Mueve pasos no labios, error compartido.

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Para los que sienten deseo cuando 

reciben un pum, pum, pum sincero.

Ella cree en estrellas fugaces. En hombres que saben salvarla, como si en su piel encontrara un refugio, como si en sus brazos pudiera escuchar el;

—Pum, pum, pum...

Que tanto necesita. Yo, digo, yo creo que los deseos se los gana uno con trabajo, no caen del cielo, hay arrancárselos a la vida y no con supersticiones. Creo en cosas tangibles: zapatos de lujo, autos brillantes, pisos de madera que crujen bajo pasos seguros. Pero ella es mas de empezar el contacto, yo en cambio... soy mas perderme en problemas, en viajes, buscar horizontes, y escapar con mis negros con la esperanza de que el mar lavé mis pecados.

Me siento enfermo. Adicto. Cuando no hay una mujer en mi mente, me siento vacío, como un pez jadeando en la orilla. Recreo escenarios, besos en la mejilla, un roce en la boca, tres en el cuello... y vuelta a empezar. Hasta que me agarra del cuello, de la pierna, del alma. Pero después... siempre viene la decepción. No hay hombre que no la traiga, no hay ninguno que no mienta, que no rompa. Y, aun así, ella me entiende, sufre más por mis heridas que yo mismo.

—Oh no...

Éramos dos mundos opuestos que, por alguna razón, chocaron. Ella pedía aperitivos con vistas a la pista de esquí, y yo directo a la página de su libro. Mientras bailaba frente al espejo, provocativa, como si la vida fuese siempre una pasarela. Quería impresionarla con trucos viejos, con palabras prestadas de libros que ni siquiera leía. 

—Tengo un diario...

Pero entonces llegaron las luces intermitentes... esas que ciegan más que iluminan.

Llevo 29 y 8 horas sin dormir. Siento culpa. 

—¿Hice algo mal?

Me pregunto si merezco este peso. Pero ella besó un hombre que no era libre. Que tenía pareja. Que se acercó. Y que se dejó acercar. En realidad. Lo quise. Los dos lo quisimos, solo digo;

—Hace frio, tendría que ir a casa.

Mentira... Si de verdad hubiera querido irme, me habría ido. Pero no. La deseé. Lo sé porque las horas me lo confesaron, porque su mirada lo gritaba. Y después... decidí desaparecer, borrarla, señalarla como si fuera la definición de traición. Como si fuera la mancha en mi historial. Porque juramos no decir nada. 

—Júramelo.

—Te lo prometo.

—No, júramelo.

—Te lo juro por mis muertos (pero no tengo muertos que quiera, por eso, los juramentos, para mí, siempre vienen con letra pequeña.)

Me dice que se refugia en los cumplidos. En su belleza. Es todo lo que la queda. La dicen que es demasiado hermosa para andar detrás de alguien, que merece más. Pero no quiere más. Solo quiere amor. Amor del bueno, del que no duele, del que no te deja temblando frente a un espejo preguntándote quien mierda eres con el cabello oscuro.

—Ey, te quedaba mejor el rubio. 

Pero los hombres... los hombres somos peligro, asco, vergüenza. Y, aun así, no me siento culpable. Porque si lo siento, no soy hombre.

Los flashes me sorprendieron como disparos en la noche. Y ahí comprendí que la fama no es más que una prisión que tiene nombre de pareja, algo similar con cristales relucientes. Hasta que me sorprendió el paparazzi. 

—Mierda.

Estos tipos me atraparon... los odio, los odio mas que los nazis.

Según lo que recuerdo. Joder. Te cogí de la cadera, te senté en mis piernas, te giré la cara y te besé. Pero ey...

—Tú me besaste.

Jamás imaginé que irías tan lejos, que yo también iría tan lejos. Hoy me pregunto: 

—¿Qué sé yo? 

Quizá nunca supe nada. Quizás manipule los recuerdos de mi memoria. Pero la anestesia temporal me dejó peor después. Porque el tiempo pasó. Sé que ha pasado mucho tiempo, cariño. Casi no hablamos, yo estaba en lo mío. Sé que actué mal, cariño. Pero me hiciste ser mejor, no por amor, sino por falta de el, te viste rota en mi reflejo, y yo tuve que aprender a recogerme con mis propias manos, pero no te guardo rencor, aunque tampoco ganas de volver. Porque me cansé de esperar a que te largases y que pareciese como si nunca hubiéramos sucedido, para así tener un buen sexo de reconciliación y que vuelvas, como si nunca te hubieras ido. 

—No puedo mas. Mas contigo. 

Pero la chica de élite, es diferente, por eso pienso que con ella puede ser diferente, últimamente, ha estado por mi mente. Y si alguien me hubiera dicho hace un mes, aunque fuera en broma, que esto pasaría. Le diría:

—Oye, no me gustaría saber.

Me siento como las víctimas de Katrina sin FEMA. Soy la victima. No fui mi intención besarla. Fue un gran error. De los dos. Si. Eso. Un error. De los dos.

Pero ella, en algún rincón, quizá sigue bailando. Yo, en cambio, sigo en el bus, con el asiento reclinado, mirando el reflejo de lo que fuimos en el cristal empañado pensando en lo bien que lo hubiéramos pasado.

—Mona Lisa— susurro. —Hace frio. Debería ir a casa. 

Pero la tensión intermitente no se apaga. No me voy. Me pide un abrazo. Y me dice:

—Necesito un abrazo a la altura de mi corazón. 

La envuelvo en mis corpulentos brazos. La rodeo hasta que la siento encima mía. Y la beso hasta que opina que soy salado. Se mueve demasiado. Me gusta demasiado. Ya no pienso en el frio. Dormir es opcional.

—Pum pum pum.

Acelera mi corazón, aceleró el paso de vuelta a casa. Han pasado dos días y 5 horas. Y hoy me siento triste. Mañana no lo sé. Pero sigo aquí, escribiendo mi rabia, dándole vueltas solo para seguir existiendo. Y si la vuelvo a ver, ¿Qué hago? ¿La ignoro como si nunca me hubiera rozado el alma? ¿La dejo que me abrece aunque sepa que no soy suyo? Pero quiero serlo. No lo sé. No quiero saberlo. 

Tal vez ella pase de largo, ignorándome, tal vez... sigo sin saber nada del abrazo de mi madrugada. Por que no somos desconocidos. Somos un error compartido. Un error que, por dos noches, en una de ellas, parecía amor. ¿Estoy roto por dentro? ¿Estoy condenado a pensar siempre en ella? 

—Oh no... tu recuerdo me esta poniendo enfermo.

Tu secreto esta guardado...

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𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚Donde viven las historias. Descúbrelo ahora