No contenta con los sentimientos reales,
ansiosa se me impone a imaginarlos.
La conversación se está muriendo y no sé de primeros auxilios, rompí el vidrio de palabras en caso de emergencia, pero todas están cansadas, estoy en pánico por eso y porque el vidrio me ha cortado. La sirena se escucha cerca, juro que no es lo que parece, la sangre en mi boca es porque la conversación me mordió cuando intenté darle respiración de boca a boca, la conversación se ve golpeada, pero no es lo que parece, soy inocente, no quiero ser prisionera de mis propias palabras:
—Señor juez, no es lo que parece.
Miro alrededor buscando ayuda, pero las palabras de otras personas están lejos, no puedo alcanzarlas. Mis manos tiemblan mientras trato de juntar las palabras rotas que están en el suelo, como trozos de vidrio reflejando el caos que esta sucediendo. Cada vez que intento recoger una, otra me corta más profundo.
Y no es lo que parece, pero nadie me escucha.
La sirena está más cerca, siento como la culpa me aplasta, aunque sé que no soy culpable. Solo intenté salvar la conversación. No sabía que estaba tan herida, no sabía que mis esfuerzos para revivirla fallarían.
—Señor juez, no es lo que parece.
La sangre en mi boca y las palabras rotas... no sé cómo explicar lo que pasó. Estoy atrapada en un silencio que me persigue, enredada en mi intento fallido de hablar.
El juez me mira fríamente, las paredes repiten lo que no pude decir. Mi lengua pesa, las palabras que antes me ayudaban ahora me están dañando. No puedo pararlas. No quiero ser prisionera de este malentendido, no quiero que mis palabras me condenen. Pero aquí estoy, rodeada de lo que quedó de mí, sin que nadie me entienda. La conversación está inmóvil a mis pies. La sirena sigue sonando. Y ya es demasiado tarde.
Tocan a la puerta, pero no contesto hasta que cae la noche y me voy al cuarto. Las sirenas siguen sonando, pero no hay nadie que pregunte:
—¿Cómo estas?
Me tumbo y trato de calmar mi respiración. Pero hay alguien más en el cuarto. Hay un hombre en la habitación, puedo sentir el peso de su mirada incluso en la oscuridad, avanza lentamente, se acerca a mí. Su presencia me hace temblar. Puedo sentir su mirada, pesada y cargada de preguntas que no quiero responder. No sé si es real o si simplemente lo he imaginado, creado en medio de mi desesperación.
Pero sus ojos... ¿Son suyos o son los míos?. Algo se mueve. Pero soy yo. Que cada latido de mi corazón resuena en mis oídos, y aunque estoy atrapada en esta especie de parálisis, hay algo en su expresión que me intriga. ¿Qué querrá de mí? ¿La chica rota que aún no ha aprendido a levantarse? Intento disimular mi miedo, pero cada movimiento que hace me recuerda que no soy más que un disfraz que me protege del mundo, de mis propias inseguridades. La sirena se ha apagado, pero el eco de lo que fue sigue resonando en mi mente, como un susurro insistente.
—¿Estás bien?—, pregunta, y su voz es un hilo de suavidad. Hay algo en su tono que me hace sentir un poco más segura, como si realmente le importara. Sin embargo, las palabras se me quedan atascadas en la garganta, y la verdad se siente demasiado pesada para cargarla en este momento. Me aferro a la tela, como si fuera un escudo contra la vulnerabilidad. "No es lo que parece", quiero decirle, pero el silencio se convierte en mi único compañero. Mis pensamientos se ponen en mi contra, recordándome cada conversación perdida, cada oportunidad que se escurrió entre mis dedos.
—Lo siento— , repite, y aunque suene vacío, hay una chispa de sinceridad que me obliga a mirarlo de nuevo.
Tal vez no sea un monstruo en la oscuridad, sino un alma perdida buscando también su camino. Mi mente se enfrenta a un dilema: ¿debería dejarlo tocarme? De repente, la distancia entre nosotros se siente real, y aunque mi instinto me dice que me aleje, algo en mí anhela esa conexión. Así que respiro hondo, preparándome para el salto, el riesgo de exponerme.
—No estoy rota—, susurro más para mí que para él. —Solo estoy... en proceso.
En ese instante, el hombre se detiene, como si mis palabras lo hubieran alcanzado de alguna manera. La luz tenue de la luna entra por la ventana, iluminando sus rasgos, y por primera vez, veo un destello de comprensión en sus ojos. La oscuridad entre nosotros comienza a desvanecerse, y mi corazón late con fuerza, como si supiera que este podría ser el momento de un nuevo comienzo.
La sirena sigue apagada, pero aún puedo sentir como el sonido aún palpita en mis oídos. Tal vez fui yo quien la hizo sonar, o tal vez fue la conversación quien la llamó. Pero duda de mi confieso.
Vuelve a acercarse un poco más, esta vez me toca, y yo me sacudo violentamente, él retrocede y veo cómo empieza a alejarse. Por fortuna, alcancé a leer sus intenciones, y rápidamente, antes de que el hombre encienda la luz, vuelvo a convertirme en un montón de ropa.
No es lo que parece, repito. Pero ya nadie escucha.
Pero si hay alguien que me escucha. No. Es. Lo. Que. Parece.
.
.
.
Mis redes sociales:🤍🍂
Instagram: sabinadupont
Tick tock: sabinadupont
ESTÁS LEYENDO
𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
CasualeSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
