38 | Es él

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Iván

Sentía todos los músculos del cuerpo pesados y no tenía idea de en dónde me encontraba. A mi alrededor, olía a antiséptico y las sábanas que cubrían mi cuerpo no se sentían como las de mi habitación. Estas eran delgadas y poco flexibles, mientras que las mías eran de seda.

—Parece que está despertando —oí la voz de Pavel a mi derecha.

—¿Sí? —contestó una voz desconocida.

Con un mal presentimiento recorriéndome de pies a cabeza, me apresuré a abrir los ojos. En cuanto lo hice, una luz fría e invasiva me hizo parpadear con rapidez mientras mis ojos se acostumbraban al cambio de iluminación. Una vez pude abrir los ojos por completo, me di cuenta de que me encontraba en un hospital, con Pavel a un lado mío y una enfermera al otro.

—Buenas noches, señor Sokolov, ¿cómo se encuentra? —preguntó esta última, con la mirada fija en la pantalla con mis signos vitales junto a mí.

—¿Dónde está mi esposa? —espeté, sin siquiera preocuparme por mi estado.

Nada me dolía, al fin y al cabo, por lo que seguramente me encontraba en perfectas condiciones.

—Señor Sokolov...

—Yo le explico —la interrumpió Pavel—. ¿Nos puede dar un minuto a solas?

La enfermera lo miró con inseguridad, mas no refutó y salió en completo silencio. Una vez la puerta se hubo cerrado detrás de ella, volví a preguntarle a Pavel:

—¿Y mi mujer?

Esa vez, no pude camuflar del todo la preocupación que teñía mi voz, ya que, si todo hubiese estado bien con Sienna, Pavel no habría tenido que sacar a la enfermera de la habitación.

—Señor...

—Ve al grano —exigí, comenzando a perder la paciencia.

El hecho de que me hubiera percatado del corte vendado en la ceja de Pavel y el moratón que adornaba su mejilla izquierda sólo hizo que mi preocupación subiera de un cinco a un nueve. Si él estaba herido, ¿cómo estaría Sienna?

—Nos emboscaron de camino a la mansión, señor. Usted no resultó muy herido, sólo un puñado de rasguños y, aparentemente, una leve contusión.

—Mi esposa, Pavel, háblame de mi esposa —gruñí entre dientes.

—Ella... —El gigante parecía nervioso. O preocupado, no lo tenía muy claro. No obstante, lo que sí tenía claro, era que nunca antes había visto ni una sola emoción en el hombre frente a mí. Y eso no me gustaba ni un poco—. La secuestraron, jefe. Yo... Intenté ir tras ellos, pero mi cuerpo no respondía a mi cerebro. Eran dos hombres de estatura mediana. Hablaron en eslovaco, pude reconocerlo. Ellos... se la llevaron.

Mi mundo se detuvo en ese preciso instante y tuve la imperiosa necesidad de asesinar a alguien en ese preciso instante. Como si estuviera en un sueño, me senté sobre la dura cama del hospital y miré a Pavel.

—¿Cómo dices?

—La secuestraron, señor Sokolov —repitió lo que ya había oído, pero que esperaba haber oído mal.

En ese instante, todo lo que pude ver fue rojo. Dejé de sentir el asqueroso olor a hospital y me quité las sábanas de encima. De un solo tirón, me quite la intravenosa del brazo y le pedí a Pavel mi chaqueta.

Afortunadamente, no me habían quitado mi ropa y con tan sólo ponerme los zapatos me encontré listo para salir a encontrar a quienquiera que se hubiera atrevido a lastimar a mi mujer.

La Alianza #1 [BORRADOR]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora