Después de que mi hermano soltase esas obscenidades por su boca de borracho maleducado, decidí llevarlo a su habitación.
Pero no sin antes darle unas buenas ostias bien dadas, por decirle eso a Ángela y por llegar a casa siempre borracho.
Se está matando el hígado y no se da cuenta.
-Jesús -dije al llevarle a su habitación, y él me miró con odio y se lanzó a mi cuello.
-¿Te crees que no me doy cuenta de lo que haces? Me has dado dos buenas ostias y esta es tú recompensa -dijo con su voz apestosa a alcohol, provocando una mueca de asco en mi cara.
En ese momento, alguien entró a nuestra habitación, era mi padre.
Resoplé tranquilo.
-Suelta a tu hermano, ¡Jesús! -gritó apartando a mi hermano de mí.
-Es un puto loco, se pasa el día con la vecina esa gorda de ahí delante, todo el tiempo. Antes de venirse conmigo y con mis amigos.
¿Te lo puedes creer papá?
-Prefiero estar con la vecina, a llegar borracho perdido a casa -grité.
-Bueno relajaros los dos, por favor -suplicó mi padre.
-No me pidas que me relaje, cuando él llega todos los días apestando a alcohol, y cómo no, Dani a cubrirte. ¡Las cosas no son así, Jesús! -grité una vez más, mostrando mi cabreo.
-Chulo, ahora te creces porque está papá eh, veremos qué pasa cuando él no esté -dijo mostrando superioridad en mí.
-No va a pasar nada, por que tú -señaló a Jesús- me vas a dar tu móvil y tus llaves y te vas a quedar sin salir con tus amigos -El dicho, gruñó a modo de contestación, y se tumbó en la cama- Sólo podrás salir con tu hermano
Jesús y yo abrimos los ojos como platos, no podía ser.
Nos miramos con asco y odio a la vez, y me fui de su habitación para entrar en la mía.
Me quedé hasta las tantas, mirando aquella casa, aquella habitación, de aquella chica.
Pero no de cualquier chica, de Ángela.
Me dormí pensando en ella, sonriente.
Olvidando todo lo que había sucedido anteriormente con Jesús.
El echo de que sólo podía salir de casa, conmigo, me enfurecía.
