6 años, 5 horas y cientos hombres:
Y la convirtió en la mujer que todo hombre desearía.
A la derecha está la habitación a la que no quiero entrar. La veo cada noche, aunque cierre los ojos. No es borrosa; es un recuerdo afilado que corta.
Solía sentarme en la esquina, creyendo que allí estaba a salvo. Pero el tiempo corría... y él también. Bajaba conmigo y descargaba sus puños hasta que dejaron de dolerme. Grité. Lloré. Nada cambió.
Una noche corrí. No sé hacia dónde. Solo corrí.
Pero escapar no fue libertad. Fue caer en otras manos. Me desperté rodeada de sombras con voz de hombre. Me tocaron, y no pude detenerlos. Estaba encerrada en un sótano donde el aire olía a óxido y humedad. Intentaba moverme y todo en mí me pedía que parara, que no podía más.
No lo entiendo. No lo entendía. Solo sabía que no debía estar allí. Que debería haber estado en la escuela, con un cuaderno en las manos, y no con las manos de ellos sobre mí.
Por qué no fui salvada. Y continuamente voy suplicando por una caricia sumisa, una palabra que a mí me dijese:
—He venido a besarte sobre el pecho, y la luna nunca ha estado tan hermosa como el día en el que volviste a pronunciar mi nombre— Un verbo conjugado en reciprocidad que a mí me vuelve y me dijese:
—No sufras más, pagaré tus dulces, no sufras más, he venido, volví...— Un deseo latente de encontrar paz. Una manera de ser una forma catártica de sanar.
Pero lo único que tengo son manos que pican, un cuerpo que no entiendo, emociones que no reconozco, y un bucle constante donde mi beso inocente sabe extirparles el capricho de probar otra boca, donde la ternura se localice en mi cara de niña orfandad, que guarda silencio siempre que no habla.
Porque tiene miedo. Pero no evita sentir asco.
—Das asco— le digo al reflejo del espejo. Pero no hace más que escupirme un te quiero. Porque mamá me vendió por dulces. Y no tengo como pagarlo. Estoy arruinada desde que nací.
—¿Por qué me vendiste a esos hombres tan malos, mami?
Me tocaron en lugares que ni yo conocía. Lugares donde me dolió ser mujer. Lugares donde se extinguió mi niñez.
Es normal para mí. Pero ¿Cómo lo entenderán mis amigos?
Como entenderán la oscuridad de una habitación acompañada por un anciano, sentado a unos pocos metros. Su mirada perdida en algún punto lejano del pasado, o tal vez del futuro.
De repente, su voz ronca rompió el silencio, áspera y cansada:
—Daría lo que fuera por tener las manos de una mujer sobre mí esta noche.
Mi mirada se dirigió hacia él. Su vaso medio vacío o medio lleno, no sabía suponer. Porque no me miraba a mí, no, hablaba como si el aire fuera su único confidente, como si el peso de sus palabras solo lo aliviara por unos segundos.
—Vosotras...—siguió, con una especie de risa amarga que murió antes de nacer —ablandáis a los hombres y los dejáis escuchando la lluvia.
Algo en su tono de voz me hizo dudar. ¿Era esa la nostalgia de alguien roto o la sabiduría amarga de un hombre que había perdido demasiado? El anciano no volvió a hablar. Se quedó inmóvil, con los ojos perdidos en algún lugar que yo no podía ver. Afuera, la lluvia seguía cayendo, cubriéndolo todo, como si intentara borrar cualquier rastro de lo que acababa de confesar.
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𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
AcakSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
