44 | Bienvenida a casa

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Sienna

El camino a casa fue tranquilo. Elena y yo íbamos en la parte trasera del auto, mientras que Iván conducía, lanzándome miradas preocupadas de vez en cuando. Era adorable lo preocupado que parecía por mí. No voy a negarlo: me encantaba.

Suspiré, apoyándome mejor contra el respaldo del asiento, procurando que ninguna de mis cicatrices doliese. Después de todo lo que me había pasado, estar en aquel asiento trasero, con Iván a pocos centímetros de mí, se sentía como estar en una nebulosa, en donde nada podía tocarme.

Sentirse querida, amada, por un hombre así era equivalente a ser la dueña del mundo. La gente se arrodillaba ante él, le temían. Lo veían como un titán invencible. Sin embargo, estaba segura de que, si se lo pedía, él se arrodillaría ante .

Definir nuestra relación era complicado, pero sabía qué palabra podía hacernos justicia: sempiterno. Teníamos un inicio —eso estaba claro—, pero ¿un final? No lo teníamos. Cuando estábamos juntos, en cualquier sentido, perdíamos la noción del tiempo y de nosotros mismos. Resultaba imposible reconocer en dónde empezaba uno y dónde empezaba el otro. Nos complementábamos a la perfección.

—¿Van bien allá atrás? —preguntó mi esposo, luego de pasar una curva que me hizo chocar contra la ventana.

Su pregunta y el ardor de mi lado izquierdo me sacaron de mi ensimismamiento.

—Sí —respondí con la mandíbula apretada—. Pero valoraría mucho si evitaras tomar las curvas con tanta brusquedad.

—Lo siento, Koroleva —se disculpó, sonando genuino—. Ya queda poco para llegar a casa, aguanta un poco más.

—¿Duele mucho? —me preguntó Elena con cautela, como si ella también pudiera sentir el ardor de mis heridas.

—Si no me muevo, no se sienten —repliqué.

—Lamento muchísimo lo que te pasó —susurró, sin mirarme a los ojos—. Desearía haber sido yo.

—Ey —la llamé, con el ceño fruncido—. Ni se te ocurra pensar algo así. Sí, fue horrendo y lo pasé fatal, pero puedo soportarlo. Tú no. Y no te lo tomes a mal; lo digo porque soy plenamente consciente de lo mucho que te afectan los ataques sorpresa, estar en medio de una balacera te paraliza, Lena. —Suspiré y conecté mi mirada con la de mi hermana, mejor amiga y confidente—. Fue terrible, y de verdad que no se lo deseo a nadie, pero volvería a pasar por todo eso con tal de que tú no lo hagas.

Las lágrimas acudieron a sus ojos y poco después empañaron los míos. Como le dije a ella: fue horrible, pero el tenerla a ella y a Iván a mi lado, reconfortándome, lo hacía más manejable. Mucho más. Eran mi red de apoyo, y los amaba por eso.

*

El resto del camino fue tranquilo y no hubo más baches.

Cuando vi las altas rejas de metal abrirse frente a nosotros, dándonos paso a la mansión, juro que todo en mí se relajó. Fue como si hubiese estado en alerta todo ese rato sin ser consciente de lo tensa que estaba.

Hace unos meses atrás, jamás habría considerado aquella casa extremadamente grande mi hogar. Pero, ¿ahora? Ahora tampoco lo era. Porque me di cuenta en ese instante de que no importaba en dónde estuviese, tendría un hogar siempre y cuando Iván estuviese conmigo.

Soy una romanticona. Pero me da igual. Estoy enamorada y me gusta.

Iván se estacionó justo frente a la puerta de entrada, y antes de que pudiera mover un sólo músculo, apagó el vehículo y se bajó para abrirme la puerta. Al quedar frente a mí, me percaté de que recorrió mis heridas con la mirada.

La Alianza #1 [BORRADOR]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora