Extra 2 | Familia

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Sienna

Cada mañana de mi vida, desde que me casé con Iván, ha sido una feliz. El simple hecho de verlo junto a mí al despertar o de escuchar la ducha —en la cual sé que él me espera— me llena de una plenitud que me es difícil explicar del todo con palabras. Es casi como si, el mero hecho de saber que existimos los dos en el mismo espacio, me hiciera ser la mujer más feliz del mundo. Y eso que han pasado doce años desde nuestro matrimonio —el que hicimos por decisión de nosotros—. Es un sentimiento que no se acaba ni se vuelve monótono. Con los años, éste solo crece.

—Buenos días, Koroleva —me saluda, pasando una de sus manos por mi cabello trenzado.

—Buenos días.

Como si todavía fuera una adolescente, me sonrojo al conectar mi mirada con la suya.

—¿Qué hora es? —le pregunto, acercándome más a él, hasta que nuestros pechos se tocan en un punto.

—Ni puta idea.

Me sonríe de esa forma tan íntima que solo me enseña dentro de nuestra habitación y me derrito por dentro. Sin poder contenerme, conecto mis labios con los suyos y lo beso como si llevara años sin verlo. Como si, físicamente, necesitara de él para poder respirar. Y es que, en parte, lo hacía. Porque ahora, no me imagino viviendo sin él. Somos un todo; y si algún día algo llegara a pasarle...

—No puedo tener suficiente de ti —me dice, mientras me toma por las caderas y me pone sobre él.

—Mh, qué bueno, porque yo tampoco.

Me acomodo sobre él y no estoy segura de si la dureza que siento debajo de mí es porque acaba de despertar o por nuestro beso, pero no me importa. Me restriego sobre él, como he aprendido que le gusta, y lo veo echar la cabeza hacia atrás murmurando cosas en ruso.

He tratado de aprender su idioma, y algo he avanzado, pero me sigue costando descifrar palabras pronunciadas entre dientes o a una velocidad muy rápida. Katia ha sido de gran ayuda, ya que, mientras Iván trabaja, conversa con Isabella y Leonid, nuestro pequeño de seis años, en ruso. Como padres, decidimos enseñarles nuestros idiomas desde que eran pequeños y, sin querer, el que dentro de nuestra casa se utilice constantemente el ruso me ha ayudado a aprenderlo yo también.

Respecto al italiano, visitamos Italia, al menos, dos veces al año. Allí, nos quedamos en casa de Renzo, quien siempre nos recibe con los brazos abiertos. No nos vemos tanto, pero tratamos de hacer videollamadas semanales. Es bueno para nuestra hermandad y, de paso, para la Alianza.

Las manos de Iván se abren paso por la parte inferior de mi camisa de dormir y me corta el hilo de pensamientos.

—Oh, mio marito...

En cuanto sus dedos se ponen en contacto con mi centro, no puedo hacer más que dejarme llevar por el placer que recorre todo mi cuerpo. Esa es otra que sólo ha mejorado con el paso de los años: el sexo. En vez de caer en la monotonía, hemos ido aprendiendo el cuerpo del otro; nos hemos ido descubriendo juntos y eso solo hace que cada unión de nuestros cuerpos sea excepcionalmente buena.

—Me encantas, Sienna —farfulla, embistiéndome—. Cada parte de tu cuerpo se hizo para mí. Siempre estuviste destinada a ser mía.

—Sí... Sí...

No fui capaz de decir nada más elaborado. En este instante, no soy más que un puñado de nervios a su merced. Y me encanta.

*

Mi internado llevaba ocho años funcionando increíblemente, y mi hermana ha hecho un trabajo espectacular como directora. Al principio, fue complicado, no puedo negarlo. Construir buenos edificios en un buen lugar, asegurarnos de que los contratos estuvieran bien redactados para evitar conflictos dentro del recinto y establecerlo como una zona neutral, atraer a las cabecillas femeninas de la mafia para que se atrevieran a enviar a sus hijas, encontrar a las maestras... Todo eso, había sido algo complejo. Y, si no me equivoco, el momento más difícil de toda la trayectoria del Saint Jude's for the Lost, fue al quinto año de su inauguración, ya que las familias mafiosas deseaban enviar allí a sus hijos varones también, por lo que me vi en la obligación de tomar una gran desición: o me negaba y me arriesgaba a enfurecer a millones de personas peligrosas o iba en contra de todo lo que siempre había estipulado y ampliaba el Saint Jude's y lo hacía un instituto mixto. Durante ese tiempo estuve al borde del colapso, pero mi hermana me ayudó y me dio una idea que no solo me tranquilizó, sino que me hizo ampliar mis ganancias: en una isla cercana a la del Saint Jude's for the Lost femenino, abrir un Saint Jude's para hombres.

La Alianza #1 [BORRADOR]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora