Veinticuatro.

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La luz del mediodía atravesaba los ventanales del auto, iluminando el rostro de Jungkook mientras se acomodaba el cabello con los dedos. Hoseok, a su lado, lo observaba con una mezcla de orgullo y picardía, cruzado de brazos mientras el chofer doblaba por la avenida principal del distrito más caro de la ciudad.

— No sé si vamos a almorzar o si vas a firmar contratos millonarios —dijo Hoseok, soltando una risa suave—. Te ves de portada de revista, Kookie.

— Ya estoy en una —respondió Jungkook con ironía aunque el rubor le subió igual a las mejillas—. Y no fue por voluntad propia.

— Lo sé... mírate. Ya eres todo un omega Kim.

Jungkook rió evitando la mirada de Hoseok. Se volvió hacia el cristal polarizado del auto y observó los edificios y torres. Era increíble. En realidad, era la segunda vez que visitaba esa zona de la ciudad; la primera había sido para una cena a la que asistió con sus padres porque, supuestamente, habría gente importante. No reconoció a nadie y pasó la velada aburrido, escuchando conversaciones que aún no entiende, pero que le gustaría comprender algún día.

— Servido, joven Jeon. ¿Quiere que le espere o usted llamará? —preguntó el chofer una vez estacionó.

Jungkook lo pensó un momento y miró a Hoseok, quien alzó los hombros con indiferencia.

— Yo lo llamaré... o puede irse a donde quiera mientras no lo necesite.

— Gracias. —respondió el chofer que de inmediato se bajó para abrirles la puerta.

El restaurante era tan elegante como Jungkook recordaba haber visto en fotos. Claro, se había mentalizado antes: necesitaba saber a lo que iba para no hacer el ridículo. Los pisos de mármol claro, los cristales impecables y ese ambiente lleno de murmullos suaves y tenedores chocando con delicadeza contra los platos... todo era tan sofisticado que sentía que su ropa debía pedir permiso para estar ahí.

En la entrada, un anfitrión de sonrisa impecable los recibió y los guió hasta la mesa que Hoseok había reservado. Jungkook inhaló profundo, exhaló con calma y mantuvo la espalda recta, esforzándose por mantener la mirada al frente. Quería mirar al suelo, quería mirar a todos lados... pero se contuvo. Recordó las clases con madame Choi, el equilibrio entre elegancia y control y decidió mantenerse firme. Era un reto, pero también un logro.

Al tomar asiento, por fin se permitió soltar el aire contenido. Se recostó brevemente en la silla y miró el skyline a través de los cristales. Suspiró, no por cansancio, sino porque se sentía lleno. De nervios, de emoción, de todo.

— Buena vista, ¿verdad? —comentó Hoseok, cruzando las piernas con soltura, sentado con ese aire despreocupado que parecía reservado para los que ya pertenecían a ese mundo. Su mirada ojeaba a las personas sin pizca de vergüenza.

— ¿Cómo reservaste tan fácil?

— ¿Se te olvida que también soy parte de esto? —respondió, haciendo círculos en el aire con el dedo, refiriéndose al mundo de la gente adinerada—. Desde aquí puedo ver cuánta gente ya te echó el ojo.

Jungkook frunció la mirada y soltó una risa, echando un vistazo fugaz. Negó mirando a Hoseok.

— Estás loco. —murmuró entre risas.

En ese momento, un mesero se acercó con extrema educación, entregándoles la carta y preguntando si deseaban ver la carta de vinos y cócteles o ir directamente a las entradas. Hoseok pidió la de cócteles y Jungkook lo imitó, dejándose guiar por los nombres más atractivos. No tenía idea de qué pedir, pero haría que sonara como si sí.

— ¿Ya sabes qué vas a ordenar? ¿Pedirás entrada o irás directo al plato fuerte?

— Plato fuerte. Me lleno muy rápido y con eso tengo suficiente.

housewife. tkHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora