La noche cayó rápidamente, la mayor parte de las casas tenían sus focos apagados y el ruido de las personas al platicar ya no era el mismo. Ya era hora.
Mientras me vestía, Eros me miraba pensativo, devorándose una dona de glaseado blanco con chispas de colores y tamborileaba los dedos de la mano libre contra la oscura pared.
- No sé porqué no decides matarlo con tus propias manos, es más satisfactorio.- Habló Cupido sin dejar de comer.
- Porque prefiero ver el espectáculo.- Respondí tomando una dona de chocolate del escritorio. Asomé mi cabeza por la puerta de mi habitación y vi a mi falso padre hablando por teléfono como de costumbre. Eros se levantó casi cansado de estar sentado por más de media hora y se entretuvo jugando con un videojuego que estaba en la mesa.
- Ahora entiendo a los mortales, podría jugarlo todo el día.-Dijo Cupido a la vez que picoteaba todos los botones como si supiera qué estaba haciendo.
- La verdad es que muchos humanos buscan otras formas de divertirse, se aburren fácil de las cosas, inclusive de las personas, es por eso que existen las infidelidades y los divorcios.- Puntualicé.
- Ese es un buen punto.- Sonrió concentrado en la pequeña pantalla del videojuego.
- Puedes quedarte aquí Cupido, no tardo en volver.
- Está bien por mí.- Soltó sin verme a la cara completamente absorto en el juego.
Usé mi teletransportación sin querer conducir y aparecí frente a una casa vieja. No era muy grande ni muy pequeña, era ideal para una pareja. Caminé a paso sigiloso y me detuve al ver que un vecino de enfrente salía con su bata de dormir echando pestes a un gato que probablemente había querido entrar a su casa. Le pegó con una escoba y el indefenso animal salió saltando sin detenerse. Entonces supe que era una mejor idea si me activaba el modo de invisibilidad y desaparecía de la vista humana.
Más tranquilo de que nadie podría verme, me adentré más la zona donde estaba la casa mediana color blanca y subí a las pequeñas escaleras que conducían a la puerta. Con un chasquido abrí el picaporte de la puerta y entré a la casa. Reparé cada detalle, el piso era de duela muy cara, las paredes tenían un bordado de espirales color crema, un enorme candelabro en la entrada y un tapete rojo de película que conducía a la cocina. El interior era un gran contraste con el exterior de la casa.
Mi objetivo era ver la cara de ese cerdo del tío Rick. Caminé al cuarto donde dormía a lado de su inocente esposa y me dieron náuseas, ¿Cómo un mortal podía ser lo suficientemente asqueroso para acostarse con su esposa deseando a otra? Y no solo a otra, sino a su sobrina. Por segunda vez en toda mi eterna vida, sentí lástima por alguien. La tía de Miranda no era fea, era una mujer atractiva pero muy tonta al creerle a su marido que la amaba. En el cuarto había sólo una cama en la que dormían, un cuadro grande de ambos esposos en la boda como cabecera, una ventana con un sillón largo de piel, un tocador que de seguro era de la señora y un armario enorme lleno de prendas de marca.
Al cerdo le iba bien en la vida, pero ya no más. Mi intuición olía algo, volví a acercarme al matrimonio y me asomé debajo de la cama del lado en el cual el tío Rick descansaba por última vez.
Había una caja de madera, tenía un candado pero no necesitaba la maldita llave, la abrí con sólo mi fuerza rompiendo la cadena y me apresuré a ver lo que tenía la caja. Eran fotografías, muchas fotografías y todas ellas de Miranda, sonriendo, hablando, bailando a los siete años, con sus padres, con sus hermanos, en su fiesta de dieciséis. Sentí más odio en mi ser al ver todo eso, sin pensarlo comencé a romper las fotografías, no soportaba la idea de que ese cerdo la sintiera en sus manos a base de fotografías, no podía con la idea de que ese maldito le deseara tanto.
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El hijo de Hades: El dolor nunca fue tan hermoso.
FantasyUna noche el dios de la muerte y la diosa de la tierra engendraron a un hijo. El poder del padre sobre el de la madre, obligaba a la pequeña criatura ser mandada al tártaro y le prohibía vivir en las maravillas de la tierra. La diosa de la tierra n...