Día 46.

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  Esperanza ya estaba acostada dando la espalda al lugar del monarca, el cual recién entraba, luego de pensar qué decirle. Agradeció hallarla dormida; no era fácil inventar excusas para aquel bochorno. Se desvistió y se acomodó bajo las mantas junto a ella; la miró y decidió acercarse para estrecharla. Ella no se movía, apenas se sentía su respiración; él suspiró junto a su oído.

  —¿Mi ángel... quisieras ser mi prometida? —Ella abrió sus ojos atónita—. ¡Vaya estúpido, tan sencillo como eso! —se enfadó consigo mismo.

  Ella cerró sus ojos, aunque, su corazón latía más rápido de lo normal. Él suspiró una vez más y se acurrucó pegándose a ella para dormirse.

  

  En el palacio de Poder, los hombres estaban sobre sus monturas aguardando al soberano, el cual intentaba despedirse de su indignada esposa.

  —¿No llevarás a Perdón?

  —Ya sabes que no.

  —Bien. ¿Y por cuánto tiempo piensas mantener encerrados a los amigos de nuestra hija?

  —No lo sé. Tengo cosas más importantes en qué pensar ahora.

  —Comprendo. Entonces, no hay nada más que decir. Buen viaje. —Le dio la espalda—. Y cuídate; aunque, está demás decirlo.

  —¡Mujeres! —se fue rezongando por los pasillos, hasta llegar a donde sus hombres y subió a su caballo.

  En tanto, Triunfo era despedido por una hermosa jovencita de negros cabellos y ojos más azules que él y, aunque, casi niña, despertaba la mirada de más de uno en su túnica azul. Al oír el grito de mando, se alejó de los caballos que comenzaron su marcha. Una vez que los portones volvieron a cerrarse, la muchacha se escabulló entre el resto hasta desaparecer.


  —¡Hola! —Escucharon los cuatro hombres en el calabozo y miraron con sorpresa a la joven. Placer codeó de inmediato a Deseo.

  —¿Frescura, qué haces aquí? —cuestionó el maestro.

  —Vine a ver cómo estaban, maestro. —Observó a Deseo y sonrió.

  —Pero...

  —Mi hermano acaba de marcharse —parecía hablarle al juglar y volvió a sonreír—. ¿Tú eres quien tocaba la lira con tanta dulzura aquella vez, cierto?

  —Sí, el mismo. —Se levantó y se acercó a la reja pavoneándose—. ¿Te gustó?

  —Sí, mucho. Pero, luego, vino mi hermano y ya no pude oírte. Creo que no le simpatizas.

  —Pues, entre nosotros, tu hermano me envidia.

  —Sí —dijo obnubilada y suspiró—. Yo... siempre te veía desde el balcón cuando te reunías con la princesa y tus amigos. Eres el mejor. —Placer trataba de mantenerse serio.

  —¿Eso te han dicho? —Seguía él en lo suyo—. ¡Vaya que pronto se corren los rumores!

  —Sí. —Sonrió más confiada—. Me... gustaría que... pudiéramos conocernos mejor..., si no tienes problemas.

  —Debo cerciorarme, llevo una vida muy agitada. —Placer carcajeó por debajo de su mano y calló ante una mirada del otro.

  —Oh... Veo... —se desilusionó—. Entonces... si no necesitan nada... me voy. —Comenzó a marcharse con lentitud, como derrotada.

  —¡Haz algo, idiota! —Placer chilló—. ¡Vino por ti!

  —¡Eh...! —No sabía su nombre.

El Eclipse Eterno.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora