A los corazones que dudan,
pero aún no renuncian el calor del amor.
A veces me miro al espejo y no entiendo cómo puedo ser tantas cosas a la vez. Fuerte y rota. Lúcida y perdida. Soy una paradoja viviente. Me tomo entre mis propios brazos y me llevo de vuelta a casa arrancar las raíces...
Pero no se trata solo de irse. No es una maleta ni un adiós. Es el temblor de las manos al cortar lo que alguna vez fue hogar.
Tú, que seleccionas y eliges con tus celos, que me miras con esa forma tierna de quien ya no siente, ¿por qué me hiciste sentir así? Como si el error fuera mío por sangrar. Porque sangro. Desde que la mentira germinó en medio del pecho, como una semilla torcida que crece hacia dentro, rompiéndome por dentro sin dar fruto.
¿Dime cómo vamos a irnos si el suelo nos retiene? Está frío. Está muerto. Pero no nos suelta.
Tiene un agarre en mí, como si supiera que aún tengo algo enterrado ahí. Por que veces el amor no se va... simplemente se esconde. Entre las grietas de un diciembre desordenado, en los bordes de un septiembre que no supo sostenernos. Te fuiste, y me dejaste tendida, como se abandona una carta sin firmar, en un camino lleno de cenizas, de lo que fuimos, de lo que no supimos cuidar. Por eso. No mires atrás, no pienses en las consecuencias, ya sé que no eres de los que se detienen a pensar en lo que duele.
Por que me obligaste a ponerme de cunclillas. Y ahora me encuentro de rodillas. Suplicando por tiempo. Por vida. Por luz. Como si rezar pudiera cambiar algo, como si aún hubiera algo sagrado en esto.
Tolerar... ni a tú madre ¿de qué sirve? ¿Qué se puede salvar si ya lo maltratamos todo? ¿Por qué no podemos cultivar lo que amamos en vez de desgarrarlo con las manos?
—Me maldeciste la mente.
Por seguir queriendo, por intentar salvar lo que quizá está condenado. Hiciste de este suelo tu tumba y me arrastras contigo al fondo. Y yo, que tengo la tierra dentro, que fui raíz y brote, ya no puedo reconciliar quién tiene la culpa.
Solo sé que duele. Que el frío no es solo del suelo. Es de nosotros. Es de este silencio que grita.
Pero el suelo, el mismo que un día nos sostuvo, hoy nos quiere tragar. Y yo, yo aún no sé cómo soltar. Y el frío... el frío me recuerda que aún siento. Y si siento, entonces aún hay fuego. Y si hay fuego, hay esperanza.
De nuevo, estoy de rodillas, pero no rezando.
—No.
Estoy reclamando. Estoy suplicándole al universo que me devuelva un poco de luz. Que me saque de este fango emocional. Que me recuerde que fui semilla antes que herida. Y que aún puedo florecer. Porque sí, el suelo me tiene. Pero no me posee. Porque hay en mí una chispa terca, una voz que me susurra desde dentro:
—No eres lo que te hicieron, ni lo que tuviste que soportar.
Por que hay algo peor que eso. Hay algo peor que una pelea, que los gritos, que el drama, que la tormenta. Y es esto. Este silencio templado. Este "todo bien" que no siente nada. Este "te quiero" que se dice por costumbre, no por deseo.
Hay algo más doloroso que romper, y es seguir... sin ganas, sin fuego, sin nada que te queme por dentro. Pero:
—¿Somos amados?
Nos preguntamos eso mientras nos deshacíamos, intentando, cayendo, soltando.
Y no sé en qué momento pasó. No sé cuándo el café dejó de saber distinto cuando estabas. Ni cuándo tu abrazo dejó de calentarme el pecho. Solo sé que ahora estamos juntos, pero estamos lejos. Como si la rutina nos hubiera enfriado los huesos. Como si tu mirada pasara por mí... pero no se quedara.
—Y no es culpa tuya.
Ni mía. Es del tiempo. De la costumbre. De los días que dejaron de hacernos latir.
Pero me cuesta. Me cuesta soltar algo que no está roto... pero tampoco está vivo. ¿Cómo se deja ir algo que no duele, pero tampoco abraza?
Estoy aquí, de rodillas frente a este amor tibio. Suplicándole al destino que vuelva la chispa, que se incendie algo. Aunque sea para terminar. Aunque sea para empezar de nuevo. Pero algo. Porque este frío... ya no lo aguanto más.
.
.
.
Quise usar un lenguaje poético, lleno de imágenes poderosas y metáforas que vuelven una y otra vez, siempre vinculadas a la naturaleza: raíces, semillas, suelo, fuego, frío, luz. Para mí, estas metáforas son la manera perfecta de mostrar cómo el amor es un ser vivo, que puede crecer fuerte, enfermarse o incluso morir.
Así intento transmitir esa sensación de algo que no es solo un sentimiento, sino un terreno fértil que puede florecer o quedarse helado, que puede quemar o apagar su propia llama. Porque el amor, al final, es vida. Y como toda vida, necesita cuidados, luchas y a veces, decisiones difíciles...
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𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
AléatoireSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
