Capítulo 9

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 — ¿Qué ha pasado esta vez?

—No lo sabemos con exactitud. El gobierno sin razón alguna ha reducido los fondos destinados a la búsqueda y eliminación de nósdicos.

— ¿Y eso no es bueno? —dijo desconcertada.

—Creemos que están trabajando en algo más grande. Y eso implica que harán cosas peores para matarnos—salió de la oficina para dirigirse al salón principal.

Esperaba encontrar el caos de la vez anterior, pero no. Los chicos buscaban tranquilamente su grupo y muchos instructores los organizaban. Otros hablaban con Alain que veía de forma distante, sus manos toqueteaban la pasta de un libro.

—Iremos en pareja, así cubriremos mejor el terreno. Kim irás con Milo. Jimmy con Bonny. Luke y Sarah —dijo lanzándole una mirada de disculpa a Aria, esta se hizo la desentendida y se alejó del grupo—. Erick y Thomas. Zet y Zia. Oliver y Josh. Tory tú vas conmigo —Sam se dirigió a la que se denominaba sala de salida y se preparó, sin darse cuenta de las dos miradas de reproche que le lanzaron antes de salir.

Las calles de la décima del sector siete estuvieron en calma hasta las diez de la noche. Comenzaron a llegar chicos unos cuantos años menores que ellos y abarrotaron un negocio en el que luego iniciaron una fiesta.

Tory bajó de su nueva motocicleta y se adentró al local antes de Sam. Quería probar que estaba lo suficientemente entrenada como para asistir a una fiesta sin sentir los mismos síntomas de antes. Y todo iba bien, incluso se sirvieron unos tragos y brindaron. Pero de la nada comenzó a sentir unas manos sujetando su cuello.

Apretaban fuerte. Y miró para atrás queriendo dar con el culpable, pero no lo encontró. La presión seguía cuando Sam vio la forma que sus manos habían tomado. Buscó en el salón queriendo dar con el culpable.

Unas mesas lejos de ellos, un rubio sonreía viéndolo, sus manos estaban a la altura del cuello. Sin hacer presión, solo dándole vueltas a su camisa con cuello de tortuga.

Sam de inmediato empujó a la chica hacía afuera, sabía que si no lograba llevarla lejos, moriría.

—Trata de calmar tu respiración —dijo subiéndola al frente de él, de tal manera que sus piernas quedaron colgando a un lado. No podía respirar y la movilidad se le volvía pesada.

Arrancó la moto y condujo lo más rápido que pudo, sin importarle las leyes, los policías, incluso la vida propia. Cuando sintió que iba lejos, siguió más allá, nada le era suficiente.

Pararon en el garaje de una casa. Tory la vio y sintió melancolía, de inmediato se dio cuenta de que aquel sentimiento no era suyo. Volteó a ver a su acompañante. Él estaba sentado en la moto, sus puños apretaban el manubrio y su rostro descansaba sobre ellos.

La chica caminó hasta el jardín, las rosas estaban cortadas a la perfección y habían unas dalias en un muro del centro.

— ¿Por qué todas las rosas son amarillas?

—Eran las favoritas de mi madre, ella las cultivó —dijo tomándola de la mano y arrastrándola consigo—. Quiero que veas atrás.

La casa era formada por muebles ocres y su decoración era una mezcla entre el siglo XIX y el modernismo. Un lugar acogedor. Y al llegar a la parte trasera Tory divisó el mar a lo lejos. Había un patio largo en el que a los extremos estaban unas metas de fútbol.

Más allá había un invernadero. Dentro se podían ver unas lianas cubiertas de flores moradas sujetas a las vigas. También otro rosal, en el que el amarillo predominaba. Cuatro jardineras a lo largo y con masetas colgadas, de las que salían flores pequeñas y alargadas.

Cielos OscurosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora