Capítulo 7

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Tory gritó maravillada por lo que sus ojos veían.

—Ah, ¡mira! Es para realizar duelos. Y las varitas de Harry, y sus amigos están ahí arriba. ¡Oh me desmayo!, ¿esos son los trajes de las cuatro casas? —ni siquiera esperó la respuesta de su acompañante y siguió viendo—. Y eso de allí es el tridente de Poseidón y el rayo de Zeus. Y el símbolo del hombre y la mujer. Y las estatuas de Anubis y Seth, vaya esto es el paraíso. ¿Qué, con exactitud es este lugar? —volteó a Sam que solo la miraba sonriente.

—El salón de lecturas.

—Pero, ¿y los libros?

Sam puso su mano sobre una parte oscurecida de la pared y esta les dio acceso a la biblioteca. Contaba con aproximadamente setenta mil libros de todo tipo.

—Sacas los que quieras y los lees afuera, aquí no les gusta pues hay mucho ruido generalmente por los que buscan —salieron luego de que Tory recogiera uno.

Se quedaron en los sofás de la película de Harry. Tory se sentía fascinada por todo lo que veía. Cada vez que buscaba algo de sus libros favoritos, no encontraba las originales.

En su mente varias ideas vagaban, casi todas relacionadas a un pregunta, ¿por qué las cosas no podían ser como habían sido hasta hace dieciséis años? Todos esos grandes autores que amaba no habían tenido que pensar en sí habría más personas por ahí escondidas o muriendo. Tampoco temían por sus vidas o lo que pudiera pasar con ellos si cambiaban. En su tiempo debían haber tenido vidas normales cuyas únicas preocupaciones eran las cotidianas como llegar a fin de mes.

Eso era un vago recuerdo de su vida anterior. Uno que extrañamente no le hacía ninguna falta.

Sam luego de dos horas se quedó dormido en el hombro de la chica, esta se dio cuenta de que estaba incómodo. Puso un cojín sobre sus piernas y lo ayudó a recostarse allí. Y siguió con su lectura hasta que sus ojos cansados, se cerraron.

A las cinco de la mañana un joven castaño entró al salón de lectura. Y no se sorprendió por lo que vio, de hecho él casi lo había planeado. Una pareja yacía dormida en el sillón. La cabeza de la chica descansaba sobre la de él. Y ambos cruzaban sus brazos, sujetándose.

Pasó sin hacer ruido y de igual forma salió con un nuevo libro.

Tory despertó a las cinco y veinte. Estaba tan cómoda que sintió que podría seguir durmiendo por años. Sólo que un ronquido la sacó de su sueño y le extrañó, pues ella no roncaba. Se removió queriéndose quitar un peso en el brazo, pero lo que logró fue que cierto morocho cayera al sueño y se despertara precipitado.

— ¿Cómo...?, ¿Qué...?

—Lo lamento, estaba somnolienta —dijo ella con un ligero sonrojo.

Sin muchos comentarios por parte de ambos, se encaminaron a sus habitaciones. Y llegaron al comedor tarde. A Sam le hicieron bromas de todo tipo, pues notaron que casi coincidieron con el tiempo de llegada. Mientras que Tory estuvo relajada, Grecia no le preguntaba tanto, pero cada cuántos minutos, se le quedaba viendo con la ceja alzada y una sonrisa que pretendía ser picara.

—Ya deja el tema.

—Pero si yo no digo nada, de hecho estoy aquí calladita como niña buena —Tory no pudo contener una risa—. Hablo en serio. ¿Y?, ¿a qué grupo te integrarás?

—No lo sé, Igor no me ha dicho mucho —en una mesa alejada de ellas, un castaño la miraba fijamente. Sonreía al ver reír a carcajadas a la pelinegra que no se daba cuenta de ello.

Después de desayunar se dirigió a la oficina de su instructor. Como siempre la esperaba con su pie moviéndose al ritmo de una canción imaginaria.

Cielos OscurosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora