XXIII

1.3K 145 96
                                        

Tom

El silencio que Harry dejó a su paso fue ensordecedor, un vacío que parecía expandirse y engullir el apartamento. Para Tom, la escena recién vivida era surreal, casi una alucinación. Su mente se negaba a procesar la cruda realidad: que Harry, su Harry, acababa de salir por esa puerta, ¿para no volver nunca más? La idea era tan absurda, tan ridícula, que por un momento su lógica impecable se tambaleó. Esperaba, casi con una inocencia infantil que no le correspondía, que Harry abriera la puerta en cualquier instante, con esa sonrisa irónica y traviesa, y le dijera que todo había sido una elaborada y cruel broma. Sin embargo, una parte de él, la más oscura y sabia, sabía con una certeza helada que había perdido a Harry. Quizás, para siempre.

Se incorporó del sofá con una velocidad inusitada, una urgencia casi desesperada. Sus pasos lo llevaron directamente hasta la puerta, pero sus dedos, al tocar el frío picaporte de bronce, se detuvieron. No era que no se atreviera a abrirla; no era un acto de cobardía. Era una parálisis forzada por una dolorosa lucidez. Sabía, con una certeza que le desgarraba el alma, que no había palabras mágicas, ningún conjuro, ninguna súplica capaz de hacer que Harry regresara. El abismo de sus ideologías, el choque fundamental entre su visión del mundo y la de Harry, siempre había sido una sombra latente, una grieta invisible en los cimientos de su relación. Siempre supo que ese conflicto inherente sería su eventual rompimiento. Pero había sido tan arrogante, tan ciego, como para creer que tendría más tiempo; más tiempo para moldear a Harry, para convencerlo, para hacerlo cambiar de idea y unirse a él en su visión de un mundo mágico "mejor".

Con paso lento y pesado, como si sus extremidades se hubieran vuelto de plomo, regresó hasta el sillón que antes habían compartido y se dejó caer. Su mente era un torbellino, una vorágine de emociones contradictorias que no lograba categorizar. No sabía cómo sentirse. La punzada de pérdida era más aguda que cualquier dolor físico. Se sentía peor, mucho peor, que cuando supo que su madre, una bruja, había elegido la muerte en lugar de la vida. Peor que el momento en que la fría verdad sobre su padre, un muggle, se había revelado. Era un vacío abismal, un pozo mucho más profundo que cualquier soledad que hubiera experimentado en el orfanato o en Hogwarts. Este era un vacío personal, un agujero en el lugar que Harry había ocupado en su inquebrantable armadura.

No fue hasta varios minutos después, minutos que se estiraron en una eternidad líquida, que una sensación extraña en sus mejillas lo alertó. Sus dedos rozaron su piel, y el descubrimiento lo sorprendió: estaba llorando. Lágrimas silenciosas, cálidas y amargas, descendían por sus mejillas, dejando rastros húmedos y dolorosos. No eran lágrimas de debilidad, sino de una profunda y rara aflicción. En ese momento de vulnerabilidad, una verdad brutal e ineludible se reveló: si realmente quería recuperar a Harry, si deseaba enmendar el daño, tenía que elegir. La balanza se presentaba con una crueldad insoportable: su ambicioso objetivo de transformar el mundo mágico, o su relación con Harry, el único ser que parecía haberlo visto más allá de su oscuridad y lo había amado.

Tom Riddle, el mago más prometedor y temido de su generación, el arquitecto de su propio destino, se encontró por primera vez sin saber qué elegir. El poder o el amor. Un dilema insoportable.

•••

A los pocos días de la partida de Harry, el silencio en el apartamento de Tom se había vuelto tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. La ausencia de Harry, palpable y opresiva, se sentía como una herida abierta. Tom había pasado esas noches en un tormento silencioso, cada minuto de soledad una batalla en su interior. La imagen de Harry alejándose de él, su sentencia final resonando en el aire, se repetía una y otra vez. Había necesitado horas, días enteros de meditación fría y calculadora, de una lógica despiadada, para convencerse a sí mismo de que estaba tomando la decisión "correcta". La elección había sido brutal, una navaja que cortaba limpiamente: había elegido su ambición, su destino preescrito, por encima del amor tumultuoso y desestabilizador que sentía por Harry. Se había repetido hasta el cansancio que no podía permitirse la debilidad, que el afecto era un lastre para la grandeza que buscaba.

Un Pasado InciertoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora