Para los monstruos tiernos que aman el caos,
y brillan en invierno,
esos de los que no sabes si huir o abrazar.
Dosis de serotonina, una melodía en el aire. Me siento enamorada. Hay algo en la manera en que dejo que la música inunde la habitación mientras observo el vaivén de las historias ajenas, los chicos que pasan, los días que se escapan... y sigues en mi mente, no puedo olvidarte... porque sigues siendo mi nueva maravilla.
La vida a veces parece un espectáculo donde yo elijo la banda sonora, un soft grunge que no solo llena el silencio, sino que lo transforma en algo palpable, con cintas enredadas y un caos dulce. Toco los momentos como si fueran guitarras. Cada cuerda vibra bajo mi toque, pero no por amor, sino por diversión, porque para mí todo es un juego, una distracción fascinante. Pero que no logran llenar nada dentro de mi.
Pelucas moradas, secretos suaves, y sueños de terciopelo, todos piezas del mismo rompecabezas, uno que las chicas entendemos instintivamente. Porque él solo es mi próximo amor. ¿Un posible error? Y lo más importante es que puedo ver su aura flotando tras el.
Pero no hablamos tan de vez cuando, no tanto como gustaría. Y algunos días me siento como si estuviera hecha para destruir, para dejar mi marca en este pequeño mundo de oro que se desvanece tan rápido como el amor de verano o un vaso de limonada helada bajo el sol.
Cuando te miro irte, presiono grabar. No porque no pueda dejarte ir, sino porque me fascina el arte del adiós. Cada partida es un comienzo, una oportunidad para crear algo nuevo. Soy velveteen, soltera y eterna, y aunque la eternidad no me pertenece, he aprendido a bailar en el borde de mis desgracias.
Nada dorado puede permanecer, pero eso no importa y lo vuelvo acero inoxidable, porque así al menos es algo. Pero todo es un juego, y yo lo juego con el corazón lleno de música y las manos listas para tocar otra melodía.
Pero a veces, entre canción y canción, me detengo. Cojo aire. O valor. Lo mismo es. Me quedo quieta, casi sin aliento, atrapada en la fragilidad del momento. ¿Qué pasa si esta melodía se convierte en la última? ¿Qué pasa si mi juego de amor y olvido termina siendo un laberinto sin salida?
Hay una belleza en la fugacidad, lo sé. Los días que se escapan me enseñaron eso, pero aun así, hay noches en las que cierro los ojos y siento que mi caos dulce necesita una pausa, un silencio donde poder escuchar algo más que la banda sonora que siempre elijo. Un latido, quizás. Uno que no sea el mío.
Porque aunque me gusta pensar que soy velveteen, suave y eterna, a veces la realidad me recuerda que hasta el terciopelo más cuidado puede desgastarse. Y sin embargo, sigo tocando las cuerdas. Sigo atrapando la luz dorada, aunque se desvanezca entre mis dedos.
Entonces, vuelvo a la música. Vuelvo a los chicos que pasan, a los días que se escapan, y al vaivén de las historias ajenas. Porque ahí, entre notas y sombras, entre lo efímero y lo eterno, me encuentro. Me reinvento. Y quizás, algún día, en ese caos dulce que tanto amo, me encuentre contigo de nuevo.
Hasta entonces, bailo. Juego. Desvivo. Porque nada muerto puede permanecer, pero mientras dure, quiero que brillar como purpurina. Eso intento, de verdad que a veces creo que lo intento.
Porque sé que ya has llegado, pero me haré la tonta, para que rodees mi cintura y apoyes tu barbilla en mi hombro. Que me digas cómo has dormido, aunque yo ya lo sepa, porque soy más tuya que mía, porque noto cómo te pesa la vida. Igual es porque tu pecho roza lento mi espalda, o porque te conozco tanto que duele lo que callas.
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𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
AcakSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
