Sigue caminando...
hasta que alguien te de un nombre.
Cada día me miro al espejo, y la sensación es la misma: nunca es suficiente. La persona que me devuelve la mirada no es perfecta, ni siquiera cercana. Mi reflejo es el rostro de alguien que nunca se siente digna, aunque todos digan lo contrario.
La vida que llevo parece un libro con las páginas desordenadas, un eterno capítulo que nunca termina de empezar. Porque cada vez que creo avanzar, me doy cuenta de que sigo en el mismo punto, y las risas de los demás se convierten en un eco distante que me ahoga.
Crecí sin ser escuchada, sin que nadie comprendiera lo que mi alma necesitaba. Me refugié en la iglesia, esperando encontrar respuestas, solo para descubrir que aprendí a juzgar antes que a amar.
Con el tiempo, entendí la verdad más cruel: lo que anhelamos con el corazón y lo que realmente necesitamos son dos cosas que nunca coinciden. Los comentarios y las miradas de desprecio de aquellos que creyeron que no valgo nada, se convirtieron en mi motor. Y ahora soy todo lo que dijeron que nunca sería.
—Soy todo lo que los médicos creen que no tiene cura.
Y en mis días más oscuros, cuando el frío se cuela en los huesos, miro el vacío de mi taza con la esperanza absurda de que algún día se llenaría de algo que me hiciera sentir completa. Pero mi vida ha estado bajo tierra.
—Diez pies bajo tierra.
A veces me pregunto si realmente sé cómo salir de ahí. El miedo me paraliza. Me he levantado una y otra vez para llegar al éxito, pero eso tiene un precio, y desde luego, yo lo he pagado. Porque estoy en un estado constante de luto, celebrando como si hubiera ganado. Mis amigos me hicieron creer que era algo que nunca fui, me elevaron hasta un lugar que no me correspondía, y en el proceso, me engañaron.
—Dime ¿Qué harías por estética? ¿Venderías tu alma a crédito? ¿Venderías a tu hermano por influencia?
La vida es lo que hacemos de ella. Pero no se trata solo de lo que hemos hecho, sino de lo que no hemos logrado. Cada día es un recordatorio de que lo que nos define es la capacidad de levantarnos, aunque el alma esté rota, aunque el cuerpo esté cansado, nuestra perspectiva nos moldea y, a veces, lo único que nos queda es en pensar en un perro mojado que no tiene nombre, que va por la calle con una pata colgando porque un coche lo ha atropellado.
—¿Mi comida favorita? porquería, basura, restos de comida, lo mío son las sobras.
No le pidas que traiga ese palo. No va hacerlo porque tú se lo hayas ordenado, y si lo hace es simplemente porque le das mucha lástima.
—Chico bueno...
Nunca le habían ofrecido una puppy snap, es más, no tiene ni idea a que sabe.
—Está es mi nueva comida preferida.
Ha sobrevivido una hora más. Pisa charcos que brillan a su paso con el pelo empapado, el lomo y la espalda negra, donde se refleja la luz pálida y muda de los escaparates cerrados. Tiene mal aliento porque ha cenado un whisky y, su lengua azul está agrietada por el humo de las alcantarillas, que se cuela por su nariz y le sale por las orejas. No persigue palomas ni les ladra, prefiere aullar a la luna a ver si alguien lo escucha desde el cielo y se lo lleva.
Tiene un agujero en el pecho y, si el corazón no se le hubiera caído, se vería cómo se desangra mientras le están creciendo bigotes, porque siempre quiso ser gato.
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Este texto nace desde un lugar incómodo: la sensación de existir sin nombre, de avanzar sin llegar nunca del todo. El perro aparece como una figura de resistencia, de amor insistente, de alguien que sobrevive a base de aguantar. No es un animal idealizado, sino herido, cansado, fiel incluso cuando ya no sabe a quién.
El perro representa a quienes han aprendido a quedarse, a obedecer, a amar sin medida, aun cuando ese amor se vuelve en su contra. A quienes confunden valor con utilidad y cariño con sacrificio.
El gato, en cambio, no aparece como un deseo de superioridad, sino como una fantasía de descanso. Querer ser gato no es querer ser otro, sino querer vivir de otra forma: con límites, con elección, con la posibilidad de irse sin culpa. Es el anhelo de una identidad que no se construya desde la carencia, sino desde la pertenencia a uno mismo.
Que el perro "siempre haya querido ser gato" no implica rechazo de lo que es, sino cansancio de lo que ha tenido que soportar. Es una frase que habla de identidad herida, de deseo imposible, de la distancia entre lo que somos y lo que necesitamos para no rompernos.
El texto no busca redención ni cierre. Solo mostrar a alguien —humano o animal— que sigue caminando, aunque no tenga nombre, aunque no encaje, aunque amar haya dolido demasiado.
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𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
NezařaditelnéSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
