XXV

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Tom

El bosque, que momentos antes había sido el escenario de su batalla y de esa... despedida surrealista, ahora se sentía extrañamente silencioso, casi burlón. Tom se incorporó con una lentitud que le era ajena, su cuerpo aún resonando con el impacto del hechizo de Harry. La varita, que había volado lejos, yacía en la hierba, ajena a la tormenta que se desataba en su interior. La recuperó, sintiendo el familiar peso en su mano, pero la usual comodidad no llegó.

El aire frío de la noche lo golpeó, pero no tanto como el recuerdo del abrazo de Harry y el sabor de sus labios. Aquello había sido... inesperado. Descolocador. Tom conjuró un Incendio sin pensar, prendiendo fuego a un arbusto cercano, las llamas rugiendo y lamiendo las hojas secas. La explosión de magia debería haber purgado la extraña sensación, pero no lo hizo.

—Patético—murmuró al aire, su voz áspera—. Un último intento desesperado de su sentimentalismo barato. Como si un beso pudiera cambiar mi destino.

Se esforzó por convencerse de que Harry había sido una molestia, un obstáculo blando en su camino, un estorbo que ahora, al fin, se había deshecho de su vida. Una parte de él, la lógica impecable que lo había guiado siempre, gritaba que la partida de Harry era una victoria. Menos distracciones, menos lazos que lo ataran. Pura libertad para avanzar.

Pero la otra parte, la que acababa de experimentar la cercanía de Harry, la que había sentido el calor de su cuerpo y el roce de sus labios, se negaba a silenciarse. El beso no había sido una manipulación. Había sido un adiós. Y la desesperación en los ojos verdes de Harry, justo antes de desvanecerse, no había sido patética; había sido... final.

Tom cerró los ojos, la imagen de Harry llorando al irse grabada en su mente con una nitidez dolorosa. Una punzada de vacío se instaló en su pecho, un eco del que había sentido en el apartamento. Esta vez era más profundo, más real. Era el adiós a la única persona que lo había amado a pesar de conocer su oscuridad, la única que lo había desafiado sin miedo, la única que parecía ver algo en él que él mismo había creído inexistente.

«Harry irá tras de mí» pensó Tom, la realización golpeándolo con la fuerza de un hechizo. Ya no habría más contención, más retrasos. Aquel abrazo, aquel beso, no fue un intento de convencerlo de volver, sino el último intento de Harry para convencerse de ser su enemigo. Ahora que esa esperanza se había extinguido, Harry vendría con todo. Como Auror, como su rival. La idea debería haberle provocado una emoción fría y calculada, la anticipación de un digno adversario. En cambio, sintió... una extraña melancolía.

Se desmaterializó del bosque, reapareciendo en uno de sus refugios más desolados, una cueva fría y húmeda en las montañas. La oscuridad lo envolvió, y por un momento, la magnitud de su soledad se volvió abrumadora. Observó el diario verde que Harry le había regalado, el Horrocrux que mantenía cerca. Sus dedos trazaron el contorno de la cubierta. No era la satisfacción de haberlo convertido en un fragmento de su inmortalidad lo que lo consumía, sino el arrepentimiento punzante de haber profanado el único vestigio de pureza que había tenido con Harry.

Podía sentir el aura oscura del Horrocrux, pero por primera vez, no le trajo consuelo. Le trajo el eco de la sonrisa de Harry, de su risa, de la calidez que había despreciado.

Tom se sentó en el suelo de piedra, la fría roca mordiéndole los huesos, y por primera vez en mucho tiempo, la victoria no se sintió como una victoria. Se sintió como una pérdida. Harry se había ido. Y esta vez, su ausencia dejaba un vacío que ni todo el poder del mundo podría llenar.

•••

El aire de la cueva en las montañas, frío y denso, no lograba apagar el fuego que ardía en la mente de Tom. La imagen de Harry, sus lágrimas y ese beso inesperado, se había incrustado en su conciencia como una astilla molesta. Al principio, había sentido un arrebato de furia, una necesidad de purgar esa "debilidad" que Harry representaba. Su orgullo gritaba que debía haberse reído de la patética demostración. Pero la lógica fría, la misma que lo había elevado por encima de los demás, le susurraba una verdad incuestionable: Harry no era una molestia, era una amenaza.

Un Pasado InciertoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora