2-El Gravedór.

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La mente de Job no podía apartar de sus recuerdos aquellos ojos verdes que había visto en aquel chaval al que se parecía mucho. No recordaba haberlo visto antes y menos aquel otro de ojos rojos que llego a la misma velocidad que el, movido tal vez por el mismo sentimiento de protegerlo. Una parte de el dudaba de lo que había visto y mas, de lo que había hecho.

—¿Viste lo que paso hace un rato?—le preguntó a Roman mientras seguían caminando rumbo a la salida del pueblo con las compras.

—Todo sucedió muy rápido que no sabría decirte lo que vi con exactitud—miraba el cielo mientras caminaba Pensativo y continuó—. ¡Pero estuvo increíble como esquivaron el carro!—esa respuesta a Job lo dejo confundido.

Estaba claro que lo que paso estuvo mas allá de su comprensión y decidió no pensar en ello otra vez.

—Verdad que si, fue increíble—.

Con los caballos por delante, llegaron a la vereda y pudieron observar como el lugar del accidente se llenaba de policías y demás curiosos.

—¡Job mira esto!—le llamo Roman desde un lado de la polvorienta carretera.

—¿Que es?—se dirigió hacia el.

Sus ojos no daban crédito a lo que nuevamente se enfrentaban; el suelo se tapizaba de billetes verdes que Job nunca había visto.

Detrás de unos arbustos, un pequeño riachuelo de sangre corría mezclándose con la tierra y manchando los billetes.

Roman asustado abrió con miedo los arbustos imaginándose encontrar la muerte en su forma mas latente. Su mente imaginaba mil situaciones y entregado a la curiosidad se abrió paso entre el espesor de las ramas y lo que encontró lo dejo mudo:

Un hombre yacía tirado boca abajo, con tres agujeros en la espalda, la cual se había teñido de rojo acuoso y a su lado, en una mano sostenía un rifle con una mira de largo alcance y en la otra, sujetaba una mochila con unos fajos de billetes que asomaban por una abertura.

Regresó a su caballo y de un salto lo montó.

—¡Tenemos que irnos de aquí!—su respiración agitada le daba un tono de miedo y angustia.

Job sin decir nada, interpretó la reacción de su hermano. Era peligroso quedarse ahí. Montó su caballo para iniciar una estampida a todo galope que dejo una gruesa capa de polvo que se levanto de manera violenta.

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Agentes de protección civil, militares, policías y autoridades del pueblo llenaron la zona delimitando un perímetro con cinta amarilla, según la denuncia, tras un intento de asesinato fallido los delincuentes chocaron con un camión de redilas.

Redox y el Tuzo estaban muertos; el primero abrazaba el volante con la mano destrozada y la mitad de la cabeza partida con incrustaciones de vidrios y el otro a mitad del parabrisas con la cara deforme por las cortadas y los ojos abiertos bañados en sangre señalando hacia delante como si antes de morir hubiera visto algo que le conmociono.

El conductor del camión de redilas yacía inmóvil atado a su asiento por el cinturón de seguridad. La camisa empapada de sangre mezclada con una cantidad de vidrios rotos. Un agujero en la frente resaltaba a la vista bajo una melena larga revuelta, por la cual emanaba sangre ya coagulada en pequeñas cantidades.

El comandante gritaba y cada cuanto trataba de apresurar las labores de rescate de un montón de chatarra y aceite goteando por todas partes. No era fácil, la camioneta había quedado atrapada bajo un pedazo del camión y éste estaba demasiado obstruido por un pedazo de acero que amenazaba con cortar el cuerpo de su conductor.

Imperio De Sombras: El Origen De La Oscuridad. (En Edición)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora