. Del rango desechable.

También, habían pasado tres días desde la primera vez que mis hombres siguieron a Sienna Ferri. Aparentemente, la mujer disfrutaba yendo de compras y dando vueltas por distintos centros comerciales. A simple vista, podría parecer la típica mujer adinerada, vacía por dentro. Sin embargo, yo sabía que no era así. Yo era consciente de que ella era una italiana temeraria, con los ovarios suficientes como para atreverse a asesinar a uno de mis hombres.

Llevaba horas con los ojos fijos en la pantalla de mi computador, intentando concentrarme en los números que se mostraban en la planilla frente a mí, pero simplemente no podía hacerlo. Inconscientemente, seguía esperando recibir alguna actualización sobre la maníaca italiana. La curiosidad picaba bajo mi piel, y me moría por saber qué estaba haciendo.

Y la simple idea de no poder concentrarme por culpa de esa... maldita italiana, hacía que quisiera pegarle un tiro en la sien a alguien.

Estuve a punto de agarrar mi celular y mandarle un mensaje a mis hombres, cuando éste vibró sobre mi escritorio con una llamada entrante. Más rápido de lo que me gustaría admitir, presioné el botón verde y me llevé el aparato a la oreja.

—¿Qué? —espeté, ansioso por saber sobre la italiana.

—Hola a ti también, hermanito —respondió Alexei.

Era como si mi hermano supiera justamente cuándo llamarme para hacerme enojar.

—¿Qué quieres? —pregunté, masajeando mis sienes.

—Pensé que te alegraría saber que tienes una reunión con Marino hoy, a las ocho de la noche —pronunció, con tono petulante.

—Yo no me alegro por ese tipo de mierdas —ladré—. En todo caso, Marino debería estar saltando porque aceptaré su tratado de mierda.

—¿Tu genio de mierda no se va nunca, verdad? —rió mi hermano. Cuando se calmó, soltó un suspiro—. En fin. ¿Quieres que vaya contigo? —se enserió.

—Sí. Llevaré a Gabril también —comenté—. ¿En dónde será la reunión?

—En el restaurante Poetry. Es un punto neutro, lo que nos asegura que las cosas no se saldrán de control —informó mi hermano.

—De acuerdo. Te veo luego, entonces, Alexei. —Y colgué.

Un poco menos molesto, luego de mi conversación con mi hermano, dejé mi celular a un lado, y volví a sumergirme en el papeleo frente a mí.

No soy consciente de cuánto tiempo pasó hasta que mi celular volvió a sonar con una llamada. Al echarle un vistazo al reconocedor de llamadas, pude ver que se trataba de los hombres que seguían a la italiana. Mientras contestaba la llamada y acercaba el aparato a mi oreja, sentí que mi mal humor disminuyó considerablemente.

—¿Qué está haciendo la mujer? —espeté de inmediato.

—Disparando. —La respuesta del hombre hizo que se me tensaran los hombros.

—Explícate —ordené.

—Vino a un campo de tiro. Entré tras ella, de forma disimulada, y ahora está... disparándole a las dianas que se elevan frente a ella, con una precisión impecable —habló, sonando sorprendido.

De pronto, la curiosidad picó bajo mi piel.

—Grábala —ordené—. Y mándame el video. Tienes diez minutos.

La Alianza #1 [BORRADOR]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora