Si me quiero como ella me quiere,
me habría disparado ya.
Dicen que cuando crezcamos, lo entenderemos todo. Así que supongo que sigo siendo un niño todavía.
Hay preguntas que vuelven como un eco:
—¿Quién quiere saber?
Quizá nadie, quizá todos, porque al final todo lo que alguna vez brilló termina oxidándose. Pero seguimos avanzando, tomando el camino aunque carguemos con lo que duele.
Me dices que deje mis cosas, que tú te encargas de eso, que tenemos tiempo para dar y ganar. Y yo, fijado en el mar, con la pistola de los pensamientos en la sien, no puedo evitar recordar nuestras hazañas, nuestras maravillas, nuestras fantasías. A veces quisiera volver allí, a esos mismos perfumes, esos lugares donde no importaban las clases ni la ley, donde solo importábamos nosotros. Y no mi color.
—No te molestes no seremos expertos en el derecho.
A veces parezco más un grito que una caricia, pero sigo siendo amor. Amor que busca sentido, que se pregunta, que duele, pero insiste en ser querido sin que lo desprecien por ser como es.
Quieres levantar mis dedos intermedios, fumar la buena kush, sentir mi mano en tu cabello, pasar la noche —el día, incluso la vida— entre paseos nocturnos y amor bebido como si fuese opio. Podemos drogar la mente con la misma pureza, compartir la misma vista, aunque a veces parezca que caminamos por el borde entre vivir y destruirnos juntos.
—Ya no somos los mismos.
—Ya no tenemos los valores de antes.
Las lágrimas dejaron de caer sobre tu chaqueta de lana, pero aun así dejamos pasar el tiempo, porque sabemos que nos amamos. La noche me enseña sin hablar, me ahorra consejos y, aun así, sigo cruzándola para ver si la llama aparece de nuevo.
Es una diablesa la mujer que amo y un demonio que a veces la habita. Tus amigas se quedan cerca porque saben que estoy en la fiesta, y entre luces y sombras, tomo tu corazón y me escapo con él.
—Run run run.
No somos amantes simples; quiero de ti hasta con los ojos cerrados, aunque no escucho lo que dices cuando la voz se mezcla con celos, con odio, con amor, con racismo. Mi melancolía tiene una sabor amargo.
Conozco la vida sin ti. Pero menos sin ella. Admito que al principio buscaba otras, pero ahora bailamos juntos, te ríes con el sonido de la trompeta, me manchas la camisa con tu lápiz labial, y quieres que crucemos, que hagamos el amor, que sigamos en este viaje que es tan nuestro.
Otra vez preguntas:
—¿Quién quiere saber?
Y otra vez respondo en silencio: tal vez yo, tal vez nadie.
—¿Cuál es tú color?
Tal vez negro, tal vez blanco. Pero no importa. Porque al final, lo que fue oro se oxida, pero aun así seguimos mirándolo como si brillara.
.
.
.
Queridos lectores, mi intención no es explicar el racismo, quiero hacerlo sentir. La pregunta que vuelve —"¿Quién quiere saber?"— me parece central. Porque muchas veces nadie quiere saber de verdad. Quieren escuchar lo justo para sentirse cómodos, pero no lo suficiente como para incomodarse o cambiar algo. Al final no está mal defenderse, no está mal sentirse herido, no está mal nombrarlo, es necesario. No es victimismo. Es dignidad. Y en un mundo donde el racismo se ha vuelto una forma de pensar, es preocupante como los que lo sufren, a la hora de defenderse sienten que están haciendo algo mal. Y no esta mal... Mucha fuerza a todos los que han recibido una comentario no deseado, e incluso algún roce no casual.
ESTÁS LEYENDO
𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
De TodoSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
