Capítulo 22

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El ruido y las luces de los edificios lo recibieron en cuanto cruzó el umbral, Tony se recostó sobre el barandal como cuando tenía conflictos interiores.

Sentía su corazón siendo apretujado por su tercer órgano luego de ver odio puro en los ojos de su hija. Ni siquiera tuvo que sentirla para saber cómo se sentía. Lo odiaba, pero ahora menos que nunca podía permitirse estar junto a ella. Debía esperar a que la máquina funcionara, también debía destruir la copia.

Una ola de tristeza profunda lo embargó sin previo aviso. Usó su móvil para aumentar su potencia, pero notó que ya no podía aumentarlo más. Después de años usándolo como recurso anti-culpa, el aparato lo abandonaba.

—Tony, Larissa no deja de insistir en que quiere entrar —entró Will, uno de sus mejores hombres.

—Dile que vaya a la central, y que si no obedece, que vaya redactando un testamento —el hombre asintió y lo volvió a dejar en soledad.

La onda no acababa, ocupó su mente buscando las causas por las que sus hombres pocas veces sentían su impacto. Además de la vez en que lograron herirlo y momentos después estaba sin ningún rasguño.

— ¿Está contigo? —preguntó en cuanto escuchó que contestaron su llamada en el móvil.

—Sí, ya se fue a dormir... Lo sabrá.

— ¿Qué es lo que sabrá?

—Que tú me mandaste a buscarla.

—No puedes decírselo. Quédate con ella, no irás a ninguna misión mientras la protejas.

—Genial, te llamo luego —y cortó la comunicación.

Lo que menos necesitaba es que el chico hablara de más, mientras estuviera con él, estaría fuera de ningún peligro. Lo que le permitiría encender la máquina con mayor facilidad.

Encendió la televisión para ver que nueva mentira diría su cuñadito.

—Estamos a punto de conseguir el mayor logro de la humanidad. La máquina va a encenderse en el próximo mes. Pronto este gobierno los llevará a una anhelada paz —el presidente se sentó para ceder su lugar al secretario de estado.

—Se les dará el aviso una semana antes para que se preparen y puedan encerrarse en sus casas —dijo Lubin.

Tony gruño y la apagó para cerrar sus ojos y descansar del arduo día que tuvo.

Tory se levantó con el ceño fruncido al no reconocer el lugar en el que se encontraba

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Tory se levantó con el ceño fruncido al no reconocer el lugar en el que se encontraba. El aroma a chocolate la guio hasta la cocina donde Max intentaba darle vuelta a un hotcake, levantaba la sartén muy poco y este solo se corría, una vez la levantó con mucha fuerza y cuando aterrizó la hizo en el piso a un metro de él.

Tory se rio agarrándose del abdomen y se sentó junto a la mesa.

—Eso, ríete, pero ese era tu desayuno —bufó molesto y comenzó a recoger el desastre.

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