Día 36.

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  Al acercarse el amanecer, los elfos oscuros comenzaron a retirarse a sus respectivos aposentos; incluyendo al monarca junto a su cautiva.

  —Entra —él ordenó al llegar a la habitación, ella dudó en seguirle la corriente esa vez. Destino exhaló un enfadado suspiro—. Me has obedecido todo el día, ¿acaso, ahora, quieres que en verdad me enoje?

  Esperanza lo pensó mejor... Ciertamente no era buena idea que él se disgustara en ese instante y en ese sitio donde no tendría adónde huir; así que acató el mandato bajo la seria mirada violeta. Una vez dentro, el rey cerró la puerta.

  —Date un baño. —Ella lo observó con agrandados ojos—. Esperanza... no te molestaré; ve tranquila. —La guió hasta la entrada del baño, abriole la puerta del mismo y, antes de permitirle pasar, la asió entre sus brazos y, con firmeza y dulzura, la besó por sorpresa. Esperanza trató de apartarlo, pero, no era tarea fácil. Por fin, se cansó de pugnar viendo lo inútil que resultaba; Destino presionó menos y, tras saborear su boca, se quedó viendo a aquella joven confusa y algo asustada que, sin embargo, tenía ese brillo rebelde en sus pupilas—. Yo... no sé qué tienes, mi ángel; pero, estoy por creer que me hechizas...

  —En verdad, no le hago nada, Su Majestad... —trató de oírse digna.

  —Si quieres puedes hacer lo que desees con mi persona; no me molestaría...

  —Tanta generosidad me apabulla, Su Majestad... Pero, si así lo desea... —La mirada púrpura del rey pareció avivarse.

  —Sí, Esperanza; lo deseo... —habló meloso.

  —Yo... —hizo una tímida pausa— deseo... —volvió a hablar insinuante— que su persona se aleje de mí. —Destino quedó boquiabierto, luego, se echó a reír.

  —Eres astuta, mi ángel; me gusta... —La besó sobre los labios para, luego, liberarla.

  Ella lo miró enfadada antes de entrar y cerrar la puerta del baño con cierta violencia. Al terminar, se detuvo ante la entrada, sólo llevaba puesto un paño alrededor de su cuerpo para secarse, así que mantuvo la mano sobre el picaporte, indecisa con respecto a abrir. Finalmente, lo giró con cautela y lentitud; mas, en cuanto entornó la puerta fue tironeada con esta y todo.

  —¡Qué bueno que ya sales; estaba cansado de esperar...! —Sus miradas se cruzaron. Él fue el primero en reaccionar junto a una mirada picaresca—. ¡Vaya...! —exclamó—. Tu pedido va a ser muy difícil, ángel...

  —¿A qué se refiere? No le he pedido nada. —Él se encogió de hombros.

  —Si no lo recuerdas, mejor aún... Pero... —se dirigió al interior del cuarto, pasando a su lado— será difícil mantener mi persona lejos de ti. —Le guiñó un ojo dejándola sola carcomiendo su enojo, ya que le cerró la puerta como para que no pudiera replicarle.

  Esperanza no perdió tiempo y se puso la negra camisola de noche, suponiendo que alguna criada la habría dejado sobre la cama; acicaló su cabello y se asomó por la ventana. El sol ni siquiera había surgido, lo cual la hizo recapacitar, no sólo el paisaje de allí era devastador, sino que el sistema de vida...

  —¿Piensas saltar, mi ángel? —La impresionó la voz del monarca—. Espero que no... —le habló aproximándose sólo con un paño atado alrededor de su cintura. Encolerizada de que se presentara así, ella regresó la vista al exterior, lo cual divirtió al soberano que siguió acortando la distancia entre ellos—. ¡Ay, Esperanza, Esperanza... —murmuró junto a su oído con ambas manos apoyadas en los extremos de la ventana— si supieras todas las concesiones que hago por ti...! —Acarició su cabello.

El Eclipse Eterno.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora