Para quien dejó una herida tan profunda que se volvió hogar.
Hay un espacio que muere entre dos bocas cuando el amor no sabe si quedarse o irse. Un vaivén constante, un girar en círculos, donde la frustración estalla en silencio, como burbujas que nadie ve, pero que duelen igual.
Siento tu presencia en la oscuridad, como un eco que no se disipa, como un cuerpo invisible que se envuelve en el mío. No estás, pero estás. Y en ese vacío lleno de ti, todo lo demás desaparece.
Respiro lo que queda de tu voz. Me inundo de ti, me ensucio de ti. Hay aceite en mi cabello y un dolor que mancha, que no se va, que se vuelve parte de mí. Tú con esa herida hermosa que no quiero curar. Y yo con mi honestidad cruda, sin maquillaje. Porque te necesito como se necesita el aire en el fondo del mar: desesperadamente.
Nos amamos. Luego nos soltamos. Y cada vez que lo hacemos, caigo de nuevo en tu boca. Una y otra vez. Como si el amor fuera un ciclo sin final, una despedida eterna que empieza con un beso.
Y aún así, lo único que deseo es volver a casa.
—Y mi casa eres tú.
Pero el amor no grita. Solo permanece en silencio. Se esconde en los rincones de una casa vacía, esperando que alguien vuelva y encienda una luz. Pero nadie regresa. Solo el recuerdo, caminando descalzo por el pasillo de lo que fuimos.
Tu boca sigue siendo frontera. Caigo en ella como quien cae en un abismo familiar: con miedo, sí, pero también con una entrega dulce. Como si doliera justo donde quiero que duela. Como si ese dolor llevará tú nombre y el mío escritos en la misma línea.
Me manchas.
—¿Qué haces?
Eres ese tipo de persona que no se borra. Como el aceite en el cabello, como el humo en la ropa, como un beso que no termina nunca.
Nos amamos y luego nos separamos. Siempre es igual. Y yo sigo preguntándome si algún día será distinto, si alguna vez el amor dejará de ser huida, si después del abismo vendrá el abrazo.
Pero por ahora, solo quiero volver. Aunque volver signifique caer. Aunque volver seas tú.
—Porque chico, tenías chispas.
De esas que iluminan un rato y después dejan la habitación más oscura que antes. Y aún así, hacía tiempo. Como si posponer lo inevitable pudiera cambiar el final. Pero las sábanas hablaban más que tú.
—O sea, tú eres vos.
Se llenaban de silencios densos, de respiraciones que buscaban consuelo en medio del vacío. Cerrábamos puertas, no para estar juntos, sino para que el mundo no nos viera rompernos. Mellábamos las palabras, las desafilábamos para no herirnos, pero igual sangrábamos.
Todo lo que hacías era acostarte, dejando que el tiempo se evaporara como el humo del cigarrillo entre tus dedos. Fumabas como quien intenta llenar el pecho de algo, cualquier cosa que no sea este amor que se te escapa. Sabías que tú corazón era grande.
—Lo sabías.
Podrías haber amado con todo el alma, podrías haberlo dado todo. Pero te sentabas en esas nubes de humo, esperando...
—Esperándome.
Algo que no sabías si eras vos o si era yo.
Por eso me hablabas por teléfono cuando te sentías mal, como si mi voz pudiera sostenerte, como si yo fuera un salvavidas en tu mar de indecisiones. Y hacíamos planes, sí, maravillosos, pero vos nunca los veías. Preferías mantener espacio, ojos abiertos, y mente vacía.
Nunca estabas. No del todo.
—Solo vuelve.
Y yo me seguía preguntando cuánto más podía aguantar. Cuántas veces más podía verte fumarte el amor, como quién apaga una llama con la esperanza de que no queme más.
—Has vuelto...
Pero llenas tus pulmones de humo y te quedas esperando. Esta vez esperando por vos mismo. Por encontrarte. Por entender si algún día vas a dejar de huir de lo que sientes. Y mientras tanto, te miro acostado, gastando el tiempo, fumando cigarrillos, como si eso fuera vivir. Como si eso fuera amar.
—Y no te culpo.
Porque sé que amarme también era enfrentarte a vos. Y eso, a veces, es más difícil que cualquier despedida. Pero me duele. Me duele porque sé que podrías haberlo dado todo. Porque sé que, si te animaras, vos también elegirías quedarte.
.
.
.
¡Nota importante!
Me encantaría contarles algo...
Si notaron que en este texto un cambio entre "tú" y "vos", no fue un error. Lo hice a propósito. Porque este texto es una forma de hablarle a alguien que ya no me entiende. Que aunque compartimos la misma lengua, siento que cada vez nos comunicamos menos.
Entonces, en un intento casi desesperado donde cambié mi forma de hablar. Pasé del "tú" al "vos", porque a veces, cuando el amor se desconecta, una intenta adaptarse. Intenta decirlo de otra forma, de la forma en que quizá la otra persona todavía pueda escuchar. Escucharme...
No entendía que "tú" significaba "vos".
Siempre fue a vos. Pero ya ni eso parecía alcanzarle.
Y así, sin darme cuenta, terminé escribiendo en dos dialectos del alma. Uno que él no entendía, y otro con el que yo intenté que al menos, me sintiera.
Por que esto también es el amor, ¿no? Buscar maneras.
Cambiar palabras para no cambiar el sentimiento.
Traducirse una misma con tal de que el otro entienda lo que ya no quiere escuchar. Pero que también. Como si su forma de hablar siguiera resonando dentro de mí. Como si el amor, cuando es tan profundo, también dejara huella en la forma de conjugar el mundo.
Así que, si notas que mi voz se mezcla entre dos acentos, es porque a veces el corazón también cambia de idioma. Y a mí, amar me enseñó una lengua que ya no puedo deshabitar.
Gracias por leerme.
Gracias por sentir esto conmigo.
Gracias por entender que, cuando digo "vos", también me estoy nombrando a mí.
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𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
PuisiSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
