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Meghan

—¿Sabes para que es esto? —el hombre calvo con barba me muestra un frasquito en forma de jarrón qué contiene un líquido azul dentro. No parece nada especial.

No contesto, puesto que el dolor no me deja hablar. De nuevo tengo los labios secos, de nuevo estoy casi desnuda. De nuevo tengo perforaciones y de nuevo no puedo hacer nada más que esperar que vengan por mí, si es que pueden hacerlo.

—Has ingerido este líquido en tus comidas. No te das cuenta porque no sabe a nada. Es creación de los gnomos. Los mejores en pociones, ¿Te gustaría saber que hace? —no sé para qué pregunta si sabe que no podré responderle. La sonrisa divertida que da me afirma que lo hace a maldad.

Arqueo un poco la espalda evitando tocar el metal frío en esa parte. Han escrito otras cosas, de las que nunca me fijo en lo que dice porque o no puedo verlas o simplemente ya no me quedan ganas de adivinar lo que quieren decir con ellas.

Aquel hombre nota mi movimiento y posa la mano en mi estómago. El contacto frío de su mano con mi piel desnuda me hace tensar por completo. Hunde la mano en mi estómago, empujando mi espalda al metal para que el frío entre en contacto con los cortes.

Aunque me prometí dejar de gritar y hacerles ver que ya no me dolía, no puedo hacerlo. Duele mucho como para aguantarme o fingir hacerlo. Chillo cuando las heridas qué antes estaban empezando a cerrarse vuelven a abrirse, separándome la piel a como antes estaba.

Aplasta más la mano y vuelvo a gritar. Suelta la mano y se ríe, fuerte y estruendoso. No sé como puede darle risa el sufrimiento de alguien más. Cierro los ojos con asco cuando pasa un pulgar por mi mejilla recogiendo las lágrimas que resbalan de ella.

—Esta poción hace que tus emociones cambien continuamente —gira la poción en su mano, observando el líquido que choca contra las paredes de vidrio—. Puedes ser muy sarcásticas a veces. Otras veces hace florecer tu maldad. Nada bueno. ¿Me pregunto que pasaría si en vez de bebértela te la echo en las heridas?

Quita el corcho de la boca del frasco y toma un cuchillo, enterrándolo de inmediato sin ninguna piedad en mi muslo. Puedo sentir el músculo y la piel separarse y abrirse alrededor del cuchillo. De la misma manera en la que lo introdujo, de la misma manera lo sacó.

Gimoteo de dolor, intentando ahogar mis gritos. A Valerio no le gusta el ruido y cuando grito más fuerte de lo que él no tolera, la paso mucho peor.

—Comprobémoslo con una herida recién hecha —murmura antes de inclinar el frasco, haciendo que caigan unas gotas por la abertura de la herida. Aprieto los dedos de los pies y cierro en puño las manos, arqueando la espalda tan alto y echando la cabeza hacia atrás enfrentándome al dolor ardiente del líquido azul.

Un grito estrangulado escapa de mi boca sin detenerlo. Empujo y convulsiono sobre la camilla, empujando mi cuerpo a todos lados para salir de la camilla o al menos tumbarla.

—¡Haz que pare! ¡Haz que pare! ¡Por favor! —Vocifero como a un monstruo al cual no quieren desatar.

Mis ojos quieren cerrarse y constantemente quieren voltearse hacia arriba. La garganta se me cierra, como si los huesos de la tráquea se encerraran y obstruyeran el paso de aire a mis pulmones.

Estar jalando mis manos y muslos repetidamente hacia arriba hace que la correa se cierna sobre la piel y mientras más fuerte es mi impulso por librarme, más piel la correa va quemando.

—¡Maravilloso!

Tu sufrimiento causa la risa de los demás. Les gusta tu sufrimiento. Viven por tu sufrimiento. Les encanta verte sufrir. La piel quemada, rasgada, cortada, amoratada, perforada y maltratada. Es lo que les gusta.

Realeza Encantada #1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora