40 | La vida entera

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Iván

—Muérete —la voz de Sienna sale, fuerte y clara, desde los parlantes de mi celular.

Hace un minuto atrás, recibí un link de un número desconocido que, al abrirlo, me había llevado a una especie de transmisión en vivo privada.

Luego de que Elena nos informara quién era el padre de Oksana, muchas piezas comenzaron a encajar en el rompecabezas. El cómo sabían los eslovacos en dónde nos encontraríamos y cuándo. Cómo los eslovacos conocían las debilidades de nuestro equipo de seguridad. Todo.

A pesar de desconocer por qué Gabril estaba haciendo lo que estaba haciendo, la traición caló profundamente en mis huesos y me hizo hervir la sangre. Durante años, me había seguido como una sombra lista y dispuesta para atacar a quienquiera que se atreviera a hacerme daño.

Nuestra relación laboral se había transformado en una de tácita confianza en la que tanto él como yo sabíamos que podíamos contar con el otro en caso de estar en problemas y, todo eso, para que él terminase intentando joderme el negocio. Y no sólo eso, sino que la vida también. el hecho de que secuestrara a Sienna lo demuestra.

Cuando dijo hace unos momentos que por mi culpa perdió a toda su familia, me sentí más confundido que orientado. En lo que a mí respectaba, Gabril nunca había tenido familia ni había planeado tener una. Y, de haberla tenido, yo jamás la habría exterminado. Al menos, no sin una razón contundente.

Había enviado a todos a preparar las cosas para nuestra inminente partida en búsqueda de Sienna y Gabril, por lo que, en ese preciso instante, me encontraba solo en mi oficina, viendo como un bastardo infeliz gozaba del dolor de mi mujer. Mi esposa. La única persona a la que había amado con toda el alma, la que había revivido mi corazón de piedra y me había hecho pensar que, tal vez, mi vida no tenía por qué ser siempre gris y solitaria.

Yo no pude protegerla, le había fallado como esposo, y ahora tendría que soportar las consecuencias de mi propia inoperancia.

Cuando Gabril volvió a hablar, me obligué a dirigir, nuevamente, mi atención hacia la pantalla de mi celular. De no ser por el hecho de que nos encontrábamos en una situación crítica, probablemente ni siquiera habría accedido al link de la transmisión.

—Oh, Sienna, si uno de los dos va a morir hoy aquí, vas a ser tú. Aunque me parece muy lindo de tu parte que sigas intentando evitar lo inevitable.

Me incomodó ver el rostro de Gabril, que normalmente parecía sereno o, en su defecto,  inexpresivo, sonriente. Porque no era una sonrisa normal, era una maniática, que dejaba bien en claro que el hombre no estaba en sus cabales.

¿Cómo podía haber pasado tanto tiempo ocultando su locura?

Porque un hombre como él, que había hecho todo eso para joderme, no podía estar cuerdo. Ni en lo más mínimo.

—Mira, Iván, aquí tengo un alicate. ¿Te imaginas para qué puede ser?

«Sí, lo imagino. Y esa idea no me gusta ni un poco».

Tenía la garganta reseca y las manos sudorosas. Podía soportar disparos, cortes y las peores torturas físicas. No obstante, no podía soportar ver a Sienna sufriendo. Necesitaba actuar, encontrarla rápido.

Desesperado por beber lo que más pudiera de ella, de su cuerpo magullado, pero su cuerpo vivo al fin y al cabo, la miré de pies a cabeza, recordándome todo lo que estaba en juego. Y fue ahí, observando a mi esposa, cuando mi mirada recayó sobre el collar que le había regalado hace un par de días. O semanas, ya no lo recordaba muy bien.

¡Pero por supuesto! ¡Le había puesto un GPS!

Al recordarlo, cerré la transmisión en vivo, ya que, mientras más me quedara viéndola, más tarde llegaría a Sienna. Rápidamente, salí de mi oficina y prácticamente corrí en busca de mi hermano.

La Alianza #1 [BORRADOR]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora