En otro lado.
Eros
Decidí salir de la habitación que me dieron por un tiempo aquí. Me dieron justo la que estaba al lado del cuarto de tortura. Son muy malditos. Entro en la cocina y me siento en uno de los taburetes que se encuentran aquí.
Los gritos en una de las habitaciones ensordecen toda la casa, el espacio retumba como si hubiese un temblor en la tierra qué nos mueve a todos con ella. Me sostengo de la encimera y miro de reojo a las tazas de café tintinear entre ellas por el temblor qué las hace chocar.
Los sollozos se detienen abruptamente causando un silencio incómodo. Dejo escapar un suspiro lleno de incomodidad. La verdad no me agrada el hecho de torturar a una persona de esa manera y mucho menos a una mujer. Claro, yo me disponía al hecho de encerrarla y mantenerla conmigo en la casa, pero ahora ya me lo replanteo mucho.
Debí pensármelo cuando me dijeron que tenía que hacer esto. Debí replantearme si de verdad quería hacer esto. Los vellos de mi nuca se erizan cuando inician los gritos de nuevo. Hay varios sollozos, algunos gritos y otros susurros de suplica.
—¡No más! ¡Para, por favor! ¡Duele! —gritos. La voz femenina inunda la casa y sus alrededores—. Por favor, te lo pido. Ya no más. No me lastimes más. No quiero. Por favor —ruegos ahogados en lágrimas.
Me pica el cuerpo. Me arde la mano por hacer algo para intervenir y dejar de escuchar los malditos sollozos que me perturban. Busco en mis bolsillos una y otra vez, pero no consigo los cigarrillos.
—Dayana, ¿Qué hiciste con mis cigarrillos? —inquiero mirando a la mujer que entra en la cocina.
—Los he botado. Te dije que hacían mal.
—El café también es una adicción, genio. También deberías dejar de beberlo. No es justo que simplemente yo tenga que parar con los que hago —me quejo.
—Eso es diferente. Yo no bebo café a todas horas.
—Eso es debatible —la acerco a mí y escondo mi cara en su cuello, huele a un tono dulzón. Me reconforta saber que al menos ella está a salvo. No sé qué haría si la escuchara a ella o a mi hermana en la misma situación que está pasando Meghan.
Soy un imbécil por haberla traído, sí. Pero es difícil desde mi posición.
—¿Crees que hicimos mal?
—Sí —no responderé más que eso.
Pasa sus manos por mi cabello y me abraza, ella tampoco quería esto. Odia la violencia, pero ambos sabíamos que no había opción. Las caricias de sus dedos me reconfortan, ella es muy buena con esto. Hacerme sentir tranquilo.
—Dayana, ¿Crees que debamos interrumpir? —pregunto, inseguro de que hacer.
—Haz lo que te haga sentir bien. Si ayudarla te hace sentir bien, pues hazlo. Pero debes saber las consecuencias de eso. Estoy segura de que tomarás la decisión correcta. Solo... ten cuidado —asiento.
Lo que dice ella siempre me llevan a la decisión correcta. Hace unos meses estábamos en un sube y baja de emociones contradictorias. Me alegra haber solucionado eso.
—Quiero que te vayas de aquí. Sabes donde ir, ¿no?
—Sí, no te preocupes por mí, estaré bien —me besa en la boca y me acaricia la mejilla antes de salir.
Cuando las aguas se tranquilicen iré a buscarla, necesito mantenerla segura de todo esto. Ella no merece nada de lo que podrían hacerle para tratar de hacerme daño a mí.
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Realeza Encantada #1
FantasiaMeghan toda su vida ha sido aventurera, maleducada y desubicada, hasta que tiene que dejar de serlo. **** La muerte de su padre la hizo viajar hasta el palacio del reino Elaetus con su madre, padrastro y hermanastro, a los qué, aun así, considera u...
