XXIV

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Harry

Lo seguía como una sombra perpetua, un espectro atado a su propia miseria. Harry se movía sigilosamente por los márgenes de la vida de Tom, incapaz de acercarse, pero sintiendo una terrible, casi insoportable, necesidad de estar cerca. Anhelaba la cercanía de su cuerpo, la posibilidad de tocarlo una vez más, de envolverlo en un abrazo que borrase las cicatrices que se abrían entre ellos.

Le dolía, le dolía muchísimo, esta proximidad forzada, esta tortura de tener que mantener una distancia insalvable cuando la cercanía era todo lo que su alma anhelaba. Cada respiración que Tom tomaba, cada movimiento, era una punzada para Harry, un recordatorio de lo que había perdido.

La Capa de Invisibilidad lo ocultaba a la perfección, una segunda piel que lo hacía indetectable para los ojos comunes. Sin embargo, había momentos, instantes sutiles, en que le parecía que Tom lo notaba; un giro de cabeza repentino, una mirada fugaz hacia el vacío, un aire de extraña conciencia que lo hacía estremecer.

Pero a Harry no le importaba; de hecho, una parte profunda y desesperada de él quería que Tom se diera cuenta de su presencia, que sintiera su sombra. De esa forma, se obligaría a sí mismo a enfrentarlo, a cortar de raíz la inacción y la procrastinación que lo habían estado retrasando hasta ahora. Anhelaba que Tom forzara la confrontación que su propio corazón temía iniciar.

El consejo de Nott, franco y dolorosamente sabio, resonaba en su mente como un eco constante. Cada vez que se le presentaba una oportunidad perfecta para arremeter contra Tom —una guardia distraída, un momento de concentración profunda, una vulnerabilidad en su burbuja de poder incipiente—, la voz de Nott lo instaba a actuar. Podía tomarlo desprevenido, podía terminar todo en un instante con un solo hechizo. Solo tenía que enviar un mensaje a Dumbledore para que él eliminara los Horrocruxes que Harry ocultaba en Hogwarts, porque tampoco se había atrevido a destruirlos él mismo. Y una vez hecho eso, él le daría el golpe final a Tom, el golpe que lo detendría para siempre.

Harry lo admitía con una honestidad brutal que le quemaba el alma: no quería destruir los Horrocruxes. Ahora, con Tom tan cerca, la idea de despojarlos de la magia oscura que los unía a la vida de Tom le resultaba terriblemente dolorosa, una agonía sutil pero constante. Era como si destruir esas abominaciones fuera destruir un pedazo de la posibilidad de Tom, de su existencia.

Sin embargo, dentro de su pecho, albergaba una pequeña, irracional, pero persistente esperanza. Incluso él creía que era ridícula, una fantasía nacida de la desesperación, pero no dejaba de pensar en ella, aferrándose a ella como un náufrago a una tabla.

Recordaba vívidamente cuando Hermione le había contado, durante uno de sus muchos planes en el futuro, sobre otra alternativa para eliminar los Horrocruxes: el arrepentimiento genuino. En aquel entonces, había pensado que era una idea descabellada, imposible. Después de todo, el Lord Voldemort de su tiempo nunca se arrepentiría de sus actos. Pero ahora, con el anhelo de un futuro, cualquier futuro, con Tom en su vida, su mente y su corazón le jugaban una mala pasada, tejiendo una fantasía cruel: ¿y si Tom, su Tom, el Tom que había amado, el Tom que había mostrado destellos de humanidad, realmente se arrepentía?

Pero, la cruel mano de la realidad lo golpeó con la fuerza de un rayo cuando lo vio encontrar la Diadema de Rowena Ravenclaw. Tom la sostuvo en sus manos con una veneración enferma, sus ojos oscuros brillando con un poder ávido. Harry lo vio, la magia oscura se retorció en el aire, y la diadema, otra reliquia, se convirtió en Horrocrux. En ese instante, Harry supo, con una certeza que lo vació de toda esperanza, que sus ilusiones habían sido ingenuas, infantiles. No había arrepentimiento, no había retorno.

•••

Tom

Una extraña sensación, un cosquilleo persistente en la nuca, acompañaba a Tom en sus viajes solitarios. Podía sentir a alguien cerca, una presencia escurridiza que lo seguía como una sombra, un eco apenas perceptible de magia. Sabía que lo vigilaban, pero cada vez que intentaba rastrear esa presencia, cada vez que extendía su propia magia para atraparla, se desvanecía sin dejar rastro, como humo en el viento. Era frustrante hasta la médula, una pequeña mancha en su control. No quería a nadie interfiriendo con sus meticulosos planes, con su ascenso. Sin embargo, en un rincón oscuro de su mente, que odiaba admitir, encontraba admirable que alguien fuera capaz de burlar su agudo sentido y su creciente poder, logrando seguirlo tan de cerca sin ser descubierto.

Un Pasado InciertoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora