Veinticinco.

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Jungkook nunca había tenido tanto calor estando solo.

No era fiebre, ni tampoco vergüenza. Era esa sensación rara de estar muy despierto incluso cuando estaba descansando. Desde hacía días lo estaba sintiendo: la piel más sensible, el pecho más agitado al menor roce y esa manía de mirar a Taehyung más de lo que debería.

Se suponía que no iba a llegar.

Se suponía que no tendría un celo.

Pero ahí estaba, en la sala, con los libros abiertos y los muslos apretados, fingiendo leer, fingiendo que no ardía por dentro.

Fingiendo que no necesitaba más que solo estudiar.

Fingiendo, porque ni siquiera él sabía qué era lo que le pasaría.

Desde que se presentó, había tenido problemas hormonales. Solo había atravesado tres celos. El primero fue cuando se reveló como omega, a los quince años; duró poco más de tres días. El segundo llegó cuando cumplió dieciséis y fue doloroso, largo y confuso. El tercero, sin embargo, tardó más de lo previsto, durante casi tres años su cuerpo permaneció en silencio hasta que, a los veinte, le llegó uno extraño: más dolor que calor, más pastillas que deseo. Consumió más inhibidores de lo recomendado para un omega de su edad, pero lo hizo en secreto.

Lo peor era que su madre lo sabía. Y aun así, no permitió que fuera a revisión. El "qué dirán" tenía más peso que su bienestar. Según ella, si se enteraban de que su hijo tenía desequilibrios hormonales, ningún alfa lo querría. Podía arruinar su imagen de "omega fértil".

Y la fertilidad parecía ser todo para un omega.

Jungkook calló creyendo que obedecerla era lo correcto. Prefirió ignorar lo que su cuerpo decía... como ahora. No entendía exactamente qué le pasaba, o quizás sí, pero esta vez deseaba que pasara. Al menos, ahora tenía un alfa, uno que —en su ingenuidad— pensaba que podría ayudarlo.

Había invitado a Jimin a su casa después de varios días de intensas clases de modales con Madame Choi. Estaba esforzándose por aprender absolutamente todo sobre su suegra. Le había rogado a Madame que no lo juzgara por sus preguntas, incluso si sonaban ridículas; no quería parecer anticuado, ni frente a ella ni frente a sus cuñados si llegaban a estar presentes.

Tras un largo día de protocolo, una charla con Hoseok, unos mensajes breves a Jaehyun y un par de apuntes en su libreta decorada con frases en inglés y francés —llena de post it, marcadores de colores y dibujitos que hacía mientras husmeaba libros en la biblioteca—, Jungkook se preparó para recibir a Jimin.

Era tarde y sabía que Taehyung llegaría pronto, así que no podía retener mucho tiempo al mayor. Ni siquiera le había dicho que Jimin iría.

Con un martini de bajo alcohol en mano porque se mareaba rápido, caminó hasta la entrada. Justo cuando se acercaba, la puerta principal se abrió y el aroma inconfundible de Jimin lo envolvió.

— ¡Jimin hyung! —saludó con entusiasmo, acercándose con pasos ligeros.

— Kook. Qué bien luces hoy —respondió Jimin, devolviendo el abrazo mientras lo observaba con atención. Se había estado arreglando más últimamente y eso le sentaba peligrosamente bien. Demasiado bien, para su gusto.

— Gracias, hyung. Tú también... bueno, tú siempre —dijo con timidez y lo condujo a una sala más discreta, no la principal.

— ¿Y hay alguna razón por la que te veas más bonito hoy? —preguntó Jimin, pasándole un brazo por los hombros antes de soltarlo al sentarse.

Jungkook rió, tan fuerte que sus ojos lagrimearon.

— No, solo... quiero verme bonito para Taehyung. Y para mí también —agregó, recordando las palabras de Madame Choi, Hoseok y Jaehyun: "Si no te quieres tú, nadie lo hará."

housewife. tkHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora