Día 47.

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  En el campamento de Poder, los hombres comenzaban a alistarse para seguir rumbo. La cercanía del río, como otrora, les había arrullado, no así los corazones de los más jóvenes que se hallaban inquietos a pesar de la compañía de la morena Justicia. El rey, orgulloso como siempre, no creía que tendrían problema alguno conforme avanzaron.

  —Su Majestad, estamos listos —el capitán avisó.

  —Bien. Pongámonos en marcha. Y tú, ven a la par mío.

  —Sí, mi señor —respondió y todo se hizo según el soberano.

  —Triunfo, has estado al borde de ser mi hijo, a no ser por ese maldito y la desobediencia de mi hija...

  —Sí, mi señor. Y le reitero mi vergüenza ante mi ineficiencia. Si se ha arrepentido... —El rey lo irrumpió.

  —No. Y... en todo caso, una mancha tapa a la otra. —Lo miró de soslayo.

  —No comprendo, Su Majestad.

  —Pues, si tienes memoria, sabrás que ya hace dos semanas que se la llevaron. Dos semanas —remarcó—. Y mi hija es joven y bella, ¿se comprende? —Al capitán se le endureció la mirada.

  —Sí, Su Majestad. —Aceptaría, mas, ya no sería lo mismo.

  

  En la gruta, junto al estanque, Destino arrojó una pequeña piedra al agua, mientras, ella jugaba con sus pies descalzos, como acostumbraba en la fuente de su reino a escondidas. Sobre una roca, descansaba la capa. Él se sentó junto a Esperanza y sujetó su mano, la cual acariciaba concienzudo.

  —¿Esperanza...?

  —¿Sí, Su Majestad? —indagó con su corazón agitado.

  —¿Recuerdas que, antes del desayuno, te dije que quería hablarte?

  —Sí, me acuerdo.

  —Es... sobre... —La miró a los ojos—. Sé que... no es sencillo, quizás, para ti... Tampoco quiero que te sientas presionada, pero...

  —Su Majestad... —pareció rogar que no continuara, él fue determinante.

  —Déjame terminar, ángel; por favor, que es la primera vez que hago esto y me siento bastante tonto. —Sonrió nervioso, ella se quedó mirándolo a los ojos—. Tú dijiste que no deseas irte y... me gustaría pensar que tengo algo que ver en ese deseo... que no es sólo querer huir del compromiso que realizó tu padre... —Hizo una pausa; ella creía que su corazón iba a escapar de su pecho en cualquier momento—. ¿Mi ángel..., quisieras ser mi prometida? —La estudió con intensidad, ella quedó sin habla, temblaba y no era a causa de su poder, sólo podía verle atontada—. ¿Mi ángel...? —Esperaba su respuesta, ella sintió un escalofrío.

  —Su Majestad... Yo... —dejó escapar una lágrima— sólo... le traeré problemas... —Él sonrió.

  —Te rapté, Esperanza; no habrá diferencia para tu padre; pero, sí para nosotros... Serás mi reina para mi pueblo, porque para mí, ya lo eres, mi ángel... Mas, para responder, mi amor, debes olvidar que nuestros reinos son enemigos... —ella cada vez estaba más próxima a su rostro—, debes olvidar todo y a todos; sólo tú y yo... —Ella deseaba besarlo teniéndolo a tan pocos centímetros, mas, en cambio, dio vuelta su rostro.

  —No puedo... ¿Cómo olvidarlo...? ¡¿Cómo...?! —clamó desesperada, él la sujetó de los hombros para que lo enfrentara.

  —Esperanza, tu respuesta no evitará los riesgos, sea la que sea. —Acarició su rostro—. Sólo importa lo que sientas... —Ella lo abrazó y asintió con la cabeza sobre su hombro; él no quiso ilusionarse hasta estar seguro—. ¿Has dicho que...?

El Eclipse Eterno.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora